¿Se puede comprar la cultura?

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Cada 5 de mayo, en Estados Unidos se llenan los restaurantes y bares de cocina mexicana con centenares de clientes -en su mayoría no mexicanos- para celebrar algo que muchos creen erróneamente que es la independencia de México. Aunque es cierto que esta fecha que recuerda el triunfo de las tropas mexicanas contra los franceses en 1862 sí se conmemora en el país vecino, no se le da la misma importancia que aquí, en Estados Unidos. ¿Es que acaso celebramos el triunfo de nuestros vecinos? La verdad es que para muchos no es más que una excusa para el consumo de margaritas, tequila y cerveza azteca.


La elección del primer Papa latinoamericano ha vuelto a despertar el interés por la cultura latinoamericana en Estados Unidos y otros países del mundo. Hoy se baila salsa en el Japón, se sirve comida mexicana en Islandia y se consume vino chileno en los restaurantes más finos de Estados Unidos. ¿A qué se debe esta fascinación con lo latino? ¿No se estaría muchas veces vendiendo la cultura latinoamericana como una fachada exótica? ¿Se le estará dando la más mínima importancia a las preocupaciones de la gente de donde esta misma cultura procede?

Entre los que festejan el 5 de mayo, pocos saben que el tequila viene de una de las regiones más afectadas por la guerra cristera, la cual es presentada en la recién estrenada película Cristiada. Hoy, miles de personas provenientes de esta zona trabajan casi desapercibidos como indocumentados en muchos de los mismos restaurantes donde se celebra el 5 de mayo.

Entre los bailadores de la salsa, seguramente pocos saben de las raíces africanas de este baile, que surge de la dura realidad de la esclavitud en la América Latina del siglo XIX. Aquellos ritmos tan alegres eran una de las pocas expresiones permitidas a un pueblo oprimido. ¿Será que se cuentan estas historias en los conciertos de grupos salseros en Tokio?

Y entre los que se toman una copa de vino chileno con su filet mignon, ¿cuántos estarán informados de la dura realidad que enfrentan los migrantes bolivianos y peruanos al cruzar por la frontera norte de este país vitivinícola? ¿Se preguntarán acaso de las condiciones en que trabajan los que cosechan las uvas Merlot?

Aunque a veces la fascinación con la cultura latinoamericana puede ser algo que abre puentes de diálogo entre personas muy distintas, suele suceder que sólo nos interesa “comprar” la cultura del otro, sin que nos moleste la compleja realidad de las personas que pertenecen a ella. En la misma América Latina hay los que coleccionan arte indígena y que no reconocen la dignidad de la gente que lo ha realizado, los que comen en un “chifa” mientras se burlan de los asiáticos, y los que se dicen expertos en bailar merengue sin acercarse a sus compatriotas de raíces africanas. Dios nos llama a reconocer en cada cultura los rostros de las personas que se encuentran tras dichas expresiones. No podemos ver la cultura como un simple pasatiempo, producto o diversión, sino como una manifestación que refleja nada menos que al mismo ser humano, hecho a imagen y semejanza de quien por amor nos creó.

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