Roles de género e identidad

rolesLos roles de género clasifican los comportamientos y actividades socialmente apropiados para hombres y mujeres. Son las potencialidades, prohibiciones y deberes que asumen y expresan los sujetos en la vida cotidiana, los que regulan su ser, sentir y actuar. Los roles son generados sobre la base de expectativas y exigencias colectivas y subjetivas, a partir de criterios variados como la edad, el momento histórico, la raza, la clase social, la tendencia política e incluso la religión. Jugamos diferentes roles en diferentes momentos y lugares, adaptándonos y modificándonos cada vez que enfrentamos una nueva situación. En algunas ocasiones los roles se vuelven rígidos, endureciendo la identidad del sujeto.

Los roles de género son construcciones sociales que pretenden normativizar y estandarizar conductas que desde una lógica Platónica constituyen el ideal de hombre y de mujer. Cristina Ravazzola, psiquiatra y terapeuta familiar argentina, afirma que el ideal colabora con una construcción de roles jerárquica y amenazante, donde el que no alcanza el ideal está fallado y solo es posible configurarlo como lo otro: los sumisos, los carentes de poder, los incorrectos.

El rol masculino se asocia a la producción, a la fuerza, a la independencia, a la objetividad y a lo público. El femenino, por tanto, se asocia a lo contrario, a la reproducción, a la debilidad, a la dependencia, a la sensibilidad, a lo doméstico e invisible. Tal diferenciación comienza durante la procreación y se extiende a todo el resto de las actividades de la vida, convirtiéndose en estereotipos que reprimen y limitan las potencialidades de los individuos e inhabilitan su ejercicio.

Cuando fomentamos relaciones desiguales, estamos favoreciendo la opresión y la sumisión, además de reproducir un modelo que discrimina, maltrata y estimula el rol del dominante para controlar al dominado. El problema ya no solo se transcribe en la fragmentación social por medio de clase, si no que ahora es posible problematizarlo través del género.

Frente a la agobiante estandarización, se vuelve urgente revisar nuestras concepciones de género, cuestionar los roles que hemos asumido, que traspasamos sin darnos cuenta y que replican estructuras sociales desiguales y carentes de fraternidad. El desequilibrio social también se expresa en el poder que le conferimos al género masculino, en una sociedad que promueve el machismo y el patriarcado. Los que tienen el poder pueden construir realidades y verdades sociales pues pueden hacer oír su voz, dejando en desventaja a quienes no lo tienen.

Un signo profundo de la penetración de la cultura patriarcal lo constituye la manera muy diferente de criar a hombres y mujeres. Si revisamos los discursos nos daremos cuenta cómo fomentamos el ejercicio de un poder desigual y jerárquico, impulsando sistemas de autoridad que ponen en juego el estatus y el prestigio del sujeto. Por el contrario, si educáramos fomentando la complementariedad entre los individuos y el respeto de las características diversas, fomentaríamos la mutualidad del poder. En palabras de Ravazzola, nos ocuparíamos de que el poder empodere a otros (1). Si criáramos propiciando conversaciones reflexivas, promoveríamos la ética del cuidado, en donde las personas se hicieran cargo de sí mismas y desarrollaran capacidades alejadas de estructuras patriarcales que las reprimen.

Cuando fomentamos relaciones desiguales, estamos favoreciendo la opresión y la sumisión, además de reproducir un modelo que discrimina, maltrata y estimula el rol del dominante para controlar al dominado. El problema ya no solo se transcribe en la fragmentación social por medio de clase, si no que ahora es posible problematizarlo través del género. Cuando valores e ideas sexistas regulan la convivencia social, se traducen en roles y patrones que alimentan la violencia de género y promueven la cultura patriarcal dentro de la familia.

La violencia de género es la expresión máxima de la normalización de los roles de género en nuestra sociedad. Según la ONU, se define como “actos de violencia basados en la pertenencia del sexo femenino que tengan o puedan tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, lo cual incluye también amenazas, coacción o privación de libertad, tanto en lo público como en lo privado”. La violencia de género es una expresión de tortura de la que hoy no nos estamos haciendo cargo y ni siquiera problematizamos.

Es necesario establecer límites claros entre lo permitido y lo prohibido para posibilitar una convivencia social lejos de la violencia. Tenemos que revisar nuestras concepciones de género y los ideales de ser hombre y mujer que promovemos en nuestras familias, de manera de avanzar en relaciones basadas en el respeto por las personas, creyendo en la igualdad y dignidad, aceptando la diferencia del otro. Urge repartirnos el poder, para crecer con autonomía y sentido de pertenencia.

(1) Ravazzola, Cristina: El poder tiene género (2010)

Psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en Hogar de Cristo. Vicepresidenta Apostólica de CVX Jovenes Santiago.

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