Papa Francisco: Persona del año

(cc) Portada revista Advocate

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Confieso que he sido uno de los que se ha dejado seducir por Francisco. En mi caso, al menos, no resulta obvia mi adherencia y optimismo. Por distintas razones, mi religiosidad y experiencia de fe se han distanciado bastante de todo lo que sucede en El Vaticano, por lo que mi relación con este Papa en particular ha adquirido una importancia que aún no logro dimensionar del todo, pero que sí me ha permitido volver a sentir con la Iglesia Universal, confiar y reanimar mi espera.

El año pasado escribí sobre los motivos de una espera que sabe de razones. Un año después, el escenario es otro y la valoración sobre la homosexualidad es distinta de aquella que primó en pontificados anteriores al de Francisco. Desconozco lo motivos, pero aun cuando no se hayan implementado modificaciones doctrinales que vuelvan creíble lo anterior, los modos de enunciación y el tono discursivo han sido otros, y esto ha impactado radicalmente en las maneras en que miles de personas se relacionan con la realidad de gays y lesbianas que habitan en países donde la homofobia está institucionalizada, donde su expresión es criminalizada y observada con recelo.

“Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. ¡Tremenda frase! Una pregunta, una palabra inédita – gay – y una afirmación que, nos guste o no, desplaza el foco de atención y sitúa a la persona en el centro, rescatando su particularidad e instituyéndola como contenido de una certeza que Francisco calificó como dogmática: “Dios está en la vida de cada persona”.

Religiosos y religiosas de distintas Congregaciones han comenzado a discernir nuevas respuestas y han comprometido esfuerzos significativos para formarse y escuchar a gays y lesbianas, mirando críticamente lo que antes se aprendía solo en los libros. Muchos y muchas, animados por el tono pastoral de Francisco, han decidido superar la tentación de dominar las fronteras y salir del encierro de una fe que, respecto de algunos temas, todavía se vive y confronta en los laboratorios1.

Lo anterior fue uno de los motivos por los que la revista Time decidió adjudicarle al Papa el reconocimiento como persona del año, destacando el giro que Francisco le ha dado a su Pontificado y su impacto en muchos de los temas que hoy se debaten en el mundo. Tal como señala en su versión en español, “en menos de un año ha hecho algo notable: no cambió las palabras, pero cambió la música”, y eso es algo que sí ha permitido que creyentes y no creyentes escuchen al Papa con una actitud distinta.

Esta nueva valoración es la que desarrolló la revista de gays y lesbianas “Advocate” al elegir a Francisco como persona del año. Lo reconozco, me sorprendió muchísimo que lo hayan elegido. Son más los motivos para condenar a la Iglesia que aquellos para salvar sus proposiciones en materia de inclusión y no discriminación. Desde el activismo y la incidencia que promueven las organizaciones pro derechos de la diversidad sexual, las palabras de la jerarquía de la Iglesia han sido siempre motivo de censura y condena, poco y nada se espera del clero, menos de sus cambios y espíritu reformista. La sospecha y la desconfianza han marcado la relación entre las partes, así como también las sensibilidades y la apertura hacia gays y lesbianas que se reconocen como católicos, quienes no solo deben asumir su identidad delante de sus familias y amistades, sino también reivindicar su identidad creyente frente a sus pares homosexuales.

Los costos fueron altos. Advocate enfrentó las críticas y cuestionamientos, reafirmando su decisión y aclarando que su compromiso con la lucha por los derechos de la comunidad LGTBI seguirá orientando su acción, lo cual no se contradice con la elección de Francisco como persona del año. Lo relevante aquí no es solo el valor político que muchos podrían objetar como razón para tal nombramiento. Las expectativas son realistas y lo admiten de entrada: “Como Papa, aún no ha dicho que la Iglesia Católica apoya las uniones civiles. Pero lo que Francisco dice acerca de las personas LGBTI ya ha causado consternación y reflexión dentro de la Iglesia”, situación que admite y soporta una nueva pluralidad de opiniones sobre realidades que, en apariencia, se presentan como debatibles.

Laicos y laicas esparcidos por el mundo han decidido tomarse la palabra y arriesgarla en favor de quienes han sido históricamente perseguidos, excluidos y marginados. Religiosos y religiosas de distintas Congregaciones han comenzado a discernir nuevas respuestas y han comprometido esfuerzos significativos para formarse y escuchar a gays y lesbianas, mirando críticamente lo que antes se aprendía solo en los libros. Muchos y muchas, animados por el tono pastoral de Francisco, han decidido superar la tentación de dominar las fronteras y salir del encierro de una fe que, respecto de algunos temas, todavía se vive y confronta en los laboratorios1.

El desafío es tremendo y lo que sigue no menos importante. El año que viene estará marcado por la discusión pastoral en torno a la familia. La Iglesia se manifestará en razón de las demandas de reconocimiento civiles y doctrinales que afectan a miles de gays y lesbianas. Las definiciones y los conceptos serán materia de debate y discusión, así como también las atribuciones de odio y violencia que, de uno u otro lado, calificarán el tono de las palabras elegidas como argumento para hacer valer las distintas posiciones.

Sea cual sea el formato, no olvidemos nunca que cuando hablamos de familia y matrimonio, lo hacemos en referencia a las mismas personas que hemos aprendido a conocer a través de una nueva manera de nombrar una realidad que antes solo conocíamos por medio del Catecismo. Tal como señala el colectivo Equally blessed, “el Papa Francisco no ha articulado un cambio en la enseñanza de la Iglesia [acerca de la homosexualidad], pero sí ha hablado con compasión, y, al hacerlo, se ha animado a iniciar una conversación que algún día podría hacer que la Iglesia abrazara plenamente a católicos gays y lesbianas”. Sumémonos a la conversación, no nos restemos ni seamos indiferentes.

No se trata aquí de modificar la letra de una ley que sigue siendo difícil de vivir por muchos y muchas, sino más bien se trata de reconocer el valor de humanidad que tiene toda persona y la dignidad que le es propia por el mero hecho de ser hijo e hija de Dios. Si esta certeza deja de serlo para algunos, tenemos que re-pensar el cómo trasmitimos lo central de nuestra experiencia creyente, y hacer los esfuerzos necesarios para garantizar que el Evangelio y la palabra de Dios sean buena noticia para TODOS y TODAS, sin excepción ni condiciones.

[1] Extractos de la Entrevista que, en Chile, publicó la revista Mensaje (Apartado: Fronteras y Laboratorios). Disponible en la web de “Razón y fe”.

 

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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