Órdenes de Moscú

stalinYo soy el Camino, la Verdad y la Vida, dice el Señor. Juan 14:6

Estaba recordando mi primera visita a la Vicaría de la Solidaridad, al lado de la Catedral Metropolitano en Santiago de Chile, en 1979. Allí, la Iglesia y la izquierda política trabajaban juntos para defender los derechos humanos y para alimentar a los hambrientos. La mera existencia de aquella oficina, en el segundo piso de la librería Manantial, era un testimonio conmovedor de la fraternidad humana.

Años después, tuve un profesor en la Universidad de Texas en Austin, eminencia en letras, que escandalizaba a los estudiantes preguntando por el principio consensual compartido entre cristianos y marxistas. Muchos suponían antagonismo esencial. Profesor Kinneavy, metodista bíblico de la antigua escuela, insistía en que los dos se comprometían con la dignidad universal del ser humano. No me sorprendía. Por eso podía existir la Vicaría.

Dignidad universal del ser humano, son palabras fuertes. En toda comunidad, hay una tendencia a crear jerarquías de prestigio. Las estructuras luego se transforman en categorías de personas, diseñadas para afirmar quiénes realmente tienen dignidad y quiénes, no; quienes merecen respeto y quiénes no; quiénes tienen derechos y quiénes están en este mundo para ser explotados, atropellados y despreciados. Acontece en las mejores familias. En aquellos tiempos creíamos que podría ser diferente. La Iglesia y la izquierda aplicaban metodología participativa. Todos usábamos la palomita de la paz al cuello y soportamos la persecución del régimen militar. Nos tratábamos de , nos concientizábamos y nos comprometíamos con la causa. Se parecía a la comunidad primitiva donde todo se compartía y todos comían del mismo pan. El aporte de cada uno era significativo, y el proyecto era de suma urgencia. Soñábamos con una sociedad sin injusticias. Esperábamos el Reino de Dios.

En la Iglesia, Cristo es el centro. No hay otro. Cuando recuperemos esa esencia, acabarán las tensiones y renacerá la alegría. El afán de juzgar en vez de amar al prójimo, quedará en el pasado y la comunidad abrirá su horizonte para recibir al marginado, al forastero y al excluido. Eso es lo que hacía Jesús.

Llamó la atención, entonces, cuando un día escuché lo siguiente: “Compañeros, muy bonito nuestro proyecto, pero han llegado órdenes de Moscú”. O sea, feliz que todos se crean el mito de la igualdad fraterna, pero la verdad es que hay una estructura externa que nos domina con autoridad ciega, absoluta e incuestionable. Hasta ahí llegó la tregua con las juventudes comunistas. Como chicos católicos, no nos interesaba dar la vida por la causa oculta de algún señor desconocido que vivía en otro hemisferio.

Hoy por hoy, no existe la Unión Soviética ni el socialismo internacional. Sin embargo, creo que las órdenes de Moscú todavía están. A cincuenta años del Concilio, la Iglesia aún padece de su cultura autoritaria. Es una contradicción tremenda. Los hermanos en la fe comemos del mismo pan y somos animados por el mismo Espíritu. No tenemos por qué temer la participación real.

Tiempos aquellos, se acercaba el ocaso de la dictadura. En una noche de confianza, entre el humo de las barricadas encendidas y la audacia del caceroleo, un dirigente afirmó con fervor, “Prepárate, compañero, porque después de la victoria, viene la estalinización“. Se refería a la purga realizada por Joseph Stalin en la Unión Soviética para eliminar a sus propios partidarios que consideraba menos ortodoxos en su marxismo; o bien, menos entusiastas en la adulación de su persona. Murieron millones. La burocracia sólo existe para auto-perpetuarse. Ahí, la dignidad universal se volvió discurso vacío. No es posible estalinizar a un hermano o a una hermana. La lucha por la justicia se transformó en una lucha por el poder. La fraternidad humana se transformó en culto a la personalidad.

La comunidad de los fieles no es inmune a tales trastornos. Idolatramos nuestro protocolo. En su reciente carta, el Santo Padre advierte sobre el predominio de otros intereses en la Iglesia. Los administradores de la gracia caminan en la procesión con la cruz en el pecho, creyendo tener autoridad absoluta para hacer y deshacer como les parece. Obstaculizan la misericordia divina, en vez de facilitarla. Quienes se creen movidos por el Espíritu Santo son los que arman las peleas con los demás. Se vaporizan unos a otros, con chismes y calumnias, para consolidarse en la vanagloria, y la Iglesia continúa perdiendo adeptos.

¿Es así en todas partes? Puede ser. Pero en la Iglesia no debe serlo. En la Iglesia, Cristo es el centro. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. No hay otro. Cuando recuperemos esa esencia, acabarán las tensiones y renacerá la alegría. El afán de juzgar, en vez de amar al prójimo, quedará en el pasado y la comunidad abrirá su horizonte para recibir al marginado, al forastero y al excluido. Eso es lo que hacía Jesús.

Jesús dice, YO SOY. En hebreo, eso es el Nombre Sagrado, (YHWH), el vocablo silenciado por respeto. Ningún movimiento ni institución; ningún ministro ni coordinador; por santo que sea, puede asumir el lugar de Cristo. Él es la cabeza. Él es la piedra angular. Él, y sólo él. El proyecto de Jesús se realiza al estilo de Jesús. Todo se hace con amor, con respeto y compasión. Cristo es nuestra salvación. Pese a la flaqueza y mezquindad de la institución humana, él es fuerte, coherente y bondadoso. Es infinitamente compasivo y solidario. Su proyecto es incorruptible. Su Reino es eterno.

En una comunidad de fe, la autoridad se ejerce como humilde servicio. El servidor no tiene por qué defender su prestigio, ni extenderse en el mandato. En Cristo, no existe soberbia ni vanidad. Si reconocemos al Resucitado, vivo y presente, como único camino e infinitamente bueno, volveremos a sentarnos juntos en la misma mesa como hermanos y compañeros. Abramos las puertas para que entren los de lejos. Así, viviremos en la verdad que Cristo nos dejó.

 

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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