Palestina y el reconocimiento

“Que haya paz en ti, Jerusalén; que vivan tranquilos los que te aman. Que haya paz en tus murallas…” (Salmo 122).

(cc) eldiario.com.uy

El pasado viernes 23 de septiembre, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, se dirigió a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas para pedir el reconocimiento de su nación como Estado miembro de la ONU, el principal organismo internacional del orbe. El problema, que lleva décadas sin resolverse, sigue siendo una de las heridas pendientes de nuestro mundo, una herida que -aunque no lo veamos- nos toca directamente.

A pesar de la distancia geográfica, el conflicto palestino-israelí no sólo nos incumbe en cuanto miembros de la comunidad internacional, sino más cerca aún, pues esta controversia se realiza en aquellos territorios donde vivió Jesús, el Salvador, y donde surge aquella fe que nutre nuestra vida.

La situación, lo sabemos, tiene larguísima data y una historia compleja.  Los hechos nos dicen que después de la creación del Estado de Israel (1948), la nación palestina ha debido realizar enormes esfuerzos por sobrevivir como pueblo y buscar un desarrollo que asegure su preservación. La nefasta guerra de 1967 desmembró territorios palestinos que les eran reconocidos como propios en virtud de su historia y de acuerdos sustentados por la misma ONU. Desde entonces los palestinos han tenido dos trágicas opciones: emigrar o luchar duramente por subsistir en una región castigada por la pobreza y la violencia.

El presidente Abbas pide hoy el reconocimiento como Estado miembro de la ONU. ¡Ya era hora!  Los diversos intentos por construir la paz no han dado frutos. El Estado de Israel basa su oposición en los diversos ataques terroristas que, de cuando en cuando, se suceden en sus territorios (ciertamente, condenables como medio). La instalación de asentamientos israelíes en zonas palestinas ha sido una pobre e injusta manera de responder, peor aún en cuanto éstas son apoyadas oficialmente por el Estado de Israel.

La comunidad internacional hoy día se encuentra ante un escenario favorable para que aquellas palabras del Salmo se hagan carne. Hace años venimos escuchando, desde la filosofía y otras disciplinas, la importancia que tiene el reconocimiento para la vida de las personas y de los pueblos. Reconocer significa validar, dar fe de la dignidad del otro, afirmar su existencia… y esto es algo que todos necesitamos. Nuestra vida cotidiana sería muy difícil sin amigos, familiares y pares que nos ayudasen a constituirnos como personas.  Parte importante del conflicto mapuche, en nuestras tierras, radica en que este ancestral pueblo no es confirmado como etnia, ni en el plano jurídico ni en la praxis concreta de nuestra sociedad.

La urgente petición del presidente Abbas no es entonces trivial, ni un paso más para la consecución de la paz: es uno fundamental.  El reconocimiento del pueblo palestino como Estado miembro de la ONU puede ser un hito para alcanzar el pleno reconocimiento por parte de toda la sociedad mundial, Israel incluido.  La constitución de la ANP como Estado permitiría así, también, que se diesen mayores pasos para una convivencia estable entre los dos pueblos que comparten una historia de sufrimiento, lucha y desgarro.  El problema es urgente. Y como cristianos deberíamos sumarnos, cada uno según tiempos y lugares, a este anhelo, inscrito hace varios siglos en la Biblia: “Que haya paz en ti, Jerusalén; que vivan tranquilos los que te aman. Que haya paz en tus murallas…”.

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