¿Qué Dios anunciamos?

(cc) Kent Ng

¿Dónde está Dios en medio de la crisis que vive Japón? ¿Cómo creer en Él luego de tanta muerte y destrozo? Son preguntas que estos días me han hecho tanto creyentes como no creyentes. ¿Qué estamos anunciando sobre Dios y su Reino que se le responsabiliza por esta situación y por tantas otras que acarrean sufrimiento a la humanidad? Sería bueno detenerse a pensar qué contenido del mensaje de Cristo transmitimos en estos días.

Los católicos podríamos resumir nuestro credo con una frase sencilla y a la vez contundente: “Jesús fue enviado por su Padre para morir en la cruz y así salvarnos del pecado”, pero ¿qué sentido cobran hoy estas palabras?

En un mundo en el que se busca la autonomía -“es mi vida”, “métete en lo que te corresponde”, etc.-, en una sociedad donde muchos no quieren trabajar para otros, en un mercado en el que se desarrollan productos cada vez más específicos según los gustos particulares de cada cliente (notemos que son clientes, no personas), ¿qué provoca alguien que fue enviado por otro y para dar su vida por los demás?

La figura de “padre”, además, se asocia muchas veces (¡y muy erróneamente!) a un ser masculino un poco dominador, que nos invita a cumplir reglas y nos observa.

Siendo así las cosas, ser enviado y, más aún, por un padre con tales características, pierde todo sentido.

Por otra parte, decimos que Jesús vino a morir en la cruz. Hoy, los cementerios se especializan en disimular cualquier relación con la muerte o el dolor; miles de cosméticos se lanzan al mercado para “prolongar nuestra belleza”; las cirugías plásticas son cada vez más accesibles y las deseamos para parecer jóvenes eternamente; incluso hay avanzadas investigaciones para intervenir el gen de la vejez. Con estas propuestas, ¿qué sentido tiene morir?

La cruz es vista como un sitio en el que morían personas indignas hace siglos. Se  ha transformado en un lugar común decir “es tu cruz, acéptala”, como quien otorga a Dios la responsabilidad de cualquier dolor, angustia o pena. Incluso, ha pasado a ser un elemento decorativo: no es extraño escuchar a alguien que le dice a otra persona “qué bonita tu cruz”, mirando el colgante que porta en el cuello. Hemos “endulzado” la cruz, siendo que sería lo mismo que llevar a alguien en una silla eléctrica o ahorcado.

El perdón se ha vuelto más una palabra de estudio que una acción. Se promueve “lo justo”, que “las dos partes tengan lo suyo” o una “estrategia win-win”. Esto no está mal, pero se le antepone a aceptar el error o a pedir disculpas. Sin conciencia de mis errores, o siendo incapaz de pedir perdón, el pecado ya no tiene sentido, y por ende, la salvación menos. Si a esto agregamos el hecho de que todavía se asocie el pecado a la moral-sexual, en lugar de un quiebre de relación con mis hermanos y Dios, cabe la pregunta: ¿si no tengo preocupaciones por mis pecados, qué sentido tiene la salvación?

Ante esta pérdida de sentido de nuestro “mini-credo”, sería bueno reelaborarlo. La propuesta de Jesús es el anuncio de su Reino. ¿Por qué no comenzar entonces a profesar nuestra fe señalando que “Jesús vino a anunciarnos su Reino (afirmando la existencia de vida después de la muerte), compartiéndolo con los que vivió (sanando, perdonando, acogiendo, abrazando), enviado por su Padre-Madre?”. Es un anuncio que nos otorga esperanza y nos invita a movernos por nuestros hermanos.

El Reino hoy no se juega sacando nuestro dinero de las bolsas de comercio japonesas o viendo oportunidades de negocio en medio de una crisis, sino que se juega en aquéllos que permanecen intentando controlar las plantas nucleares, en los médicos que están atendiendo a los enfermos o en los gobiernos que buscan salvar a sus compatriotas. Ahí está Dios en medio del dolor. Ahí está en un mensaje que se hace presente en el mismo ser humano.

Estudiante jesuita, cursa estudios de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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