“Segregación ahora, mañana y siempre”

El llamado a no terminar la segregación está tras una buena parte de los alumnos de liceos emblemáticos, quienes buscan asegurar su nicho de privilegios al negarse, por ejemplo, a lo no selección y a la aplicación más decidida del ranking de notas para acceder a la educación superior. (CC: lanacion.cl)

El llamado a no terminar la segregación está tras una buena parte de los alumnos de liceos emblemáticos, quienes buscan asegurar su nicho de privilegios. (CC: lanacion.cl)

“En nombre de las mejores personas que jamás han pisado esta tierra, yo trazo la línea en el polvo y lanzo el guante a los pies de la tiranía, y digo: La segregación ahora, segregación mañana, segregación para siempre”. Esta frase formó parte del primer discurso de George Wallace como gobernador de Alabama, Estados Unidos. Era el año 1963 y el movimiento por la defensa de la igualdad de los derechos civiles estaba en su auge. En su discurso, las personas eran sus electores blancos, y la tiranía, el gobierno central norteamericano, con Kennedy a la cabeza. El discurso fue un No clarísimo a la integración entre blancos y afroamericanos en su Estado. Era demasiado lo que se había logrado en años, en parte, producto de la marginación de los no blancos, como para tirar todo ese esfuerzo a la basura. La puesta en jaque de un modo de entender la sociedad y de vivir en ella, llevó al nuevo gobernador a hablar fuerte y claro.

Un llamado como el de Wallace, aparte de dar vergüenza ajena, en estos tiempos es considerado absolutamente impresentable por una inmensa mayoría, incluso por quienes cincuenta años atrás lo defendían. Quien ampara la segregación racial no solo comete una imprudencia o una falta a la caridad, sino que en muchos lugares del mundo comete un delito. Sin embargo, al mirar otros tipos de segregación, llamados como el de Wallace en los sesenta se escuchan, penosamente, una y otra vez.

Los distintos actores, sea por ignorancia, egoísmo, miedo o falta de profesionalismo, no reconocen que el ideal de tener una educación y una sociedad menos segregada se aleja cada vez más. Y, alejándose ese ideal, quienes primero sufren son los mismos de siempre: los más pobres.

Segregación ahora, mañana y siempre es el telón de fondo de muchos arrebatos en la arena pública, a propósito de la discusión por la reforma educacional en curso en Chile. No se sale a gritar a la calle, pero se deja ver tras las posiciones que expresan unos y otros.

El llamado a no terminar la segregación está tras una buena parte de los alumnos de liceos emblemáticos, quienes buscan asegurar su nicho de privilegios al negarse, por ejemplo, a lo no selección y a la aplicación más decidida del ranking de notas para acceder a la educación superior. No son ellos precisamente a quienes la sociedad les ha negado más derechos. Me parece que el discurso pro segregación es lo que también está detrás de las asociaciones de apoderados levantadas en defensa de sus intereses particulares. Estos padres miran, ante la inmensidad del desafío de una reforma que busca el bien de todos, el limitado mundo de la educación de “mi” hijo por el cual “yo” pago. Lo huelo también en una buena parte de la derecha política del país que piensa más en su futuro político, que en una educación construida sobre una base de principios decentes.También percibo la segregación en el silencio doloroso de la gran mayoría de los estudiantes, apoderados, profesores y directivos de colegios particulares pagados, religiosos y no, frente a la discusión.  Y, aunque parezca increíble, lo veo cada vez más en la falta de profesionalismo y claridad en representantes del gobierno que han sido mandatados para llevar adelante este cambio estructural de la educación chilena.

Lo dramático de la discusión en torno a la reforma educacional chilena, es que los distintos actores, sea por ignorancia, egoísmo, miedo o falta de profesionalismo, no reconocen que el ideal de tener una educación y una sociedad menos segregada se aleja cada vez más. Y alejándose ese ideal, quienes primero sufren son los mismos de siempre: los más pobres. Una invitación a pensar profundamente en la reforma, sin dejar de lado a ninguno de los involucrados, puede ser la respuesta que Martin Luther King le hizo a Wallace: “Yo tengo un sueño. Que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados —con un gobernador cuyos labios gotean con las palabras de interposición y anulación— un día, allí mismo en Alabama, pequeños niños negros y pequeñas niñas negras puedan unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas”.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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