Regatear con Dios

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Durante la Cuaresma, muchos de nosotros -los católicos- buscamos la manera de hacer algún tipo de sacrificio o penitencia.  Que si como menos dulces o voy más al gimnasio, que si rezo un rosario cada sábado o asisto más a la Misa, que si dejo de fumar o tomo menos. Me pregunto, ¿cuántas veces estas prácticas cuaresmales son motivadas verdaderamente por el amor? Si somos honestos, creo que muchas veces las realizamos más por obligación, sentido del deber o, incluso, porque esperamos que Dios nos conceda algo a cambio de nuestro sacrificio. De esta forma, nuestro trato con Dios se parece más a cuando regateamos con una vendedora en el mercado central que a una verdadera relación de amor.

En el fondo, creo que el problema está en que tenemos la convicción de que debemos ganar el favor de Dios con nuestro propio esfuerzo humano. Nuestra penitencia -y hasta nuestra devoción- se vuelven un intento de aplacar a Dios en vez de agradecerle por las bendiciones que hemos recibido. Perdemos de vista que, como dice la primera carta de San Juan, «hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él». Dios siempre está dispuesto a darnos Su amor sin que nosotros le hagamos ningún favor. No es una relación de aquéllas que toman como modelo el “si tú me das yo te doy”, sino una que consiste en un amor incondicional que no espera nada a cambio.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto confiar en este amor de Dios? Creo que las contrariedades de la vida nos llevan a todos a dudar de Dios de vez en cuando.  Ya sea por el despido de un pariente, la enfermedad inesperada que le acaece a una amiga o la muerte de un ser querido, cuestionamos la veracidad del amor de Dios. A veces reaccionamos ante estas situaciones alejándonos de Dios y Su amor.  En otras ocasiones, nos ataca el miedo. Para enfrentarlo, aumentamos nuestros esfuerzos para aplacar la ira de un dios temible que seguramente no es el Dios de los cristianos. Se prenden velas, se pagan mandas y se rezan novenas para poder alcanzar su favor. Y no paramos hasta que nos venza el agotamiento o la resignación.

Pero al igual que las penitencias cuaresmales externas, estos sacrificios hechos por el miedo se hacen en vano, ya que Dios nos ama libremente. No hay nada suficiente que podamos hacer con nuestras debilidades y flaquezas para ganar Su amor.  Sólo nos toca aceptarlo y reconocer que es un amor no sólo de palabras bonitas sino también de sacrificio. El amor sacrificado de Dios nos llama a la conversión, una conversión que duele porque nos cuesta soltar las ataduras que hemos forjado a nuestra existencia terrenal para fijar nuestra mirada en la vida eterna. Al final de cuentas, tanto durante la Cuaresma como durante el resto del año, Dios nos llama a una conversión de corazón.

Si de la conversión interior nos nace el deseo de realizar alguna devoción o sacrificio externo, pues ¡bienvenido sea! No hay nada malo en expresiones de fe como las veladoras, novenarios y peregrinaciones. Sin embargo, si estas acciones no van más allá de lo externo, de nada nos sirven para acercarnos a Dios. Aquí vale lo que San Ignacio de Loyola llamaba el «tanto cuanto» del Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales; es decir, “en cuanto”, “en la medida en que” nos ayudan a alabar, hacer reverencia y servir a Dios, sigamos adelante con nuestras prácticas externas. Así también “en cuanto” nos alejan del Dios del amor, hay que dejarlas o alejarse de ellas.

Todo lo anterior nos llama a una reflexión más profunda, y que más que a nuestras acciones, apunta más bien hacia nuestro interior.  No hay mejor momento que la Cuaresma, un período de recogimiento espiritual, para hacer esta reflexión. Comencemos haciéndonos algunas preguntas. ¿Cómo es mi relación con Dios?  ¿Cuáles son las barreras que debo superar para acercarme más a Él?  ¿Confío en Su amor?  ¿Qué cambios debo hacer en mi corazón para recibir plenamente el amor de Dios? Dios no es un vendedor ambulante con el cual tenemos que negociar para conseguir las bendiciones que queremos, sino que es un Dios que nos espera con los brazos abiertos para darnos Su amor. Sin costo, sin intereses y sin límites.

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