Resurrección

Amor es amar desde la raíz negra.

Amor es perdonar;

y lo que es más que perdonar,

es comprender…

Amor es apretarse a la cruz,

y clavarse a la cruz,

y morir y resucitar …

¡Amor es resucitar!

Dulce María Loynaz del Castillo

Estas semanas, millones hemos compartido felicitaciones por la reciente celebración de la Pascua, rememorando el acontecimiento que marcó un antes y un después en el calendario. Me refiero a la resurrección de Jesucristo. En estas líneas, no es mi interés extenderme sobre la teología que se ha escrito sobre este acontecimiento. Prefiero centrarme en lo que podemos aprender de las actitudes divinas, y -de seguro-, también plenamente humanas que esta fiesta nos regala.

Como seguro intuyes a partir de la cita inicial, el tema que me ocupa es la resurrección como expresión de amor: como expresión modélica de amor, y, por tanto, paradigmática. Una aproximación a la que nos acercamos y a la que tratamos gradualmente, a riesgo de ser imprudentes y morir de sobredosis. Sí, de sobredosis. No nos escandalicemos que ya me explico. Para los teólogos cristianos (me refiero al cristiano que ha profundizado y pensado su fe, no sólo al académico), la Pascua recoge un único acontecimiento de donación suprema, de amor extremo, y que, a falta de otra manera de expresarlo, llamamos muerte y también resurrección. Pascua no designa un episodio en dos actos, sino un mismo y único acontecimiento amoroso. Es una moneda -la del Amor llevado a sus últimas consecuencias-, que tiene dos caras para ser comprendida y aprendida: muerte y resurrección.

La Pascua nos recuerda dos cosas muy importantes y que pueden pasar a segundo plano en estas celebraciones religiosas. La primera -y puede que más difícil de digerir para nuestra mentalidad moderna- es la insoslayable gratuidad del Amor divino… y de cualquier amor. Lo repito, la ineludible, inexcusable, infaltable, imprescindible gratuidad; la posibilidad muy real del rechazo y la incomprensión del amor ofrecido; en palabras cristianas, la cruz y todo el proceso que le rodea. El amor en su primera instancia no es un juego bilateral, sino siempre una oferta unilateral, una cuerda que se tiende desde la esperanza. El amor es un puro y superlativo acto de fe. Por esto digo que es importante tener presente la gradualidad al aspirar a emular este amor paradigmático que celebramos en la Pascua. Un olvido imprudente de nuestra propia realidad personal, una sobre-estimación de nuestras facultades, o una necia falta de humildad pueden llevarnos a un quiebre fatal.

En el cuarto libro de la Metafísica, Aristóteles dice: “El ser se entiende de muchas maneras, pero estos diferentes sentidos se refieren a una sola cosa, a una misma naturaleza”. Del amor podemos predicar lo mismo: en muchos lugares, y con diferentes voces, en nuestra cultura se predica esta pluralidad del amor. Aunque con suma frecuencia minimizamos su dimensión gratuita y, lo que es lo mismo, la posibilidad de la confrontación, rechazo o simplemente ignorancia de nuestro ofrecimiento. Las realidades de cruz no requieren mayor explicación, ni tampoco abundar en ellas, pues muchas voces ya lo hacen desde diferentes puntos de vista.

Yo quiero revindicar en todo caso el olvido frecuente de esta gratuidad. Olvido que se expresa en la villanización del que rechaza, y que a menudo es acompañada por la condenación activa y punitiva. No deja de sorprenderme que el cargo que Jesús imputa en la cruz a sus verdugos y perseguidores no es la maldad y villanía sino la ignorancia. En sintonía con esta sorprendente declaración frente a los hechos narrados, no puedo evitar recordar que J. R. R. Tolkien decía que los hombres son más tontos que malos. Es aquí donde toma relevancia un aspecto quizás poco ponderado de la otra cara de la Pascua: la Resurrección.

La Resurrección, en el contexto de esta reflexión, resalta dos cosas: en primer lugar, que la opción de amar es en sí misma Vida: vivificante, no meramente revitalizadora, sino vivificante en todos los sentidos de la palabra. Confiere una vida auténtica e inextinguible a quien se encamina por sus senderos. Es decir, que aquel que ama es quien puede definirse plenamente como viviente, en sentido humano y divino. El segundo aspecto es la esperanza: el optimismo de que el Amor transforma la realidad definitivamente, rompe los intentos de contención racional y la abarca y desborda poblando la realidad, recreándola. Esta esperanza, que acompaña la fe original que sostiene el amor, se expresa en la persistencia no invasiva. Persistencia que no retira la oferta, sino que espera paciente que el amado madure su decisión, que adquiera comprensión y responsablemente responda, nuevamente, hasta donde es posible comprender y responder a algo que en nuestra escala humana se nos escapa constantemente.

Así que, en este tiempo pascual, recordemos: Amar nos deja vulnerables a sufrir el rechazo y su tormento infernal. Pero cuando se abraza el amor, no hay rechazo que pueda matarnos para siempre, el amor es la fuerza y manifestación más agresiva y exitosa de la Vida. Sabiéndolo, cada uno decidirá si corre el riesgo de emprender el camino hacia su propia Pascua.

Jesuita cubano. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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