El precio de la identidad

 

En el presente, el tema de la identidad ha tomado un papel de suma importancia en nuestra sociedad.  Desde los indígenas hasta los refugiados, en países a lo largo y ancho del planeta, se lucha por hacer respetar aquello que se identifica como propio. Muchos grupos que han visto su identidad pisoteada por generaciones, en estas últimas décadas han dicho ¡basta ya!, y reclaman el respeto que se merecen. Y es que la identidad en gran parte se construye por la valoración y el reconocimiento que los otros hacen de ella. Entonces, ¿cómo se aprecia, o, en otras palabras, cómo se reconoce nuestra identidad?

En muchas partes de Latinoamérica, se cree que la identidad personal es valorada socialmente a partir de las conexiones de las que se goza. Si la persona tiene la dicha de haber nacido en una familia con apellido conocido y respetado, entonces se esperará que ésta sea altamente valorada.  Por el contrario, si alguien proviene de un sector popular, por más inteligente y talentoso que sea, no será tan apreciado, debido a su falta de conexiones sociales. Esto ha llegado a tal punto, que muchas personas humildes buscan, por ejemplo, un padrino de bautizo no por sus cualidades espirituales sino que por sus conexiones sociales.

En este contexto, la valoración identitaria de un huérfano, que no tiene ninguna conexión social, sería prácticamente nula. Asumiendo esto como una realidad, no sería nada de sorprendente que estos niños terminaran siendo reclutados por pandillas o narcotraficantes, como un modo equívoco de conseguir alguna conexión social o sentirse apreciados por alguien. Otra es la realidad que padecen los indígenas, quienes por más que reclamen el respeto de su identidad, no serán tomados en cuenta, en gran parte por su bajo nivel de vinculación con personas de mayor poder económico y político… personas “de influencia”.

A diferencia de sus vecinos del sur, en los Estados Unidos la valoración de la identidad suele corresponder a la productividad o la productividad percibida de cada cual. Por lo tanto, si uno cuenta con un título de una universidad de renombre, o con un cargo de alto rango, se le considerará una persona respetada y que, por lo tanto, debe ser escuchada. Al contrario, si la persona no tiene educación y trabaja en el sector agrícola, es altamente probable que sus ideas nunca vean la luz, por más buenas e innovadoras que sean. Se han dado innumerables casos de personas famosas que son sorprendidas por haber inventado títulos universitarios o puestos ejecutivos para impresionar con su supuesta identidad.

Podemos notar el impacto que estas concepciones incompletas y erróneas de la identidad han tenido en las últimas elecciones presidenciales de los EE.UU.  Los simpatizantes de Trump hicieron todo lo posible para minimizar las grandes contribuciones económicas de los migrantes. Incluso, especialmente a los de México, los tacharon de vendedores de drogas, violadores y “malos” (“bad hombres”).  Por otro lado, los partidarios de Clinton descartaron como ignorantes los comentarios de los norteamericanos blancos pobres (conocidos por el término despectivo de “redneck”) que apoyaban a Trump, por la falta de educación de éstos.

Según esta forma de pensar, los bebés no deseados que están por nacer en el vientre de su madre, sin educación y sin haber mostrado su productividad al mundo, serían considerados desechables, como puro “tejido” sin identidad.  Se emplea esta lógica aún más si se pronostica que el bebé nacerá con alguna deficiencia como un síndrome Down, ya que éste sería sólo una carga para la familia y para la sociedad. Es más, estas criaturas – aunque nazcan sanas – son vistas como una barrera a la productividad, y, por lo tanto, algo que perjudica a sus madres. De igual manera, a menudo se ve a los refugiados y migrantes – ante todo si son provenientes de países donde no se habla inglés – como una carga para la sociedad, porque a su llegada parecen recibir más que contribuir al país al cual arriban.

Podemos notar el impacto que estas concepciones incompletas y erróneas de la identidad han tenido en las últimas elecciones presidenciales de los EE.UU.  Los simpatizantes de Trump hicieron todo lo posible para minimizar las grandes contribuciones económicas de los migrantes. Incluso, especialmente a los de México, los tacharon de vendedores de drogas, violadores y “malos” (“bad hombres”).  Por otro lado, los partidarios de Clinton descartaron como ignorantes los comentarios de los norteamericanos blancos pobres (conocidos por el término despectivo de “redneck”) que apoyaban a Trump, por la falta de educación de éstos.  Sin ignorar sus aspectos innegablemente xenofóbicos, estos comentarios manifestaban la inquietud de algunos estadounidenses que temen perder su identidad, no sólo por los cambios demográficos que experimenta el país sino también por los cambios económicos que han devastado el sector manufacturero.

Sin embargo, nuestra verdadera identidad como cristianos es ser hijas e hijos de Dios. El valor de ésta no surge a partir de nuestras conexiones sociales ni depende de nuestra productividad percibida, sino que corresponde a algo que recibimos gratuitamente de Él desde el momento de nuestra concepción. En el libro del profeta Jeremías, se nos dice: «antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones» (1,5). Dios nos invita a respetar la identidad de las personas sin importar sus conexiones sociales ni su productividad, sino que simplemente por ser hijas e hijos de Dios, como nosotros. Tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos los conceptos de identidad y valía antes señalados están bien arraigados en la cultura. Pero nuestro llamado, en tanto cristianos, es a ser contra-culturales. ¿Cómo podemos entonces ayudar a hacer respetar igualmente la identidad de todos nuestros hermanos y hermanas como hijos e hijas de Dios?

Es estudiante jesuita que realiza sus estudios de teología en el Jesuit School of Theology de la Universidad de Santa Clara en Berkeley, California, EE.UU. Estudió urbanismo y administración de empresas y trabajó en los sectores privado y no gubernamental antes de ingresar a la Compañía de Jesús. Oriundo de Hawai, le encanta cocinar y la música latina, hawaiana y country.

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