Resurrección

"La resurrección de Jesucristo", Rafael.

“La resurrección de Jesucristo”, Rafael.

El Señor no es Dios de los muertos sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él. Lucas 20:38.

Dios es amor, y ese amor engendra vida. El cristiano afirma que el amor es más fuerte que la muerte, y por eso, sin saber exactamente cómo ni cuándo, confía en la resurrección de los muertos. Es un desafío mayor para la razón humana.

La maravilla de la existencia en sí, de los cuerpos vivientes, con todos sus miembros, toda su complejidad y belleza, un accidente fortuito de la naturaleza ocasionado por una energía trascendente y bondadosa, no deja de llamar la atención. Estos ojos, estas manos, este corazón que siente, percibe y comunica, no pueden ser otra cosa que consecuencia de un amor desbordado, explosivo, regalo generoso de la fuente asombrosa de todo ser.

Por eso, la vida pertenece al Señor. De él procede, en todo momento. Envía su Espíritu que constantemente renueva la faz de la tierra. Ahí está el mar, ancho y dilatado; en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes. Abre su mano, y los sacia de bienes. Esconde su rostro y expiran. Su mirada es la que vivifica. Si no estuviera, todo vuelve al polvo resecado, muerto y añorando ser amado nuevamente.

Dios rescata a los muertos, no porque se cumplieron con designados rezos y formalidades, sino porque así es su amor, más fuerte que la muerte.

El cristianismo sano y santo no niega la muerte. No se trata de evadirse el ciclo finito de todos los seres que habitamos la tierra. No pensamos controlar el destino en el más allá con ritos y rezos. Esas son cosas de paganos. Son supersticiones pensadas para manipular a un Dios que no ama, pero a veces, se deja corromper por los halagos de humanos sometidos.

El Padre de Jesús, aquél que transformó este polvo galáctico en un hogar para seres vivientes, promete su bondad amorosa y constante. Quienes han recibido el regalo de la vida, pueden a su vez, humildemente poner la misma vida al servicio del que es su dueño y fuente. Sin la arrogancia de exigir explicaciones, la creatura responde con la misma generosidad de la cual ha sido objeto, dando testimonio de un amor que es más fuerte que la muerte.

En eso consiste la oblación religiosa. Tomando en cuenta que la vida es un don sagrado, se entrega esa vida con votos y sin condiciones. Quien da la vida así también la salva. Dios se hace padre responsable de lo suyo. La misión de Jesús es la salvación, aquí y ahora, de quienes viven vidas disminuidas, dañadas o apocadas por la falta de amor. El religioso colabora. Es enviado como discípulo misionero de esa buena noticia. La Iglesia existe para la salvación de los vivos.

Está bien encomendar a los fallecidos delante de la infinita ternura del Padre. Los ritos fúnebres son un recuerdo de la confianza que el pueblo tiene en el autor de la vida. Son, además, un consuelo para quienes nos quedamos aquí. Sin embargo, no son la causa de la salvación. Dios rescata a los muertos, no porque se cumplieron con designados rezos y formalidades, sino porque así es su amor, más fuerte que la muerte.

No nos reunimos los domingos para tramitar la excarcelación de las almas de los difuntos del purgatorio, sino para celebrar la vida, para consagrar la vida a la misión salvadora del evangelio. La resurrección de Jesús es un adelanto de la nueva creación. La valentía de los mártires es la confianza que permite decir, yo he recibido este cuerpo y todos sus miembros del Rey Celestial. Ahora, los consagro al amor de su Reino. En esa fe hemos sido bautizados. Esa fe nos hace libres.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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