Pan y flores para celebrar y compartir

Hace un tiempo, un anciano sacerdote español misionero en Bolivia por más de 40 años, me comentaba ciertas dificultades de sus primeros años en ese país, uno de los más pobres de América Latina. Su mentalidad europea, permeada por lo racional y lo científico-técnico, era incapaz de comprender cómo campesinos pobres, que no tenían ni siquiera lo mínimo para comer y vivir con dignidad, gastaban dinero en comprar flores y velas para los santos y así celebrar las abundantes fiestas religiosas de su calendario. Para él, Marx tenía razón: una religión así,  que privaba a los pobres de su pan y exigía velas y flores tendría que ser “el opio del pueblo”. También he escuchado innumerables veces a personas escandalizadas porque los pobladores de campamentos y allegados prefieren pagar televisión por cable antes que ahorrar para tener una casa propia. O asombrados porque los más pobres se endeudan para celebrar el cumpleaños de un hijo, un “baby shower” o el funeral de un ser querido. Yo misma he peleado tantas veces con amigos cuando he querido reutilizar la bolsita del té, mientras ellos insisten en que no es necesario, pues hay una para cada uno. Puro derroche cuando sabemos que a la familia no le alcanza para llegar a fin de mes.

Tener poco, saberse merecedor de poco y solidarizar con los que nada tienen, nos abre a recibir todo aquello que llegue a nosotros como un don. Para recibir un don o regalo hay que estar abiertos al cariño y a la generosidad de Dios y de los demás. La pobreza es camino cuando nos abre a la gratitud.

La interpretación clásica es la siguiente: las casas comerciales, la televisión digital, las fiestas importadas, la comida chatarra y el fútbol, son los nuevos opios que adormecen la conciencia del pueblo y lo mantienen sumido en su pobreza e inacción. Así catalogamos como fruto de ignorancia, irresponsabilidad e irracionalidad el fenómeno de las flores, las velas, la televisión por cable, las fiestas y los regalos impagables, el plato de repetición y la bolsita única para la taza de té. Sin embargo, quisiera aventurarme con otra interpretación posible, a la luz de la vida de los pequeños y del Evangelio de Jesús de Nazaret. Y es que, incluso en medio de la pobreza, existe una necesidad humana fundamental que tiene que ver con agradecer y celebrar. Necesitamos lo mínimo: pan y trabajo, techo y abrigo. Pero requerimos también de la sobreabundancia: la celebración, la gratuidad, el derroche, el gasto no calculado, la mesa repleta y el tiempo sin medidas.

Sin tiempo y plata perdidos no hay mesa ni amistad. Sin gozo y gratuidad no hay vida. Sin lo inútil vivimos atados a lo útil y presos de lo mínimo, incapaces de celebrar y agradecer. A Jesús le preguntaban: “¿Por qué tus discípulos no ayunan?” (Mc 2, 18) y Jesús les respondía: “¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos?” (Mc 2, 19). Jesús mismo nos presenta el discipulado en clave de una fiesta de matrimonio. Andar con Jesús no es medirse, sino tirar la casa por la ventana, como suele hacerse cuando alguien se casa, convertir el agua de la necesidad y la rutina en el vino de la sobreabundancia y la fiesta. “Necesitamos pan y flores”, diría este sacerdote español después de sus 40 años acompañando al pueblo boliviano.

Los cristianos nos rebelamos frente a una vida centrada en el consumo, en el que somos lo que tragamos, en la que solo nos dedicamos a comprar con avidez todo lo que nos ofrece el mercado. Nos rebelamos también porque pocos tienen mucho y las grandes mayorías tienen poco, por no decir nada. Nos rebelamos porque  tenemos de ejemplo a Jesús, Dios encarnado en una familia pobre de Nazaret.  Pero esa rebeldía no puede privarnos del gozo y la gratuidad.

Tener poco, saberse merecedor de poco y solidarizar con los que nada tienen, nos abre a recibir todo aquello que llegue a nosotros como un don. Para recibir un don o regalo hay que estar abiertos al cariño y a la generosidad de Dios y de los demás. La pobreza es camino cuando nos abre a la gratitud. Sin gratitud, hay puro ascetismo, voluntarismo, virtud personal, más no relación con los demás, con la naturaleza y con Dios. Es una pobreza – o una austeridad– que nos vuelve individualistas, no agradecidos. En estas vacaciones, aprendamos de los pequeños, que nos enseñan que la vida se puede celebrar y compartir generosamente, incluso cuando tenemos poco o nada. Ocupémonos de que todos tengan el pan y las flores de cada día.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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