Romero: dejarse incomodar por su memoria

La beatificación de Monseñor Romero ha sido un importante acto de memoria hacia un olvidado de nuestra Iglesia. Olvido intencional –y no puro descuido– de quienes se sienten incomodados por su figura, su mensaje y su presencia. Y es que Romero no es un santo cómodo. Su causa estuvo más de veinte años inmóvil en los archivos Vaticanos. Tenía que llegar un Papa latinoamericano para que, repentinamente, se anunciara su subida a los altares. Aun así, muchos eligieron no recordarlo este 23 de mayo. ¿Por qué a la Iglesia le cuesta tanto reconocerlo como beato y mártir de la fe?

La causa más aparente de este olvido intencional tiene que ver con las consecuencias políticas que tuvo su fe en Jesús y el Reino que profesó. Siendo Arzobispo de San Salvador, defendió a quienes se les estaba arrebatando la vida por la persecución violenta organizada desde el Estado, y por la añosa opresión que mantenía en la miseria a la gran mayoría campesina de El Salvador de su tiempo. Esta opción lo acercó a la teología de la liberación y a la izquierda política, siempre sospechosas en ambientes eclesiales. Pero Romero no es incómodo para la Iglesia solamente por eso. Sacerdotes, religiosas, laicas y laicos jugados por los Derechos Humanos y por los más pobres, han existido muchos… conocemos sus nombres y recordamos sus vidas.

Seguimos viviendo en un mundo herido, aunque nuestras cicatrices sean otras. Y el Señor sigue invitándonos, desde esas heridas, a convertir la mirada, a llorar y apasionarnos por el otro hasta el punto de dar la vida, como lo hiciera Oscar Romero hace 35 años.

Puede ser que lo más subversivo de la memoria de Romero sea su conversión. Romero, Arzobispo con más de 60 años, cambió. Se dejó convertir por el dolor de otros. Dicen que fue la muerte de su amigo Rutilio Grande sj la que le abrió los ojos al sufrimiento del pueblo salvadoreño. Y dejó que ese sufrimiento tocara su corazón y lo transformara, al punto de poner en riesgo su exitosa carrera eclesiástica y su propia vida, por defender a los más débiles. Romero se dejó convertir por el Dios presente en el clamor del pobre y en las víctimas de la violencia. Supo reconocer a Jesús muerto y resucitado en los sufrimientos y en las esperanzas de su pueblo. Y este hecho, sin duda el más subversivo de su vida, nos resulta incómodo aún hoy, pues nos presenta un desafío: dejarnos convertir.

Actualmente, parecemos estar cada vez más cerca del clamor de los pobres. Gracias a los medios de comunicación nos enteramos de cuánta desgracia e injusticia se comete en este mundo. Y, sin embargo, esta presencia no nos cambia ni nos desafía. Hemos ganado en información, pero perdido en capacidad de conmovernos. Como dice Francisco, “se ha globalizado la indiferencia”, y nuestra conciencia cristiana está adormecida. Ya no lloramos. Ya no nos impactamos. Pero Romero se dejó afectar. Miró a la cara al Jesús sufriente en el rostro de tantos oprimidos y asesinados. Su corazón se conmovió y lloró. Y esa conmoción se convirtió en profetismo: en una manera renovada de hablar y vivir su fe que derivó en acciones concretas a favor de los últimos y en contra de un sistema opresor. Se dejó apasionar por Jesús y su causa, al punto de hacerlo presente con su vida para quienes más lo necesitaban.

Nuestro contexto hoy es otro. El tiempo de las dictaduras militares ya pasó. Las grandes utopías revolucionarias fracasaron y mostraron su lado oscuro. El capitalismo neoliberal parece triunfar en una carrera sin competidores. Y a nosotros nos cuesta jugarnos la vida por nada que no sea nuestro propio bienestar. Sin embargo, no podemos decir que los pobres hayan dejado de clamar, que no se cometan injusticias, o que nuestras sociedades no estén  heridas por la desigualdad, la explotación y la discriminación. Seguimos viviendo en un mundo herido, aunque nuestras cicatrices sean otras. Y el Señor sigue invitándonos, desde esas heridas, a convertir la mirada, a llorar y apasionarnos por el otro hasta el punto de dar la vida, como lo hiciera Oscar Romero hace 35 años.

Quizás el mejor homenaje que podemos hacer a San Romero de América sea justamente el dejarnos incomodar por su conversión. Esta beatificación, fiesta para la toda la Iglesia, nos invita a dejarnos conmover, a volver la mirada al rostro del otro, en el cual se nos revela la presencia del gran-Otro-pero-siempre-presente que es nuestro Dios. Dejarnos llevar y apasionarnos por el Reino y su justicia, para así atrevernos a actuar en favor de tantos sufrientes que hoy claman por un mundo más humano.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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