¿Se puede ser feminista y católica?

En los últimos meses hemos sido testigos de cómo el feminismo ha vuelto a adquirir notoriedad en el debate público. Las masivas marchas de mujeres en EE.UU. y España, el movimiento #MeToo, la accidentada aprobación y aplicación de la ley de aborto en tres causales y las tomas feministas en universidades chilenas son solo algunos ejemplos. Se denuncia la violencia contra las mujeres, se habla del derecho a decidir sobre el propio cuerpo, se exigen igualdad de oportunidades y una educación no sexista. Detrás de las demandas hay mujeres heridas, con pena y con rabia por la violencia, la discriminación y el abuso del que han sido víctimas ellas, sus madres, abuelas y bisabuelas. También hay mujeres cargadas de esperanza, soñando con construir una sociedad menos jerárquica y más igual, de responsabilidades y derechos compartidos. Una sociedad en la que las mujeres podamos desarrollar todo nuestro potencial, porque viviríamos sin miedo y sin la necesidad de imitar o complacer a los hombres para tener éxito profesionalmente.

¿Pueden las mujeres católicas solidarizar con estas rabias, tristezas y esperanzas? Mi respuesta es un profundo sí. Creo que la intuición básica que domina a los distintos feminismos es “la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas.” Sostener que valemos no sólo porque seamos buenas mamás o esposas, si no por el simple hecho de que somos seres humanos. Afirmar que tenemos derecho a que nuestros cuerpos sean respetados y a poder vivir sin miedo. A que nuestras ideas y puntos de vista sean incluidos en todas las esferas, pero sobre todo en los espacios de poder y toma de decisiones, de los cuales hemos estado históricamente excluidas. Detrás del discurso feminista, hay una gran afirmación de la dignidad de la vida humana que no hace distinciones de género, orientación sexual, clase o raza. Hay de fondo un deseo de liberación con el que quienes seguimos a Jesús y compartimos la utopía del Reino no podemos si no sintonizar.

Pero, sintonizar supone también reconocer las dificultades que persisten. La primera de ellas, la misma estructura patriarcal de la Iglesia que excluye a las mujeres de todos los espacios de toma de decisiones y del ministerio ordenado. Segundo, la idealización de la mujer como esposa y madre o sino, virgen, que forma parte del discurso oficial de la Iglesia. En este discurso, la dignidad de la mujer está atada a su capacidad de ser madre. En la madre lo femenino se idealiza a tal punto que termina reducido a una caricatura que nos limita. Por eso abrazar el feminismo, para una mujer católica, supone avanzar en reconocimiento no solo en la calle y en la casa, sino también dentro de su propia Iglesia, que insiste en tratarla como una bautizada de segunda clase.

Detrás del discurso feminista, hay una gran afirmación de la dignidad de la vida humana que no hace distinciones de género, orientación sexual, clase o raza. Hay de fondo un deseo de liberación con el que quienes seguimos a Jesús y compartimos la utopía del Reino no podemos si no sintonizar.

Por último, una gran fuente de desencuentros es el enfoque casi exclusivo del debate católico “sobre la mujer” en la problemática del aborto. Frente a este tema, las opiniones de los y las cató[email protected] están divididas. La prensa suele destacar a los cristianos como los principales opositores del aborto, y por lo tanto como un grupo que están en las antípodas del movimiento feminista. De hecho, han sido principalmente hombres, católicos y evangélicos, del poder religioso, médico y político, los que se han mostrado reticentes a aplicar la recientemente aprobada ley de aborto en tres causales, rehusándose incluso a proceder a salvar la vida de una madre – algo que no ha ocurrido desde hace mucho tiempo en Chile. Sin embargo, me atrevo a decir que en las Iglesias hay muchas y muchos que, si bien no concuerdan con la idea de que el aborto libre sea un derecho, sí apoyan el derecho a decidir de la madre en los casos contemplados por la nueva ley. Reducir el catolicismo a la indiferencia y en algunos casos abierta misoginia con que algunos de sus fieles tratan a las mujeres no hace justicia al amplio y diverso cuerpo que es la Iglesia. Y reducir el feminismo solo a la problemática del aborto, tampoco hace justicia a la diversidad de demandas y puntos de vista que se agrupan bajo esta bandera. Si hay algo que la ola feminista nos ha dejado claro es que la opresión femenina es un fenómeno mucho más amplio que el polémico “derecho a decidir”, y en ese espacio amplio pueden caber mujeres con ideas y opciones distintas en lo específico, pero que comparten un horizonte común de dignidad.

Para terminar y contrastar esta visión limitada del feminismo en nuestra Iglesia, quisiera citar un ejemplo notable del posible encuentro entre feminismo y catolicismo. A propósito del blando fallo judicial contra La Manada en España, una comunidad de religiosas carmelitas publicó en las redes sociales la siguiente declaración:

“Nosotras vivimos en clausura, llevamos un hábito casi hasta los tobillos, no salimos de noche (más que a Urgencias), no vamos a fiestas, no ingerimos alcohol y hemos hecho voto de castidad. Es una opción que no nos hace mejores ni peores que nadie, aunque paradójicamente nos haga más libres y felices que a muchxs. Y porque es una opción LIBRE, defenderemos con todos los medios a nuestro alcance (este es uno) el derecho de todas las mujeres a hacer LIBREMENTE lo contrario sin que sean juzgadas, violadas, amedrentadas, asesinadas o humilladas por ello. Hermana, yo si te creo”.

Hermana, yo también te creo y estoy dispuesta a caminar contigo hacia la construcción de un mundo en que [email protected] podamos respetar nuestra común dignidad, tener los mismos derechos, y celebrar nuestras diversidad sin miedo.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.