Su nombre es Ariel Mena Suazo

Este 23 de mayo, en las noticias nacionales de EMOL, destacaba el siguiente titular: Comenzó a los 13 años: El historial de detenciones del “Chico mono”. Aún no encuentro un titular de este medio sobre “Piraña” o “La Monga”, y jamás lo encontraré, porque en nuestro país tenemos ciudadanos de primera, que deben ser respetados y tratados con mucho cuidado por la justicia, y otros de segunda, a quienes nos está permitido tratar como animales.

Lamentable es la noticia de que el lunes de madrugada una familia de La Reina haya sido asaltada en su hogar y, como resultado, una mujer de 63 años haya sido asesinada y su hijo enfermo y su marido heridos. Las autoridades, en la prensa, figuraban exigiendo presidio perpetuo para el homicida, y todos los canales problematizando en detalle la inseguridad en aquellos barrios: la falta de iluminación, la necesidad de mayor organización ciudadana, más carabineros, etc.

El culpable: Ariel, un muchacho de 18 años, que vagaba en soledad por el sector, buscando cualquier cosa para robar y así poder cambiarla por droga. A su edad ya había sido detenido en 21 ocasiones, la gran mayoría de ellas, por supuesto, cuando era menor de edad. Además de esto, pasó 2 años de rehabilitación en el Sename. Hoy, lamentablemente, Ariel es un peligro para la sociedad (qué duda cabe) y raudamente escuchamos que se proponen grandes castigos, para que así sobreviva el resto de sus días en la cárcel, es decir, debajo nuestra alfombra.

Digo debajo de la alfombra porque esto es lo que se esconde al proponer, antes de cualquier análisis, la cadena perpetua; pues no importa quién es este muchacho, no importa que la sociedad haya sido un peligro para él durante sus 18 años de vida, no importa que el Estado haya tenido 21 oportunidades de evitar lo sucedido; no importa, porque no marcha ni vota, no importa porque su familia no conoce a nadie influyente que pueda interceder para atenuar su crimen; por todo esto, Ariel puede ser descartado y escondido, junto a muchos como él, bajo la alfombra. Por otra parte, lo que importa es la seguridad de algunos: más policías, más luz, presidios perpetuos y, como resultado, menos crímenes. Pero, en el fondo, sabemos que esta ecuación oculta una profunda hipocresía.

La vida de miles de muchachos como Ariel es real, existe, aunque nos esforcemos por esconderla, nos engañemos y sea más fácil sacarlos de nuestra vista que mirarlos de frente. Esquivamos estas verdades que transitan nuestras calles como negación profunda de nuestra propia verdad, pues la vida de muchos de nosotros se vuelve ridícula, grotesca y hasta criminal, si asumimos que compartimos la misma humanidad que Ariel. Por esto es mejor que sea “Chico mono”, y que desaparezca de nuestra vista para siempre.

La vida de miles de muchachos como Ariel es real, existe, aunque nos esforcemos por esconderla, nos engañemos y sea más fácil sacarlos de nuestra vista que mirarlos de frente. Esquivamos estas verdades que transitan nuestras calles como negación profunda de nuestra propia verdad, pues la vida de muchos de nosotros se vuelve ridícula, grotesca y hasta criminal, si asumimos que compartimos la misma humanidad que Ariel. Por esto es mejor que sea “Chico mono”, y que desaparezca de nuestra vista para siempre.

Lo sucedido a esta familia de La Reina es una tragedia, por supuesto, enorme, y el muchacho tendrá que responder ante la justicia. Sin embargo, sería bueno ver a las autoridades, a los canales de televisión y a cada uno de nosotros, referirnos con la misma firmeza a la realidad de la rehabilitación y reinserción de los menores en su etapa de primerizos, al acompañamiento de estas familias vulnerables, a los procesos dentro del Sename, a los narcos y la violencia en las poblaciones más afectadas. También sería interesante saber si los medios tratarían de “Chico mono” a los hijos de políticos o empresarios influyentes… no, no lo creo, pues ellos tienen nombre y, sobre todo, apellido. Ellos son los que pueden relatar las historias, pese a que sabemos que toda historia contada siempre será, a lo sumo, la mitad de la historia.

Por ahí también se nos puede escuchar decir que hay pobres que no delinquen, que no consumen, que trabajan, que llevan una vida “digna”, por lo tanto, el problema no es la desigualdad y la miseria; así nos desmarcamos de la responsabilidad social, pues esta es la pobreza ideal, la que nos acomoda. Sin embargo, al final del día es el mismo argumento de la mala víctima, el mismo que le achacamos a la mujer violentada. ¿Por qué no opusiste resistencia? ¿Cómo no gritaste? Bueno, porque quería sobrevivir. No hay pobres buenos y malos, sino unos que nos quedan cómodos y otros que no.

El origen de esta tragedia no es la falta de luz, sino la miseria, la desigualdad y, sobre todo, nuestra criminal indiferencia. Somos culpables y responsables de aquello que está bajo la alfombra. Seguirán apareciendo muchachos como Ariel, y volverán a terminar debajo de la alfombra de nuestra sociedad, mientras no nos demos cuenta que la sala sigue estando sucia, por más que escondamos lo que no queremos ver. Ariel no es mugre que hay que barrer, sino un ser humano al que hay que atrevernos a mirar de frente, aunque eso interpele en profundidad nuestra propia vida, pues nos guste o no, Ariel es parte de nuestra humanidad herida.

Jesuita. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora pastoralmente en el Hogar de Cristo.

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