Nuestra adolescencia..., por Juan Ignacio Silva « en Territorio Abierto

Nuestra adolescencia…

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En los últimos veinte años Chile ha experimentado un innegable crecimiento en términos económicos, sociales y políticos. Materialmente todos estamos mejor que antes; cada día son menos los chilenos que no tienen cubiertas sus necesidades básicas, hay más posibilidades de acceso al consumo y al crédito. Por otro lado, la educación -aunque cara, de cuestionable calidad, demasiado mercantilizada y vista como una herramienta que se compra a crédito para acceder a mejor oportunidades laborales- está al alcance de muchos que antes ni siquiera podían pensar en acceder a ella.

Pero este aumento en las posibilidades de consumo, la sensación de estabilidad política y la confianza en las instituciones, al poco tiempo se fue difuminando. Nos dimos cuenta de que el consumo no trae la felicidad, de que el crédito no es un regalo, de que el plástico tiene costos mayores a los aparentes, de que el bienestar material no es bienestar real, de que los celulares no aseguran comunicación, de que salir de la pobreza no es dejar de ser vulnerable, de que acceder a la educación superior no significa olvidarse de las pesadillas con las cuentas por pagar. Nos dimos cuenta de que la libertad de elección no es verdadera libertad, y menos aún, plenitud.

Por eso es obvio que la ciudadanía esté harta de “modelos estructurales basados más en la codicia y la ganancia ilimitada, que en el servicio al desarrollo integral de las mayorías”, como nos recordó recientemente la Conferencia Episcopal. Nos cansamos de que existan otros -autoridades, empresarios, obispos- que rijan nuestro destino como si fuésemos niños carentes de conciencia y poder de decisión. Hoy, con una ciudadanía escéptica, una Iglesia cada vez más a cargo de laicas y laicos, resulta imposible soslayar y hacer vista gorda a los abusos de poder. Interpela, llama la atención e indigna cualquier tipo de abuso.

Como sociedad hemos fijado nuestras metas en los niveles de consumo y el crecimiento económico, sin que nos importe la desigualdad. Se nos olvida que esos quince mil dólares que exhibe Chile como ingreso anual per cápita no se reparten entre todos. Que los niveles de pobreza disminuyen, pero los de desigualdad aumentan. Que cada día tenemos más posibilidad de comunicarnos, pero no nos enteramos de lo que sucede al otro lado de nuestra ciudad (o de nuestra pared). Que cada día tenemos más información, pero no somos capaces de entender porqué no somos felices.

Así, nos cansamos de que algunos vivan de ese endeudamiento que ahoga, nos cansamos de los flaites de cuello y corbata, de las repactaciones unilaterales, del lucro inmisericorde, de los abusos sucesivos a los más débiles.

El crecimiento de Chile, del cual muchos nos sentimos orgullosos, al igual que cualquier crecimiento, representa inconsecuencias, preguntas sin respuestas, miembros del cuerpo que están listos para la adultez, pero otras partes que siguen en la niñez, lo que sin duda trae descoordinaciones y tropiezos.

Estamos dando un salto necesario hacia la adultez, que nos va a permitir que grandes mayorías accedan a beneficios que antes eran privilegios de unos pocos. Al mismo tiempo, estamos tomando conciencia de los grandes problemas que nos aquejan: nos indignamos con las injusticias estructurales, como el lucro en la educación, el abuso del retail, la pedofilia en la Iglesia. Bienvenida sea la adultez… o la adolescencia con deseos de “ser grande”.

Adolescencia, pues marchamos hacia un cuerpo de adulto, pero en nuestro interior aún somos un niño frágil y lleno de dudas, trizaduras y contradicciones.

Adolescencia, pues mientras denunciamos grandes injusticias, pasamos por alto dramas hogareños, con gusto a soledad y rabia, que no tienen que ver con un sistema que pueda ser solucionado desde el Congreso o desde el Vaticano, sino que desde los barrios, desde los hogares y desde los corazones. Es necesario que nos indignemos con el sufrimiento a nivel estructural, pero también a nivel doméstico, ése que corroe los corazones, los sentimientos y que rompe la paz de los hogares. Indignándonos ante esto podemos caminar hacia esa paz que habita cuando las relaciones son justas, fraternas y transparentes. Ésa que reina cuando se vive en comunidad, en corresponsabilidad, preocupado de lo que al otro le sucede.

Una sociedad más justa nos va a solucionar muchos problemas, pero no va a traer la paz a los corazones, esa paz que tanto anhelamos, quizás de manera oculta, sin reconocerla, sin exigirla con pancartas. Pues es una paz, una armonía, que no se exige estructuralmente.

Esto no se resolverá en el Congreso; tampoco en las calles: la paz, la armonía, el deseo de un mundo mejor, si no parten del corazón, vanos serán.

* Juan Ignacio es ingeniero comercial y actualmente trabaja en el área institucional de Fe y Alegría Chile, en el desarrollo de nuevos proyectos.

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