Recuperar la política, remirar el conflicto

Los vínculos entre la ley y la política siempre han sido conocidos. La ley se conforma en el poder Legislativo, pero el Ejecutivo también tiene iniciativa de ley. También hay otros vínculos, más estrechos, pero menos evidentes. En la primera mitad del siglo XX, Carl Schmitt, teórico político alemán, se preguntó, en esta línea, qué era lo específico de “lo político” y qué lo diferenciaba de otras esferas sociales.

Schmitt resumió “lo político” (que, para simplificar, es algo así como el fundamento de la política como la conocemos, es decir, partidos, sistemas de gobierno, Estados, etc.) en la lógica amigo-enemigo. Esta lógica de lo político implica la idea de conflicto, de lucha. Lo político tiene un elemento inherente: un acto de fuerza que lo preceda. Por ejemplo, el derecho de propiedad no existe si no lo precede el acto de expulsar a otro de un determinado lugar. Esa expulsión, en su estado primitivo, no está fundada en ningún derecho, sino en un acto de fuerza, que es el que permite que se configure un derecho reclamable jurídicamente.

Los Estados-nación estarían fundados de esta manera: es decir, desde un acto de fuerza que excluye a otro de un determinado territorio, que marca un afuera y un adentro. Para Schmitt, la política sería, en esta línea, el arte de proteger la soberanía. Lo político aparecería cuando esa soberanía esté en riesgo, lo que gatillaría la guerra. No comparto este último punto con el teórico alemán, pero sí el hecho de que lo político tiene como elemento constitutivo el conflicto. Éste no implica necesariamente la aniquilación del enemigo, sino que nos desafía a un modo distinto de relación ellos/nosotros, que permita la convivencia y el diálogo.

Un contemporáneo de Schmitt, Walter Benjamin, comenzó a hablar de violencia y ley. Para Benjamin, la ley siempre es violenta, porque siempre implica la fuerza. La violencia es una forma de resolución de conflictos, ya sea aniquilándolo, ya sea instalando un nuevo orden. Para este autor el derecho termina por defenderse a sí mismo, por mantener un orden establecido. Ya no busca la justicia, por eso sería entonces necesario deponer el derecho vigente, si es que éste no lleva a la justicia.

Recuperar la política no solo tiene que ver con recuperar las instituciones. Tiene que ver con recuperar lo colectivo, lo común. La decadencia de la política viene acompañada por una desafección a la construcción colectiva, comprometida con un modo de vida posible. Nos ha dejado de importar discutir con unos y construir con otros. Lamentablemente, los favorecidos con esto son los mismos de siempre, los poderosos. La gente promedio, los más débiles, los excluidos, quedan a merced de lo que unos pocos dicen que debe ser, porque “es así”, porque “no puede ser de otra manera”, porque es “lo natural”.

Ahora bien, la ley es hermana del contrato, que en su interior tiene inscrita una sola intención: evitar la defraudación. El contrato y la ley se basan en la desconfianza, en la posibilidad de la mentira del otro. Esa regulación, que castiga la mentira y la defraudación, la posibilidad de no cumplir, es violencia. Por el contrario, el acuerdo privado entre sujetos, al estilo de la vieja diplomacia, donde la confianza cobra mayor valor y se pierde el miedo a la mentira, sería una forma no violenta de resolver conflictos.

¿Por qué me he explayado en esta aburrida disquisición? Porque al leer los periódicos chilenos, es frecuente encontrar titulares como: “Que la ley actúe con toda su fuerza” o “actuaremos con todo el rigor de la ley” respecto de varios conflictos políticos. Las asesorías falsas a los parlamentarios, la quema de camiones en el sur, los hechos de corrupción, la delincuencia… todo parece pasar por la aplicación sin piedad de la ley.

Si todo se soluciona dictando y aplicando leyes, judicializando el conflicto, ¿dónde quedó la política? Y no me refiero a una política de los consensos o a una democracia deliberativa. No creo que todo deba ser acuerdos que, finalmente, invisibilizan a los excluidos y oprimidos, y favorecen a los poderosos. Me refiero, justamente, al arte de discrepar, discutir y construir un proyecto colectivo para dibujar la sociedad que deseamos.

La violencia (sea legal, institucional, física, simbólica) aniquila el conflicto, aniquila al enemigo. Cuando el excesivo deseo de estabilidad genera un poder vertical que disuelva el conflicto, los proyectos colectivos comienzan a desaparecer y lo común se disuelve en la indeterminación.

Lo peligroso es identificar ley y justicia. Es lo que intenta desmentir Benjamin. La ley puede ser injusta, violenta, excluyente. Un orden justo no depende de las leyes que lo rigen, sino de la capacidad de comunicación entre sujetos. La política siempre ha supuesto el diálogo, el intercambio, la lucha agonal que implica bregar por lo que se quiere y, al mismo tiempo, ceder en favor de esa lucha, al menos temporalmente.

Recuperar la política no solo tiene que ver con recuperar las instituciones. Tiene que ver con recuperar lo colectivo, lo común. La decadencia de la política viene acompañada por una desafección a la construcción colectiva, comprometida con un modo de vida posible. Nos ha dejado de importar discutir con unos y construir con otros. Lamentablemente, los favorecidos con esto son los mismos de siempre, los poderosos. La gente promedio, los más débiles, los excluidos, quedan a merced de lo que unos pocos dicen que debe ser, porque “es así”, porque “no puede ser de otra manera”, porque es “lo natural”.

Un modo de vida bueno para todos debe ser construido entre muchos. Se necesitan muchos sueños y mucho acuerdo para construir, juntos, otros modos de vida posible. Quizás el desafío es configurar una sociedad que dé cabida a diversos modos de vida, que puedan convivir con sus desacuerdos y con sus elementos comunes.

Es el desafío que en enfrenta hoy Chile en varios ámbitos. Sin duda, el conflicto con el Pueblo Mapuche es un lugar paradigmático donde Chile necesita ejercitar su capacidad de acoger la diferencia, de aceptar que podemos vivir teniendo proyectos y modos de vida totalmente distintos y que eso no necesariamente significa guerra, violencia, ni totalitarismo. El Estado-nación chileno necesita repensar su actuar frente a demandas que tensionan su capacidad de enfrentar los conflictos, de aceptar una lógica de vida y política diferente y comprender que la ley no elimina el conflicto, solo lo invisibiliza. El desacuerdo permite que no necesitemos invisibilizar al adversario, ni aniquilarlo, sino que podamos vivir juntos asumiendo nuestras diferentes posiciones y dialogando juntos nuestras necesidades.

Jesuita chileno. Actualmente cursa una Licencia en Filosofía en el Colegio Máximo de San Miguel, Argentina, y colabora en el Servicio Jesuita a Migrantes.

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