¿Quién soy?

"Agonía en el jardín", Andrea Mantegna (1431 - 1506)

“Agonía en el jardín”, Andrea Mantegna (1431 – 1506)

El camino formativo que he llevado como religioso dentro de la Compañía de Jesús, me ha dado la oportunidad de pulir distintos aspectos de mi vida, o de darme cuenta, por lo menos, que necesito pulirlos. Uno de estos aspectos es, precisamente, mi identidad a la luz de la vida de Jesús de Nazaret. Dar una respuesta a la pregunta quién soy se me ha hecho sumamente difícil, y si he logrado responderla ha sido sólo provisionalmente. Sin embargo, quiero compartir lo que me ha ayudado a ser ser humano, cristiano y jesuita. Al sentirme mirado por Jesús, mi amigo, he encontrado estadios en mi vida que me ayudan a ser y caminar hacia un mayor encuentro con el Jesús de los Evangelios.

Cuando inicié mi noviciado alguien me preguntó si era feliz. Escuchar la pregunta me hizo sentir zozobra, porque, honestamente, no pude afirmar que sí. En esos primeros pasos que estaba dando como jesuita me iba desprendiendo de una vida anterior, de un modo de proceder muy arraigado, que incluía a mi familia, mis amigos, mi novia, mi trabajo, mis sueños, mis seguridades, mi cultura. Fueron momentos de incertidumbre y desajustes. Todos deseamos la alegría, por supuesto, y claro que yo me veía contento. Pero sentía que Jesús no me invitaba a quedarme en ese estadio. Entendí que el llamado que Él me hacía no implicaba, forzosamente, vivir feliz.

Basta mirar a Jesús en el momento más crítico de su vida, puesto al límite en el Huerto de los Olivos. Si bien en ese momento Jesús no era feliz, sí estaba siendo auténtico. No se traicionó a sí mismo ni a sus amistades.

Recuerdo el pasaje del joven rico que platica con Jesús (Mc 10, 17-22), y que ansiaba ser feliz, pero buscando una felicidad cimentada en su ego. Lo más importante, al final de cuentas, era él mismo. Todo lo demás eran sólo medios para ser feliz, incluido Jesús. Esa felicidad no alcanzada me llevó a pensar en un segundo estadio. Si, ciertamente, yo no era del todo feliz, a pesar de las dificultades, las dudas y los errores que crecen junto a la alegría, la esperanza y el amor, pude afirmar que me estaba sintiendo pleno. Por plenitud entendía sentirme satisfecho y tranquilo en el lugar en que estaba, y confiar que era donde Dios quería que estuviera. A veces podía invadirme la tristeza o la soledad, pero había algo que me hacía sentir parte de este naciente estilo de vida. Y, en ese sentido, ni la tristeza ni la soledad tuvieron la última palabra.

Sentirme en plenitud me llevó a construir un proyecto de vida dentro de mi experiencia como jesuita. A trabajar por los demás, a compartir la vida con otros, a apropiarme de una misión y un carisma. Fue el estadio en el que, creo, se ubicaban los discípulos: fuera de sí mismos y cercanos a Jesús. Sin embargo, recordé: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos…” (Mt 7, 21-23). Así, el seguimiento de Jesús en la vida religiosa jesuita, tampoco implicaba vivirme, necesariamente, pleno. No se trataba solamente de apropiarme de un proyecto, sino de avanzar en el seguimiento de Jesús. Ese camino me llevó entonces a un tercer estadio: la autenticidad. Por ésta entiendo que soy llamado a ser el que soy, independiente del lugar en que esté y de que haya o no felicidad. La autenticidad trascendía la felicidad y la plenitud, pero no las excluía.

¿Quién es auténtico en la narración de los Evangelios? Me basta mirar a Jesús en el momento más crítico de su vida, puesto al límite en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 38-39). Si bien en ese momento Jesús no era feliz, sí estaba siendo auténtico. No se traicionó a sí mismo ni a sus amistades. Fue fiel con aquellos paralíticos que curó, con la anciana a la que dio limosna en el templo y le evocó lo más profundo de sí mismo, con la samaritana a quien le hizo reencontrar su sentido de vida sentados en el pozo de agua, con aquellos leprosos que tocó, y con todos los excluidos que incluyó. Jesús en el huerto se mantuvo auténtico.
Me di cuenta, pues, de estos tres estadios progresivos: la felicidad, la plenitud y la autenticidad. Es, definitivamente, en esta última donde intento vivir para poder responder a la pregunta sobre quién estoy siendo. Así, en gerundio, como algo no acabado.

De esta forma, lo que me resulta más fascinante al contemplar la autenticidad de Jesús, es que vivir esa autenticidad implica vivir la voluntad de “Otro”. Es decir, para ser lo más fiel a quién soy, necesito soltar lo que yo más soy y dejarme abrazar por el deseo amoroso de Aquél que me conoce en mi verdad más profunda.

Artículos relacionados

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.