Refugiados: Una crisis de acogida

Estoy en Sao Paulo, Brasil. Llevo cinco días conociendo la ciudad. Perdí mi mochila en el aeropuerto y aún no hay rastro de que aparezca. Junto a un grupo de jóvenes latinoamericanos y algunos compañeros jesuitas, vamos a descender a los infiernos de esta ciudad. Estamos aquí para descubrir aquellos lugares invivibles habitados por personas que cargan en sus cuerpos el peso de la sospecha, la exclusión y el miedo. Compartiremos con quienes viven literalmente en la calle (en total, unas 120 mil personas), con los que reciclan la basura, con quienes viven en los edificios okupados y con aquellos que llegan como migrantes o refugiados. A mí me toca trabajar con estos últimos.

Todavía tengo en mis pupilas la imagen que recibí al llegar al Centro de Referência e Acolhida para Imigrantes (CRAI), una casa de acogida para refugiados llevada por unas hermanas franciscanas en pleno centro de Sao Paulo. Son las 8:30 de la mañana y lo primero que veo al avanzar por el pasillo de entrada es a una mujer africana. Está vestida con un llamativo vestido de muchos colores, junto a sus tres hijos y un par de mochilas con sus cosas. Me mira a los ojos y yo sigo de largo. Su mirada es un grito sin voz… a los pocos minutos vuelvo donde ella. Lo único que pude averiguar es que llegó a Brasil hace dos días y fue derivada a esta casa. Le pregunto su nombre y de dónde viene. Se llama Molestine y viene de Angola. Preguntarle por qué viene a Brasil sería muy incómodo para ella, así que saludo a sus niños. Cada uno me dice su nombre. La dejo ahí sentada, mientras es atendida para darle una habitación, un juego de sábanas y un par de toallas.

Esta casa, ayudada por el Estado, acoge apenas a unas 120 personas, dándoles los servicios básicos: una cama donde dormir, las comidas del día, baños y duchas limpias, y lo necesario para lavar la ropa. Es la única de Brasil con estas características. Aquí viví una experiencia muy intensa. Gente venida de Siria, Haití, Angola, Nigeria, Líbano, Jordania, Congo y otros rincones de la Tierra. Nos tocaba hacer de todo: limpiar baños, pasillos y dormitorios, dar una mano en la cocina a cargo de una mujer libanesa y, sobretodo, acoger y escuchar.

Empecé a saludarlos por su nombre. Y ellos sonreían. Con ese pequeño gesto habían dejado de ser un número. Se habían convertido en personas.

Mientras estaba en la recepción, tenía que entregar a cada refugiado la llave de su casillero. Al llegar, ellos mostraban un cartón con el número de llave. En el reverso decía de dónde venían y cómo se llamaban. Empecé a saludarlos por su nombre. Y ellos sonreían. Con ese pequeño gesto habían dejado de ser un número. Se habían convertido en personas. Fue así como empecé a conocer sus historias. Tuve que hacer esfuerzo para comunicarme en inglés con varios, lo básico en francés con otros. Y, con ayuda del traductor de Google, aprendí a saludar a los sirios y preguntarles cómo había estado la comida.

De esta forma conocí la historia de Bassam. Él vivía en Homs (Siria). Haciendo las preguntas a través de Google, Youssef (un marroquí) traducía en inglés las respuestas que Bassam me decía en árabe. Bassam me contó que trabajaba modelando piedras de mármol. Un trabajo en el cual ganaba bastante dinero y que le permitía llevar una buena vida. Hasta que tuvo que huir hacia el Líbano a causa de la guerra. La ciudad donde pudo resguardarse, hoy es custodiada por fuerzas militares rusas. A medida que la conversación fue avanzando Bassam me cuenta cómo logró escapar de la guerra y las bombas. En la huida perdió el rastro de su familia. A través de Google Maps me muestra su ciudad y el punto exacto donde estaba su casa, hoy destruida por el bombardeo. Le muestro también mi ciudad y el lugar que ocupa en el mapa. Mientras conversamos, arma algunos cigarrillos. Me comparte uno: “tabaco fuerte”, me dice.

Allí también conocí a Lannus, una mujer haitiana que se alegra y sonríe cuando la saludo en creole. A Luis, un andaluz que llegó a Brasil engañado por la mafia de la droga. A Matéu, de Congo, cuya familia fue asesinada por las pandillas militares. A William, Josef y Eugenia, “crianças” angoleñas, que entienden perfectamente por qué están en Brasil y con quienes jugábamos todas las mañanas. Sus relatos me emocionan. Me sorprenden. Relatos de lucha, valentía, riesgo y esperanza. Todos han venido a Brasil buscando refugio. Han podido quedarse, pero siguen, de alguna forma, excluidos.

Sin duda, sus historias estremecen y rompen cualquier caricatura o ideología acerca de la guerra. Han vivido en carne propia el ser expulsados de la tierra que les pertenece.

¿Qué hace que un sirio y un chileno compartan sus historias de vida frente a un computador? ¿Por qué Molestine tuvo que dejar sus raíces, su cultura, su familia, sus amigos, para viajar 6.500 kms. desde Luanda hasta Sao Paulo? ¿Qué hace que Bassam, Lanus y Matéu sigan luchando por seguir viviendo una vida que no es vida?

Sin duda, sus historias estremecen y rompen cualquier caricatura o ideología acerca de la guerra. Han vivido en carne propia el ser expulsados de la tierra que les pertenece. Una realidad tan dura como ésta, se me ha puesto frente a los ojos sin filtro, con la crudeza y brutalidad que ella expira. Rostros cansados, mujeres dignas, niños esperanzados, hombres solitarios. Sólo están. Ocupando un espacio y haciendo lo que pueden porque la sociedad los mantiene marginados. Sus cuerpos han sido “capturados” en un espacio de excepción donde el derecho no existe. Se han convertido en personas que no son completamente reconocidas como tales y en vidas que no son del todo reconocidas como vidas.

La crisis de la movilidad humana hoy es una crisis de recepción de personas y no de llegada de personas. Contemplar el mundo desde estas fronteras nos pone frente a un límite y un desafío: los límites de un sistema global que legitima la exclusión y el desafío de construir un sistema migratorio basado en la dignidad humana.

No sé qué pasó con Molestine. Lo último que supe de Bassam es que había conseguido un trabajo y dejado esa casa de acogida. Luis recibió dinero para viajar de vuelta a España, pero decidió quedarse y donar ese dinero a CRAI. También dejó la casa. Lannus comenzó a participar en una iglesia cristiana. De los niños no tuve más noticias, sólo que William sueña con ser piloto de avión. Ellos han podido, con ayuda de otros, sentirse acogidos y reconocidos.

 

 

 

Chileno. Estudiante jesuita, licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, San Miguel, Buenos Aires, Argentina. Redactor de Rezando voy. Actualmente realiza su etapa de magisterio en el Colegio San Mateo, en Osorno.

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