Pastillas para el dolor ajeno

(cc) Muffet

Hay una campaña dando vuelta en España, impulsada por médicos sin fronteras, bajo el concepto de “pastillas para el dolor ajeno”. ¿La premisa? La posibilidad de sentir y hacerse cargo del dolor ajeno. En el mundo, miles de personas mueren producto de una serie de enfermedades que requieren tratamientos relativamente sencillos,  a los cuales no tienen acceso por falta de dinero. Para ello, se crea esta campaña que consiste en vender en todas las farmacias estas píldoras de menta rotuladas “pastillas para el dolor ajeno”. Todo el dinero recaudado va a esta fundación para llevar medicamentos a aquellos lugares donde no pueden pagarlos. Simple, fácil y bonito.

Me pregunto si no es ésa la clave para entender el estado actual de las cosas en Chile.

Hace ya un rato que el tema de moda tiene que ver con el descontento social. Editoriales y columnistas se  golpean la cabeza tratando de explicar esta repentina explosión. La desigualdad, la concentración del poder, el alcance de las redes sociales y tantos otros aparecen como posibles -y muy plausibles- explicaciones. Herederos de los indignaos europeos, diversos movimientos sociales se han convertido en verdaderos articuladores de las demandas ciudadanas: estudiantes, mapuches, homosexuales, ambientalistas, trabajadores. Como botón de muestra, hace poco tuvimos la marcha más grande desde el regreso a la democracia, con alrededor de cien mil personas manifestándose en la calle. No se trata de otra cosa que del dolor ajeno desbordándose en la forma de manifestaciones y descontento ciudadano.

Y, ante semejante escenario, no puedo evitar preguntarme por el rol de la política y sus dirigentes.

¿Sienten ellos el dolor ajeno?

Es que algo no cuadra al ver que al tiempo que la ciudadanía se impone y logra bloquear un proyecto de termoeléctrica en el norte, se aprueba una hidroeléctrica en el sur; no es normal ver que mientras en la calle se levantan los estudiantes por la educación, y los homosexuales por la igualdad, la gran discusión política tenga que ver con la posibilidad de que el gobierno monitoree las publicaciones de una pequeña elite en twitter; es impresentable que mientras se inicia la discusión respecto de un salario mínimo que no alcanza para vivir, dirigentes de los trabajadores (sean 6 ó 36) aparezcan pagando un almuerzo por 600 mil pesos.

Quizás, el síntoma más claro tiene ver con lo ocurrido luego de los resultados de la última encuesta de opinión ADIMARK, que ha sido la más devastadora en términos de la opinión que la ciudadanía tiene de la política. En una reunión urgente entre gobierno y oposición para analizar dicho desprestigio, las conclusiones fueron que todo el conflicto se debía a que mientras unos querían centrarse más en “lo político”, los otros apostaban por privilegiar “lo social”.

¿Cuándo dejó lo político de estar ligado a lo social? ¿En qué minuto lo político se convirtió en otra cosa que el medio por excelencia para articular el sentir ciudadano?  Esa es la verdadera enfermedad que se manifiesta en Chile.

La pregunta es entonces cómo se juntan nuevamente estos dos mundos. Cuál es la píldora que debe tomar la política para sentir y mejorar el dolor ajeno.

Una idea freak: propongo que todo dirigente electo por votación popular tuviera la obligación de, durante al menos unas horas a la semana, ejercer su oficio o profesión. Que salgan a trabajar. No digo que la dirigencia política no sea un trabajo desgastante, pero sentir el dolor ajeno no es sencillo. No basta salir a la calle, estar una semana en el distrito o monitorear las redes sociales. Tampoco se trata de apagar la calefacción en el invierno. Si bien dichas iniciativas ayudan a acercarse a los síntomas, para esta enfermedad se requiere sintonía fina: compartir un contexto cotidiano, preocupaciones cotidianas. Se trata de que las vidas de representantes y representados tengan algún grado de similitud en el día a día. No lo sé, pero quizás frente al dolor de los ciudadanos excluidos, el trabajo cotidiano, como forma de volver a las bases, sea la mejor píldora para empezar a curar el dolor ajeno.

* Diego es abogado de la P. Universidad Católica de Chile y actualmente trabaja en Infocap, la Universidad del Trabajador.

Chileno. Abogado UC. Ex Director de la Escuela Sindical de Infocap. Profesor ayudante de Derecho Penal. Trabaja actualmente como abogado en litigios.

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