Pensar la sexualidad desde una perspectiva cristiana

Cuando estamos en una encrucijada nos viene la clásica pregunta “¿qué hago?”, o “¿qué está bien y qué está mal?”. Y pasamos mucho tiempo pensando las posibilidades. Este es un proceso de discernimiento en el que nos encontramos más de una vez en nuestra vida. Al mismo tiempo, cuando sumamos la voz de Dios a nuestras reflexiones hacemos un ejercicio de discernimiento espiritual.

¡Cuánto más problemática se vuelve esta pregunta si la enfocamos al tema de la sexualidad y la afectividad! ¿Por qué? Porque esta dimensión humana fundamental y constitutiva ha sido muy descuidada en casi todos los niveles: biológico y antropológico, emocional y sicológico, intelectual y conceptual, individual y social, espiritual y religioso. ¿Qué nos pasó para que esto tan importante para la vida se convierta en un problema? He aquí una primera intuición: estamos hablando de la vida en su aspecto más dinámico, potente y maravilloso.

En efecto, no intentamos dar respuestas a las cuestiones personales, sino abrir el abanico para que el discernimiento sexual-espiritual forme parte de las preguntas de la vida de los jóvenes (y por qué no de algunos adultos), y no que las consecuencias decidan sobre la vida personal.

¿Qué sucedería si nos dedicamos a explicitar algunos puntos de discernimiento humano-espiritual que nos ayuden a percibir y analizar esta realidad de manera tal que nos permitiera orientar nuestra respuesta concreta a la pregunta “qué hacer con la sexualidad y afectividad”?  Surgirán replanteos de algunas precomprensiones, y lograremos dilucidar por dónde es que se nos cuela el mal espíritu (que sólo busca someternos, esclavizarnos y provocar infelicidad, tanto a nivel personal como colectivo).

Nos han hecho creer que la sexualidad es un tema de “intimidad” que no se habla sino es cuando hace falta y bajo un cierto tabú,disfrazado de “respetismo”, difícil de quebrantar. Y lo que la realidad pone en evidencia, a partir de los múltiples círculos en que nos movemos, es que la sexualidad está recorriendo todos los capilares de nuestra cultura porque forma parte de nuestra vida cotidiana. En verdad, el tema de la sexualidad no es solamente personal, sino social, y merece atención para que podamos crecer como comunidad humana.

Reconocer el proceso

En primer lugar, hay que reconocer en qué etapa del camino de mi vivencia sobre la propia experiencia sexual y afectiva me encuentro. Tal vez algunos aún no se lo han preguntado mucho, otros quizá demasiado.

¿Qué significa para mí ser una persona sexual? ¿Cómo ha sido mi historia con esta dimensión? ¿Qué sé, qué me intriga? ¿Qué desconozco? ¿Cómo me gustaría que fuera esto? ¿Qué se me dificulta y es como una cruz? ¿Qué tentaciones vivo? ¿Tiene el Dios de Jesús un lugar en esta dimensión de mi vida?

 Discernir sobre la vida sexual implica distinguir con agudeza algunas voces que intervienen y que casi todos escuchamos en nuestra vida: las voces de cómo me enseñaron (o no) sobre este tema a nivel familiar y escolar; las voces de lo que dice la religión que aprendí; las voces de los medios masivos de comunicación y redes sociales; las voces de las personas que me rodean; las voces del mal espíritu; y por último, notemos la más importante, la voz de mi propia conciencia donde Dios se comunica conmigo de una manera especial.

Es necesario decir que la voz del Espíritu de Dios siempre actúa trayendo serenidad, calma, luz, claridad, orden y armonía sobre un determinado aspecto en un proceso lento. La voz del Espíritu inquieta de manera suave pero firme e insistente cuando hay algo que está desordenado en nuestra vida, a diferencia de la voz del mal espíritu que remuerde la conciencia dejándola tirada por el piso sin poder levantarse por la culpa. La voz de Dios es sincera, honesta y amable para hacernos caer en la cuenta de lo que nos hace más humanos. Nunca es intimista y solitaria, siempre busca el vínculo y lo sana, lo restaura e invita a la comunión y la comunicación con otros. A diferencia de la voz del mal espíritu, que siempre trabaja en el secreto y ocultando de manera irracional apurando los procesos.

Discernir la sexualidad de cara a Cristo

El objetivo de mi discernimiento tiene que ser lo más claro posible: discierno para saber qué hacer, y qué es lo bueno para mí y los demás en este momento de mi vida, de cara al Dios de Jesús.

Por eso me tengo que preguntar: ¿para qué quiero pensar, meditar u orar sobre este aspecto de mi vida? Quiero liberarme de culpas malsanas que me torturan para vivir con plenitud mi sexualidad y ser más consciente de lo que hago. O deseo aclararme sobre algunos puntos concretos que me afectan en mi relación con los demás. O tengo que tomar una decisión dentro de mi propio proceso. O tal vez, quisiera saber qué es lo mejor en mi relación con otra persona. O bien me gustaría descubrir lo que Dios quiere de mí en esta dimensión. En fin, cada uno sabrá.

