Nuestros compromisos “a medias”

(cc) Alejandra Cisternas

Estamos ad portas de terminar el año, y no hay mejor forma de despedirlo que reflexionando en torno a lo pasado, y poniendo delante nuestros propósitos y metas para el 2012. Demos una mirada como país hacia atrás, y recordemos con lujo de detalles el conflicto estudiantil, la polémica con la rectora de la Universidad Gabriela Mistral, el tema de los iPad para los diputados, el accidente en Juan Fernández, la meta superada con creces para la Teletón, toda la controversia en torno al alcalde Labbé, y otros muchos recuerdos que no cabrían aquí.

También deberíamos recordar cómo respondió el país, -y sobre todo cómo respondimos nosotros mismos- frente a cada uno de estos hechos. Seguramente, algunas de estas situaciones nos tocaron la fibra, y frente a eso reaccionamos de manera enérgica, con una actitud categórica, jugándonosla por lo que creíamos que era lo correcto: muchos fueron a protestas, otros se batieron en verdaderas batallas campales en sus conversaciones con amigos o la familia, otros se involucraron como voluntarios en alguna causa, o bien, pusieron todo su corazón en la Teletón. Pero, cuando las luces se apagan, el tema ya no es moda y el foco apunta a otro sitio, ¿qué pasa con la causa?, ¿qué pasa con nosotros?

Hace unos días fui a la Estación Mapocho, y como tenía que hacer hora me puse a caminar y a mirar. De pronto, hubo algo que me llamó especialmente la atención. Había allí una estatua de San Alberto Hurtado, uno de los grandes santos que nos ha inspirado por su labor hacia los más desfavorecidos. Pero esta estatua miraba hacia la calle, dando la espalda al río Mapocho. Bajo un puente, un grupo de cinco personas hablaba, mientras otras dos estaban tendidas en un colchón. La imagen me quedó resonando mucho. Es obvio, desde el punto de vista estético, que el monumento esté orientado hacia la calle, pero aquél que lo vea, fijándose en ese aparente detalle sin importancia, no podrá pasar por alto numerosos dobles significados que acarrea tal posición.

En lo personal, me atacó el siguiente pensamiento: reconocemos al ícono, al personaje o al hito histórico, pero solemos olvidarnos de la causa, de lo que hay por detrás.

Debemos ser capaces de dar la cara a lo que pasa, pese a que las luces ya no alumbren. Suele ocurrir que luego de que un acontecimiento alcance su momento peak nos olvidamos de lo que pasó. Me acuerdo de cuando comenzó Un Techo para Chile: todo un país movilizado y consciente de que existían miles de compatriotas que vivían en situaciones indignas; y hoy, a más de 10 años de esto, siguen existiendo miles de familias en situación de campamento. Cómo olvidar el terremoto y el posterior tsunami: Chile entero se puso las pilas para reconstruir un país devastado; pero hoy, a más de un año de la tragedia, hay aún situaciones sin resolver, problemas con constructoras, familias allegadas que aún no pueden volver a tener un hogar propio. Cómo no poner sobre el tapete a la Teletón, un hito que nos reúne como país, y que en esas “27 horas de amor” nos hace sentir como una sociedad solidaria. Pero, pasadas esas horas, esa solidaridad momentánea, recaemos en discriminaciones y prejuicios frente a los discapacitados, y volvemos a nuestras rutinas egocéntricas, en las que fácilmente podemos pasar a llevar a otros… pero da lo mismo, porque la Teletón y las colectas expían nuestras culpas.

Pareciera ser que nos gusta lo intenso, las situaciones extremas y los sentimientos fuertes. Necesitamos de esas polémicas que nos hacen sentir nuevamente vivos, como parte de un país que respira; es como si la rutina nos aletargara y esas polémicas nos permitieran descargarnos, botar tensiones y sentirnos nuevamente humanos. El problema es que dejamos las cosas a medias.

Nos falta comprometernos a fondo. Debemos atrevernos a firmar contratos a largo plazo y a estar conscientes de las consecuencias que éstos pueden acarrear. Debemos alejarnos de la cultura de la hipocresía en la que estamos insertos, inconscientemente, y saber dar la cara a todas esas veces en las que el viento no sople a nuestro favor. No debemos estar donde calienta el sol, sino que donde está nuestro corazón. Sólo de esta manera podremos contribuir a que nuestro país cambie y crezca. Juguémonosla por lo que creemos: por la educación, los derechos humanos, por la lucha en contra de la pobreza, tomemos una bandera y no bajemos los brazos. Atrevámonos a abrir los ojos y a comprometernos por mejorar nuestro Chile.

*Alejandra es estudiante de Psicología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es voluntaria de Un Techo para Chile en el campamento San Francisco, de San Bernardo, y estuvo encargada de formación y voluntariado del Área de Secundarios de UTpCh.

Chilena. Profesora Básica y de Educación Ambiental. Actualmente colabora en el equipo de formación de la Parroquia San Ignacio de Loyola, de la comuna de Padre Hurtado, RM.

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