Nuevo Papa: ¿Escepticismo o esperanza?

(cc) benjita.espacioblog.com

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Quisiera compartir algunas impresiones de estos intensos días luego de la elección de nuestro nuevo Papa. Supongo que la perplejidad con que me ha dejado la noticia se debe al hecho de que se trata de un jesuita: un compañero nuestro y de una querida provincia vecina. No obstante, es preciso detenerse en aquello que a continuación de la sorpresa ha ido asomando para transformarse en nuevas sendas del Reino en nuestro mundo e Iglesia actual.

En las dos elecciones papales que he vivido aparece un temor común: que prevalezca un modelo conservador de “ser Iglesia”. Un modelo que rechaza la discusión, el diálogo abierto y la posibilidad de llegar a acuerdos. Por consiguiente, si es así, todo esto sería una decepción, porque seguiremos siendo movidos y regidos por doctrinas y dogmas anquilosados, con  caras conservadoras de gente que anhela prácticas dignas de una Iglesia medieval. De esta manera, terminaríamos creyendo engañosamente que la jerarquía de nuestra comunidad es torpe o pareciera no entender: ni la anti-concepción, ni las uniones homosexuales, ni que ya no somos un poder dentro del Estado, o, por otro lado, que tolera situaciones que nos duelen: los abusos sexuales y de poder, los vatileaks, la falta de transparencia del banco Vaticano y sus riquezas. En definitiva, este temor a lo conservador y a la poca avidez ante los pecados propios dificulta darse cuenta que lo importante y bienaventurado es anunciar la Buena noticia de Jesucristo a los pobres.

De lo anterior se desprenden múltiples desafíos al Papa Francisco. Ante éstos surgen dos opciones: el acostumbrado escepticismo o una sorprendente esperanza. Me he ido animando por la segunda alternativa, pues una ventaja con la que cuenta Su Santidad Francisco es su sencillez, su capacidad de oración y su inteligencia; que posee medios naturales y dones suficientes para hablarnos de la centralidad de Jesucristo y para hacernos pensar en el Dios que es amor y gritarnos si es necesario que su amor es más fuerte. Todo esto leyendo los signos de los tiempos; lo que hoy, a más de 50 años del Concilio Vaticano Segundo, se hace todavía más urgente.

Otro signo que hace salir de la sorpresa hacia la novedad, es el nuevo sentido y vigor que cobra el año de la fe. Si Benedicto XVI nos movilizó a ser sal y luz del mundo para enfatizar en nuestra misma fe, entonces el papa Francisco nos viene a confirmar que esto tendrá que ser más que un tiempo acotado; que se tratará de instaurar  “otro tiempo”, que entre todos constituya un kairós que vuelva a valorar esta virtud que nos une tanto al Señor. Eso es lo que posibilitará que la paz reine para todos, y que la Iglesia vuelva a centrarse en el mensaje amoroso del Cristo pobre y humillado en tantas guerras e injusticias del mundo; en efecto, Francisco evoca con su nombre al hombre y al pobre que trae la paz a esta Iglesia, y que en sus primeros discursos nos ha querido explicitar.

La sorpresa a la que el Papa Francisco me ha ido invitando en estos días es la de sumarme al proyecto de Jesús. Una invitación que siempre hace falta para ponerse en camino y construir aquellas sendas del Reino que parecieran ocultarse en nuestro mundo, en medio de Internet y las comunicaciones, de la tecnología y la velocidad, del relativismo y la superficialidad, para que una mirada más profunda y verdadera pavimente la promoción de la fe y el servicio de la justicia para nuestros pueblos. Que la Iglesia vuelva a Nazaret y camine por Galilea, que se atreva abandonar el Templo e ir donde el mercado no desea llegar, es decir, a la dignidad de todo ser humano como hijo amado de Dios, ya sea creyente o no.

Finalmente, cito una carta que Pedro Miguel Lamet sj publicó con motivo de ayuda a la oración por el nuevo Papa (no electo en ese momento). Aquí se resume aquello que todos esperamos que Francisco pueda encarnar como nuestro Santo Padre:

“Queremos un papa que sea de todos, donde entremos todas las siglas y familias religiosas, pero que no sea una estatua de sal anclada en la cultura del pasado, sino que dialogue con la cultura, con los científicos, los intelectuales, los poetas. Que no conciba la Iglesia como castillo sino como plaza de pueblo. Que no se encierre en el Vaticano sino que baje a la calle. Que no sólo nos hable y nos guíe, sino que escuche; que llore con los que lloran y ría con los que ríen. Que todos lo reconozcamos como uno de los nuestros y sepa ayudarnos a despertar y encontrar a Dios no como una póliza de seguridad, sino como una luz que da sentido y se reparte. Pero sobre todo que dé esperanza y optimismo, o lo que es lo mismo, que crea de veras en Ti”.

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