Refugiados: una respuesta inhumana a una crisis humanitaria

Los Juegos Olímpicos terminaron. Fuimos testigos de la belleza, fuerza y elasticidad del cuerpo humano en las distintas disciplinas deportivas. Pero este año fue distinto. Por primera vez en la historia, un grupo de diez atletas refugiados participó representando a los millones que en todo el mundo sufren esta misma situación. Ellos no corrieron por ningún país. Corrieron por el espíritu humano de superación, coraje y perseverancia. Con los días fuimos conociendo sus historias, llenas de humanidad y fuente de inspiración para todos los demás atletas. Una de ellas es la de Yusra.

Yusra es nadadora y tiene dieciocho años. Se vio forzada a dejar la ciudad de Alepo, en Siria, a causa de las bombas. Cruzando el Mediterráneo tuvo que nadar y tirar del barco, junto a otras dos personas, porque el motor de la embarcación que los llevaba se averió. Después de tres horas nadando, llegaron a las costas de Lesbos, en Grecia. La pequeña embarcación trasladaba unas veinte personas, entre ellas, a su familia. Después de treinta días de travesía pudo recibir asilo en Alemania. Allí fue apoyada y pudo entrenarse para participar en Río de Janeiro.

Con los millones de refugiados actualmente desplazados vivimos la peor crisis humanitaria de la historia. Una crisis que se nos está escapando de las manos. No hemos sido capaces de dimensionar la gravedad del fenómeno de la migración forzada. De hecho, mientras lees esta columna, miles de refugiados, como Yusra, intentan en estos mismos momentos llegar a Europa cruzando el Mediterráneo. Pero ¿cómo es que terminamos en esto?

Es inaceptable que los Estados se escuden en la obligación de cuidar de los suyos para no ayudar a los refugiados. Hay deberes de justicia global que están más allá de los límites estatales. Tenemos que descubrir la manera de mantener estados sociales de derecho en el ámbito doméstico y, a la vez, cumplir con las exigencias de justicia global en relación con los refugiados.

Nos podemos preguntar[1]:¿Para qué tenemos tratados internacionales que reconocen que los refugiados son una responsabilidad compartida si dejamos que el Líbano albergue más sirios que toda Europa en su conjunto? ¿Por qué nos indigna la existencia de traficantes de personas, y aun así dejamos que ésa sea la única ruta viable para buscar asilo en Europa? ¿Para qué nos enorgullecemos de nuestros valores liberales si tenemos políticas represivas que detienen a niños que piden asilo y que los separan de sus familias? ¿Por qué respondemos tan inhumanamente a esta crisis humanitaria?

El actual sistema internacional de refugiados está fallando. Se diseñó hace más de cincuenta años mediante un convenio internacional firmado por 147 países: la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, y una organización internacional, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) creada en 1950. Los Estados se comprometieron a recibir en su territorio a personas que huyen de conflictos y persecución. El objetivo de ese sistema era garantizar que si un Estado fallaba o se volvía en contra de su población, las personas tuvieran adónde ir, para vivir con seguridad y dignidad hasta que pudieran volver a casa. Por desgracia, este mecanismo está colapsando.

En teoría, los refugiados tienen derecho a pedir asilo, pero, en la práctica, las políticas impiden que eso sea posible. Tienen derecho a una vía de integración o a regresar al país del que vinieron, pero quedan atrapados en un limbo casi indefinido porque ningún Estado quiere hacerse cargo. En teoría, los refugiados son una responsabilidad de justicia global compartida, pero en la práctica, sólo algunos países (vecinos al conflicto) se están haciendo cargo de recibir a los millones de refugiados del mundo.

Volvamos a la historia de Yusra. Ella es una más del 25% de los refugiados actuales, que corresponden a mujeres que viajan con sus familias. Yusra no puede volver a Alepo porque hoy esta ciudad yace bajo los escombros. Por lo tanto, ella y su familia tenían tres opciones. La primera: haberse ido a un campo de refugiados, donde la asistencia nunca es segura y las perspectivas son limitadas, ya que los campos casi siempre están en zonas desérticas, la actividad económica suele ser restringida, la educación es de mala calidad y un 80% de su población permanece allí al menos 5 años (esto porque junto a la incapacidad política para reubicar a estas personas, lo más fácil es mantenerlas en los campos: un limbo espacial donde viven en un estado de excepción). Así las cosas, era una alternativa sin mucho futuro. Una segunda opción consistía en que Yusra y su familia se dirigiesen a una zona urbana en algún país vecino. De hecho, es la alternativa elegida por el 75% de los refugiados sirios. Pero hubiesen enfrentado grandes dificultades: no podrían haber conseguido trabajo ni acceso a asistencia. Y cuando Yusra y su familia hubiesen agotado sus ahorros, no les hubiese quedado nada y tendrían que haber sobrevivido como pobres urbanos. La última opción es la que gana más adeptos entre los refugiados: Yusra y su familia podían buscar alguna esperanza pagándole a un traficante para que los llevara en un viaje peligroso hacia las costas de Europa. Es lo que vemos a diario en las embarcaciones que llegan a la isla de Lesbos, en Grecia, y también a Italia y España. Es la opción que Yusra y su familia eligieron.

Este es nuestro sistema internacional de refugiados. Uno que contempla opciones inhumanas ante una crisis humanitaria. Es patético que los refugiados deban elegir entre vivir en un campo, sufrir la pobreza urbana o arriesgar sus vidas en manos de traficantes. No hemos sabido adaptar nuestro sistema a la manera como hoy vivimos la pertenencia a un Estado-nación. Nos hemos convertido en viajeros navegando por un terreno desconocido con la ayuda de viejos mapas, hechos en un momento diferente y en respuesta a necesidades distintas. Mientras el terreno en el que viajamos ha cambiado, nuestro mapa normativo no lo ha hecho[2].

Es inaceptable que los Estados se escuden en la obligación de cuidar de los suyos para no ayudar a los refugiados. Hay deberes de justicia global que están más allá de los límites estatales. Tenemos que descubrir la manera de mantener estados sociales de derecho en el ámbito doméstico y, a la vez, cumplir con las exigencias de justicia global en relación con los refugiados.

Necesitamos mirar con otros ojos las historias de quienes buscan refugio. Son seres humanos con habilidades, talentos, sueños, y que pueden hacer un gran aporte. Lo que pasa con ellos seguirá pasando, seguirán viajando y siendo desplazados. Pero es tiempo de dejar atrás la vieja lógica de la caridad humanitaria asistencialista y construir oportunidades que garanticen el derecho humano básico de habitar un espacio político. Sólo así podremos garantizar los derechos de los otros. Sólo así, a través del reconocimiento y el diálogo, podremos descubrirnos como seres humanos. Después de todo, es así como conocimos a Yusra.


[1] En los siguientes cuatro párrafos hago una adaptación de: Betts, Alexander, Our refugee system is failing difundido en las TED Talks. Alexander Betts es Director del Centro de Estudios sobre Refugiados de la Universidad de Oxford.

[2] Benhabib, Seyla, The Rights of Others. Aliens, Residents and Citizens, Cambridge University Press, 2004, p. 6.

Chileno. Estudiante jesuita, licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, San Miguel, Buenos Aires, Argentina. Redactor de Rezando voy. Actualmente realiza su etapa de magisterio en el Colegio San Mateo, en Osorno.

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