Participación política… ¿queremos formar parte?

(cc) candelaria.es

¿En qué pensamos cuando hablamos de participación política?

No deja de impresionarme cómo cada vez que pensamos en participación política, la mayoría de las personas la asocia inmediatamente a la participación electoral o a la pertenencia a algún partido. Definimos nuestro rol en política según los parámetros a los que nos hemos ido acomodando, y, sin darnos cuenta, la participación termina siendo sólo un sinónimo de la elección de algún cargo público. Incluso llegamos a reducirla únicamente al -para muchos- incómodo momento en que marcamos en la papeleta a la persona que creemos podría hacerlo mejor representando nuestros intereses. Ante esta realidad, es fundamental hacernos algunas preguntas: ¿Estamos satisfechos con los espacios con los que contamos para involucrarnos en las decisiones que nos incumben? Y, antes que eso, ¿creemos que es realmente importante formar parte?

Hoy no nos damos cuenta que depositamos toda nuestra confianza en los tomadores de decisiones: en los políticos o en el clero, por ejemplo. Nos pusimos “flojos”, porque simplemente aceptamos que ésa es la realidad actual. Sin embargo, no me parece que sea demasiado tarde para construir un país como soñamos.

Es preocupante que cada día separemos más la idea de democracia de lo que normalmente entendemos por participación política; o, peor aún, el concepto que tenemos de democracia no contiene la idea de una participación ciudadana fuerte y capaz de expresarse por otros canales. Las tomas de colegios, las marchas, las huelgas, nos parecen medios extraordinarios que se reducen a un conjunto específico de personas, o que sólo se producen cuando llegamos a un punto crítico.

Con el tiempo, hemos ido limitando nuestras preocupaciones a aquello que se encuentra cada vez más cerca de nuestro núcleo, de nuestro espacio propio, de lo privado, de lo que atañe a nuestra casa, a nuestro colegio, a la universidad en la que estudiamos o al lugar donde trabajamos. El individualismo -al que suele hacerse referencia como uno de los males propios de nuestro tiempo-, se hace cada vez más notorio en la participación política, produciendo efectos colaterales importantes. Si no soy víctima de un sistema de salud injusto, si no tengo condiciones laborales indignas o si no asisto a un establecimiento educacional de mala calidad, no me siento movido a trabajar por lo que le toca al “de al lado”.

Este diagnóstico no quiere ofrecer una mirada pesimista de la realidad ni constatar la desafección que hoy existe con la política, sino que quiere destacar la importancia de reflexionar sobre qué democracia queremos construir.

Lo que nos molesta de los políticos, o de la política, tiene que ver finalmente con que nos gustaría poder confiar ciegamente en la persona por la que votamos. ¿Hay detrás de eso una verdadera intención por buscar los espacios en que como ciudadanos podamos hacernos cargo de los temas que nos parecen relevantes para la sociedad? Esto debiese ser el centro de la preocupación actual, considerando, sobre todo, el valor que tiene la búsqueda de nuevos espacios que muchos jóvenes han estado haciendo. No debemos leerlos como si fueran una manera desesperada de llamar la atención, o de presionar, sino que como un intento por construir la verdadera democracia que nos gustaría experimentar.

Nuestra vida no debería estar fragmentada, al punto de que la motivación y las ganas estén dirigidas sólo a lo que nos toca como individuos: al desarrollo de mi vida espiritual, de mi realización profesional, de mi vida afectiva.

Hoy, el aporte que podemos hacer, desde lo que cada uno es, comienza con un simple esfuerzo: informarnos y no dejar que la discusión que nos afecta como ciudadanos pase por el lado.

Empecemos por preguntarnos sobre “lo político”, cayendo en la cuenta de que esto tiene que ver directamente con cada uno de nosotros, con el ciudadano de a pie que soy; que tiene que ver con lo concerniente al conjunto de personas con las que vivo, con mi familia, con mis amigos.

Cuando nos referimos a “la política” o “los políticos” como algo ajeno o distante, sólo nos automarginamos de lo público, del espacio que compartimos con otros, y, al hacerlo, reducimos nuestra responsabilidad a la mera elección de personas que deben desempeñarse en esa esfera y defender los intereses de todos los chilenos.

Cada uno de nosotros está tocado inevitablemente por lo político, y esto debiese motivarnos continuamente a trabajar por la sociedad, por el país que queremos. Nuestro ser cristianos debería ser una invitación permanente a querer formar parte; aportando desde la propia disciplina, el estudio, o trabajo, a hacer de cada esfuerzo personal un esfuerzo por el otro, pues mi vida -y la de mis cercanos- no puede sernos indiferente. Sólo debiese tener sentido si nuestro prójimo forma parte de ella y nos invita a querer hacer comunidad. Que lo político no se quede fuera de allí.

* María Pía es cientista político de la Universidad Diego Portales y participa de CVX, donde es encargada del cuerpo de guías.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

Sus columnas en TAbierto

Artículos relacionados

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.