¿Qué movimiento estudiantil estamos construyendo?

(cc) universitarios.cl

Como estudiante secundario, y a pesar de que soy alumno de un colegio privado, he estado involucrado en la problemática que tiene hasta ahora a unos doscientos establecimientos escolares paralizados, millares de personas marchando en las calles, y a todos los chilenos, al menos, un poco atentos: La educación chilena, su mala calidad, la inequidad en su acceso y muchos otros problemas derivados, que contribuyen al aumento en la ya profunda brecha social que existe en Chile y Latinoamérica.

Hoy no quiero profundizar en un nuevo diagnóstico sobre la educación -algo que por lo demás ya es bien conocido-, sino que expresar ciertas inquietudes respecto del movimiento estudiantil, y, finalmente, intentar dar una mirada de las cosas con el método que nos enseñó Ignacio: el discernimiento rezado. Quizás lo que se mencione acá no suscite aplausos; de hecho, no es lo que los cristianos deberíamos buscar. Hablaré en primera persona, aunque no estudie en establecimientos públicos. Lo hago porque me duele en demasía que un joven que tiene la misma edad que yo hoy tenga una pésima educación y un futuro incierto por haber nacido en Cerro Navia y no en Las Condes.

Lo que me inquieta, en primer lugar, son las peticiones concretas de los movimientos estudiantiles. He escuchado esas palabras clave que se repiten cada año en las diversas asambleas secundarias: desmunicipalización, estatización, pase escolar gratuito, gratuidad, educación laica… etc. Pero me hacen falta palabras como mejores docentes, mejores funcionarios o mejores directores. Nada se habla del estatuto o de la carrera docente. ¿De qué sirve tener movilización gratis todo el año y educación gratuita si no tenemos profesores exigentes y bien preparados?

Estos ejemplos me hacen pensar que como estudiantes no hemos hecho un discernimiento más amplio; uno que involucre no sólo las peticiones heredadas desde siempre, sino que -y aquí me “cuelgo” del modo ignaciano-, uno que reconozca también la verdad presente en las otras partes: desconozco si se han analizado las propuestas del Gobierno con respecto a, por ejemplo, una Agencia de Calidad y una Superintendencia que regularía los gastos públicos y las subvenciones; o las propuestas de organizaciones no gubernamentales, como Educación 2020, respecto de los directores, la participación de apoderados, o los modelos de financiamiento alternativos. O si se ha intentado dialogar seriamente con los universitarios, quienes también han hecho profundas indagaciones en estas materias. Me inquieta pensar que estemos pidiendo cosas imposibles, y que, más encima, no seamos capaces de dialogar con otros con los que compartimos objetivos comunes.

Me inquieta pensar que estemos pensando en cosas “grandes” como el financiamiento, y no nos preguntemos por mejores profesores, sistemas de clases más humanos, propuestas formativas, valores humanos y cívicos, etc. Hablo de aspectos que no necesariamente se miden en un test estandarizado. Alegamos que la PSU es un filtro de clase y un “rellenar circulitos” sin sentido, pero no somos capaces de profundizar en cuestiones quizás más esenciales, como las mencionadas anteriormente, y que no se reflejan en un número, sino que en la formación integral de personas. La educación no puede convertirse sólo en temas de Lenguaje y Matemáticas, nos decía un profesor mientras conversábamos el tema en la sala de clases.

Sin embargo, hay algo que me inquieta aún más, y tiene que ver con cómo nos hemos movilizado: me asusta que nos quedemos sólo en las marchas y jornadas (de las que he participado), en los paros y en las tomas (convirtiendo medios en fines) y finalmente ocurra lo de siempre: desalojos, extensión del año escolar y cambios que no dejan contentos a nadie. El movimiento se duerme, para aparecer en cinco años más, con las mismas peticiones, con los mismo modos, y a veces, con ciertas intransigencias.

Más allá de las visibles marchas y paros, podrían existir modos invisibles de aportar a la educación: Me gustaría ver un discernimiento más amplio, que vea la educación como algo más que la desmunicipalización y el pase escolar, renovar las peticiones y las ideas… dialogarlas más. Me gustaría ver que nuestros dirigentes secundarios hicieran un compromiso y un llamado a sus compañeros por estudiar, a recuperar responsablemente las horas perdidas, para poder decir con mayor propiedad que su educación es mala; me gustaría que se aprovechasen las herramientas que se tienen, por pobres que sean, para prepararse lo mejor posible para insertarse en el país como mejores profesionales, políticos o técnicos, y realizar así desde ahí cambios profundos en el futuro.

En otras palabras, que ese fuego que hoy nos mueve no se quede en los discursos elocuentes, sino en un compromiso fiel con la propia formación y participación como adultos en el rumbo del país. Me gustaría ver también que entre estudiantes, con humildad, nos ayudáramos a reforzar esas materias que quedaron débiles por la pérdida de clases, pero no sólo a terceros y cuartos medios, sino que a todos los estudiantes más pequeños que también se atrasaron. De hecho, hay muchos que viajan todos los fines de semana a poblaciones remotas para enseñar matemáticas o lectura a aquéllos que asisten a establecimientos educacionales de baja calidad, o incluso, a quienes no asisten a ningún colegio. Esas cosas no salen en el diario, pero fortalecen la educación y el contacto humano, y permanecen en el tiempo. Eso es “lavarse los pies unos a otros”.

Y todo esto no significa invalidar el enorme y admirable esfuerzo de los estudiantes del sistema público hoy movilizados, sino aportar con un punto de vista que podría servir para renovar y complementar. Y les debo un agradecimiento: Esto no se escribiría si no fuera por ellos. Recemos para que los estudiantes que hoy marchan, mañana puedan responsabilizarse de su sacrificio; como decía una columna anterior, sacrificar “carrete” para recuperar estudio y materias, para generar más diálogo, para ampliar la mirada de la educación y renovar así las ideas. Espero ver al dirigente siendo un gran político, espero que a todos los cristianos preocupados por la educación Cristo nos dé le fuerza para sumarnos a estos cuestionamientos: el paro (que considero válido) no es la última opción; hay más alternativas que complementan; permanentes, pero silenciosas. Quizás, más del estilo de Cristo.

* Sebastián es alumno de 4to. medio del colegio San Ignacio – El Bosque y participa, entre otros, de CVX Secundaria.

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.