Obligaciones morales: la cultura del vive y deja vivir

oblgacionesEn una clase de filosofía ponían un caso. Un niño que no sabe nadar se cae accidentalmente al agua y empieza a ahogarse, tú vas pasando por el lado y eres la única persona en el lugar, ¿tienes algún tipo de obligación de rescatar al niño? ¿Por qué?  Que la mayor parte del curso opinara que no existía una verdadera obligación, sino que tal acción debía considerarse un “acto de bondad” no solo me sorprendió sino que hasta hoy me parece simplemente aberrante.

En ese curso la discusión estaba centrada en la constante pregunta por la noción de “obligaciones morales”. Éstas están definidas, según indicaría el sentido común, como un cierto deber o normas de conducta que se pueden establecer en la relación con otros. Ser capaces de reconocer en el caso del niño que se ahoga una profunda obligación moral, me parece urgente. No puede ser que el énfasis que nuestra estructura política y económica ha puesto en la defensa de las libertades individuales, nos haya llevado a olvidar que el vínculo entre los miembros de una sociedad no es mera necesidad de supervivencia, sino que el reflejo de nuestra humanidad.

La filosofía moral se hace dos grandes preguntas respecto de las obligaciones morales. La primera se cuestiona el origen: ¿quién las define?, ¿de dónde nacen? Y la segunda, busca evaluar la existencia de tales obligaciones: ¿podemos efectivamente decir que tenemos obligaciones morales frente a otros sujetos? Existen para ambas preguntas múltiples respuestas, pero me gustaría argumentar a favor de la siguiente: el origen de las obligaciones morales está en la sociedad misma, y el sentido de éstas reside en el vínculo que une a sus miembros. Tal respuesta tiene consecuencias relevantes que de no considerar nos puede llevar a perder el foco y el valor de la vida compartida.

Si las obligaciones morales de nuestra comunidad no están enraizadas en la convicción de que estamos atados por nuestra compartida humanidad, que somos capaces de empatizar con el dolor y las necesidades de otros sin estar motivados por la mera utilidad, nos abandonamos a una vida mezquina y sin sentido.

El origen comunitario de las obligaciones morales significa que la sociedad ha ido armando una serie de pequeñas y grandes normas a lo largo de su historia. Cada contexto, cada país, cuenta con una amplia variedad de patrones de conducta que nos dictan lo que se espera de cada uno y, a su vez, lo que podemos exigir a otros. El problema está en que en la dinámica contemporánea la relevancia de esas normas se lee en clave del “vive y deja vivir”. Nuestras obligaciones se reducen a un mínimo razonable que nos permite expresar la típica idea que -estoy segura- muchos hemos usado, de que mi libertad termina donde empieza la del otro. Hace un tiempo me referí al sentido liberal de esa definición en política, a cómo el concepto de libertad del liberalismo consiste precisamente en eso, en definirla desde la no-interferencia. Soy libre mientras nadie interfiera con el desarrollo de mi mundo privado y, asimismo, permito a otros vivir libremente cuando no me meto en sus asuntos. De esta manera, a partir de las obligaciones morales, nos limitamos a una actitud de mera cooperación. La libertad así definida o el énfasis en nuestra propia libertad, nos conduce a que sea muy difícil recuperar la noción de empatía, de sentir lo que el otro siente, o al menos intentarlo. Esta es la consecuencia de la segunda parte de la respuesta, la idea de un vínculo entre las personas.

El liberalismo fue criticado, desde un comienzo, por el modo en que definía la libertad, pero más profundamente porque se podía deducir su consecuencia: el individualismo extremo que se observa en tantos lugares del mundo. Como respuesta, en la academia apareció el concepto de justicia. Ya no tendríamos que definir nuestra conducta movidos por la defensa de la libertad, si no que tenía que encontrarse una idea de justicia, de distribución equitativa en lo económico, de vínculo en lo social y de empatía en lo moral. Ese fue el giro que dio la teoría hace muchos años. El problema fue que la idea de libertad se mantuvo, y el resultado es que no consideremos normal tirarse al agua para salvar al niño. Ese es un acto heroico, digno de alabanza y reconocimiento social.

Si el “deber ser” -las obligaciones morales de nuestra comunidad de seres humanos- no está enraizado en la convicción de que estamos atados por nuestra compartida humanidad, que somos capaces de empatizar con el dolor y las necesidades de otros sin estar motivados por la mera utilidad, nos abandonamos a una vida mezquina y sin sentido. Para quienes tenemos la certeza de que somos todos hermanos, hijos de un mismo Padre, esta convicción debería ser aún más evidente. No obstante, este vínculo humano es perceptible por todos, creyentes y no creyentes, no discrimina en religión ni en cultura.

Mucho se ha dicho respecto de las grandes reformas por las que va pasar nuestro país. Ojalá esté en el centro, como también se ha dicho, la noción de que estamos atados por un vínculo de humanidad, el que nos obliga moralmente a querer defender la calidad de vida de todas las personas de nuestra sociedad. No solo al sector social, económico o político en el que me muevo. Los fuertes signos de empatía que vemos en las marchas por la mejora de la educación, a favor de la no discriminación racial o de género, son muestras de que contra toda idea enraizada involuntariamente en nuestra cultura, somos capaces de lanzarnos al agua sin hacer cálculos de propios beneficios o responsabilidades. Podemos reconocer que una vida de obligaciones morales mediadas por el cálculo deshumanizado en que solo “vivo y dejo vivir”, no tiene ningún sentido.

 

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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