El criterio para discernir de cara a Cristo lo tiene a él como fundamento. Hay que ponerlo a él en el centro de la mirada. ¿Cuál habrá sido la actitud de Jesús respecto de la sexualidad humana? ¿La habrá condenado, despreciado y restringido? Seguramente no se habrá parecido a la actitud de la religión judía de su tiempo, un poco desviada hacia la hipocresía que él mismo ataca. ¿Será que difiere, quizá, de la actitud de la religión en la que fui formado que da la impresión de pedirme “imposibles”?

La actitud de Jesús es siempre de acogida misericordiosa con la persona que busca honestamente salud, salvación, luz, paz, liberación, esperanza. Si lo busco también en las zonas incomprendidas de mi sexualidad, seguramente él me dará luces, pero si no lo dejo entrar en contacto con todo lo que soy el proceso de transformación interior queda disminuido. Nunca veremos a Jesús destruyendo la sicología de alguien para que cumpla una norma, todo lo contrario, libera, desata, abre, ubica, confronta, corrige. Y esto también sucede en el plano de la vida afectivo-sexual.

¿Será del Dios de Jesús que tengamos que escondernos de la sexualidad y verla como pecado si es creación suya? ¿Acaso existe algo en la persona “intrísecamente malo” para los ojos del Dios de Jesús? ¿Será el Dios de Jesús un ciego que no quiere salvarnos de aquello que nos esclaviza en nuestro comportamiento sexual? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que cumplir normas sin saber por qué, o simplemente porque nos dijeron sin hacer un proceso de reconocimiento personal de lo que significan para mi vida? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que vivir una doble moral porque no podemos congeniar nuestra experiencia sexual con lo que proponen ciertas normas sobrevaluadas por algunas sicologías excesivamente rígidas? ¿Será del Dios de Jesús que todo lo que llamamos pecado se ubique de la cintura para abajo sin distinciones? ¿Es acaso el Dios de Jesús un obsesivo sexual que está pendiente de todos mis comportamientos genitales de tal manera que me mira y me acosa? ¿Será el Dios de Jesús un Dios desinteresado de mí y que le da lo mismo lo que haga con mi cuerpo y el de los demás cuando lo tomo como un objeto de mi placer egoísta?¿Será el Dios de Jesús permisivo y hedonista que no asume el dolor y el fracaso humano? ¿Será el Dios de Jesús un juez condenador que anda persiguiéndome para que haga sacrificios de modo que no se enoje conmigo? Al parecer este no es el Dios de Jesús, debe ser otro diosito barato.

Quizá alguno piense que estamos haciendo una apología del libertinaje sexual. No hace falta, eso ya lo han hecho otros. Lo que queremos poner en el centro es la pregunta por el discernimiento sexual de cara a Jesús.

Las consecuencias de no discernir

En efecto, no intentamos dar respuestas a las cuestiones personales, sino abrir el abanico para que el discernimiento sexual-espiritual forme parte de las preguntas de la vida de los jóvenes (y por qué no de algunos adultos), y no que las consecuencias decidan sobre la vida personal. Como sucede cuando los embarazos indeseados interrumpen procesos de madurez de los adolescentes, o cuando la cantidad de anticonceptivos y el látex trastocan el sistema sexual, o cuando las enfermedades de transmisión o trastorno sexual llegan a das las esferas, o cuando la ignorancia religiosa de algunos perturba la sicología de los más jóvenes en la confesión, o cuando se destrozan las vidas de quienes continúan aquí y otras de quienes Dios recibe con amor allá, o cuando sólo se considera pecaminoso lo que tiene que ver con el comportamiento sexual y se olvidan los compromisos sociales y políticos -que son un omisión cristiana grave-, o cuando la pornografía resuelve la soledad y da un modo erotizado de relacionarse con las personas, o cuando las miles de formas de abuso que un varón o una mujer ejercen terminan por desconocer el amor gratuito y desinteresado. Cada uno podrá continuar la lista.

Si no ponemos en la mesa las cartas de este ámbito vital para la comunidad de creyentes, tendremos que sufrir las consecuencias de una catequesis normalista basada sólo en reglas y no en la vida de las personas de cara a Jesús, de una Iglesia jueza de las decisiones que no toma, de unos proyectos de vida truncados, de unos sacerdotes y monjas mal formados, de unos docentes indiferentes, de una sociedad traidora de las conciencias, de unos machismos inadecuados, de unas enfermedades esterilizantes para el mundo, de una educación sexual genitalista y cientificista separada del ser humano total, de un patrón de conducta animalizado y poco pensante, de unas conciencias retorcidas y culpógenas que sólo ven pecado en lo sexual, de unos inconscientes entretenidos con sus fantasías reprimidas, de unas paternidades irresponsables y unos “hijos sorpresa”, de una ignorancia atroz en el manejo de las emociones que provocan desastres familiares y, lo que es peor, de personas que se las arreglan como pueden sin esperar vivir en este ámbito la plenitud gozosa y fecunda que el Dios de Jesús quiere para cada uno de nosotros, en cada etapa de nuestra vida.

Argentino, Profesor de Letras, Licenciado en Filosofía. Estudiante de teología en la Pontificia Universidad Javeriana.

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