Papa Francisco: ¿Qué nos cabe esperar?

(cc) Catholic Church (England and Wales)

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Hace pocos días nos hemos enterado de la gran noticia de la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como el nuevo Papa Francisco. Por primera vez en la historia un latinoamericano y un jesuita es nombrado sucesor de Pedro. Para nosotros, los jesuitas, la noticia  tiene varias razones para ser sorpresiva.

1° Cuando san Ignacio fundó la Compañía de Jesús probablemente nunca se imaginó que uno de sus hermanos llegaría a ser “Vicario de Cristo”.  Y es que la Compañía ha sido pensada justamente para ponerse a disposición de aquellas misiones que el Papa, en cuanto pastor universal, considera son las de mayor necesidad en la Iglesia. Para nuestro fundador, los jesuitas tenemos que ser aquellos hombres siempre disponibles para partir allí donde hubiere mayor necesidad; la libertad es algo constitutivo de nuestro carisma. Y, en este sentido, tener responsabilidades episcopales u otros tipos de cargos significaban para el vasco fundador un peso que un jesuita no podía ni siquiera desear.

2° Pero la consternación tiene también otra razón de ser. El papa Francisco fue un jesuita singular. Hombre de gran carácter, cercano a los pobres, muy observante de prácticas piadosas tradicionales, le tocó gobernar la provincia argentina en años tumultuosos, tanto para la Iglesia, la Compañía y su propio país. Fueron años complejos para la Compañía de Jesús en Argentina, que terminaron con no pocas controversias internas debido a los diversos modos de comprender la opción por los pobres, entre otros aspectos. Su liderazgo fue importante, pero también cuestionado.

3° Las grandes expectativas que ha generado su nombramiento también llaman profundamente la atención. Para muchos, que el Papa sea “latinoamericano y jesuita” significa un signo de esperanza, en medio de una Iglesia con la cual muchos hemos sufrido en los últimos años, al constatar su debilidad y su pecado.

En medio de estas sorpresas, la elección del Papa Francisco también despierta signos de esperanza y de alegría en medio de la Iglesia entera.  Pero, ¿qué nos cabe esperar de este hombre que desde el miércoles nos conduce a todos los católicos?  La pregunta es fundamental.  Los últimos años nos han mostrado que nuestro seguimiento de Jesús se hace en medio de nuestra debilidad, de nuestras contradicciones y de nuestro pecado. Por lo mismo, es sano y justo preguntarse por las expectativas que podemos tener en este hombre que, aunque Papa, es humano como todos nosotros.

Probablemente es legítimo esperar de Francisco que le haga honor a su nombre, tal como ya lo ha demostrado en sus primeras apariciones: un hombre sencillo, austero, alejado del boato que muchas veces nos desalienta y cuestiona nuestro afecto y pertenencia a nuestra Iglesia.  Esperamos que el arzobispo que andaba en metro y compartía el mate con las familias de las poblaciones siga ese estilo, con las nuevas exigencias de su nuevo rol, compartiendo con la Iglesia universal este aprendizaje profundo que la Iglesia latinoamericana ha querido hacer: que Dios opta por los más pobres y desheredados de esta tierra.

Pero, quizás más importante aún, esperamos que nuestro nuevo pastor haga viva esa invitación que experimentó el joven Francisco de Asís en sus años de llamado y conversión: “reconstruye mi Iglesia”. Y, a juzgar por lo que hemos escuchado (lamentablemente sólo de oídas), esa tarea comienza desde el seno de la misma Iglesia, en la misma Curia.  Confiamos en que el carácter y la habilidad en el gobierno que el Cardenal Bergoglio ha demostrado se plasme también en una reforma que continúe con la tarea de purificación que inició Benedicto XVI.

Si se cumplen estas dos expectativas, creo que podemos darnos por satisfechos. Y, tal como nos pasó a varios con nuestro anterior Papa, estar abiertos a la novedad, y confiar de fondo en el único que nos puede traer la verdadera alegría y salvación, que es Jesús.

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