Nombrar a Dios como mujer

Hace un par de semanas, la Iglesia Evangélica Luterana de Suecia hizo pública su determinación de sacar del lenguaje litúrgico el uso de las palabras “Señor” y “El” para referirse a Dios. Además, se incluyeron las palabras Madre y Hermana, junto a Padre y Hermano, al hablar de la Trinidad. Estas medidas fueron llevadas adelante por una Iglesia cristiana que por primera vez tiene a una mujer -Antje Jackelen- como arzobispa. Para muchos, es una noticia que no pasa de ser una anécdota exótica. Para otros, puede parecer casi ofensivo “cambiarle el nombre” a Dios.

Pero detrás de estos cambios, se esconde una verdad teológica difícil de negar. Y es que la manera en que nombramos a Dios importa. Los símbolos, palabras y metáforas que usamos para nombrar al Misterio de Dios importan. En esta línea, la teóloga Elizabeth Johnson afirma que “el símbolo de Dios funciona como el símbolo principal de todo el sistema religioso, es el último punto de referencia para comprender nuestra experiencia, la vida y el mundo. Por lo tanto, la forma en que una comunidad de fe da forma al lenguaje acerca de Dios representa implícitamente cómo esa comunidad considera el bien supremo, la verdad profunda, la belleza más atractiva. Tal discurso, a su vez, moldea poderosamente la identidad corporativa de la comunidad y dirige su praxis[1]”. ¿Cómo hemos nombrado a Dios en el cristianismo? Dios ha sido reducido a un Él masculino. Por siglos, hemos identificado estrechamente a Dios con un solo género, reduciendo su misterio a una imagen patriarcal de la divinidad. Dios es un Señor que gobierna desde la distancia de su trono celestial, la vida y la muerte de la humanidad. Casi sin darnos cuenta, nos referimos a Dios como a un El… olvidando que quizás pueda ser también Ella.

El íntimo nudo que ata al cristianismo y a sus Sagradas Escrituras con el patriarcado parece a veces imposible de desatar. Y es que nuestra tradición religiosa ha sido dirigida e interpretada mayoritariamente por hombres que, hasta el día de hoy, monopolizan el poder religioso. Pero lecturas de la Biblia hechas por mujeres nos revelan que los discursos patriarcales conviven con otros discursos que reconocen y ensalzan lo femenino. ¿Que metáforas y palabras usa la Biblia para nombrar lo divino? Jesús lo llamó Abba, o Papá, revelando la íntima relación que lo unía con Dios. Y nos invitó a hacernos parte de esa intimidad, llamando a Dios Padre Nuestro. Hay quien argumenta que el Papá de Jesús, se parece a veces a una Mamá[2]. Pero esta no fue la única metáfora que utilizó. Para Jesús, Dios también era una mujer buscando su moneda perdida, o agregando levadura a la masa para que fermente. Dios era como el viento que sopla donde quiere, o como la experiencia de volver a nacer[3].

El íntimo nudo que ata al cristianismo y a sus Sagradas Escrituras con el patriarcado parece a veces imposible de desatar. Y es que nuestra tradición religiosa ha sido dirigida e interpretada mayoritariamente por hombres que, hasta el día de hoy, monopolizan el poder religioso.

Otro nombre de Dios que forma parte de la tradición cristiana, es el Espíritu. La palabra hebrea para referirse al Espíritu, Ruah, es de género femenino. Las actividades del Espíritu descritas en el Antiguo Testamento evocan su femineidad: es una mujer tejiendo una nueva vida en el seno materno (Salmo 139, 13), una partera ayudando a alumbrar una nueva vida (Salmo 22, 9 – 10) y una lavandera, limpiando las manchas de sangre para renovar a la humanidad (Isaías 4,4 y Salmo 51,7). En el Nuevo Testamento, la Ruah desciende sobre Jesús en la forma de una paloma (Lucas 3, 22), emblema de la femineidad en el mundo Antiguo. Por último, los primeros cristianos no dudaron en identificar al mismo Jesús con la Sabiduría, en griego Sophia. Aquel misterioso personaje femenino que aparece bellamente retratado en el libro de los Proverbios, y que en los primeros siglos del cristianismo fue identificado con la segunda persona de la Trinidad, el Logos. El símbolo más patente de aquello es la catedral de Constantinopla dedicada a Jesús bajo el título de Hagya Sophia, o sagrada sabiduría[4].

La tradición bíblica y teológica cristiana que trata de nombrar a Dios, es mucho más rica y diversa que lo que frecuentemente creemos. Y puede servirnos de base para encontrar nuevas formas de dirigirnos a Dios, que reflejen la belleza y complejidad del Misterio. De paso, los nombres y metáforas femeninas de Dios pueden ayudar a que las mujeres podamos sentirnos también creadas a su imagen y semejanza: “En todas nuestras diferencias, las mujeres (wo/men)[5] representan lo Divino aquí y ahora porque las mujeres (wo/men) están hechas a imagen y semejanza de Dios. Cada una está hecha a imagen y semejanza de la Sabiduría Divina, quien ha dado dones y ha llamado a cada individuo de forma diferente. La imagen divina no es ni macho ni hembra, no blanca ni negra, ni rica ni pobre, sino multicolor, multigenérica y más[6]”. Nuevas maneras de nombrar a Dios pueden ayudar a que nuestro ser mujer, no sea más una señal que marque inferioridad religiosa, política y social, sino que sea una ocasión más para celebrar la maravillosa diversidad de la creación y de Dios, madre-padre, creadora-creador. Gracias a la Iglesia Sueca y su arzobispa por abrir nuestros ojos a esa posibilidad.

 

[1] Elizabeth A. Johnson, She Who Is. The mystery of God in Feminist Theological Discourse. (Crossroad, New York, 2015) p.4

[2] María Teresa Porcile, Con ojos de mujer. Lo femenino en la teología y espiritualidad contemporáneas. (Ed. Claretiana, 2000).

[3] Elizabeth A. Johnson, She Who Is… p. 80

[4] Elizabeth A. Johnson, She Who Is… p. 99

[5] La teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza utiliza la expresión wo/men, derivada del inglés para mujer (women), pero que a su vez incluye a lo masculino (men). Wo/men busca incluir todas las expresiones de género y sexualidad humanas y hacernos repensar categorías que subsumen todas las identidades humanas a lo masculino como genérico.

[6] Elisabeth Schüssler Fiorenza, “Poder, Diversidad y Religión” en Vida y Pensamiento, Edición Especial, Segundo Semestre 2012, Vol. 32, No. 2, Universidad Bíblica Latinoamericana, San José de Costa Rica, p. 139

 

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.