¿Silencio de Dios en la historia?

Hace un par de semanas se estrenó en los cines de nuestro país la película Silencio, del director estadounidense Martin Scorsese. En ella un jesuita portugués del siglo XVII decide partir a Japón para encontrar a su maestro, a quien las últimas noticias acusan de haber apostatado. Durante las más de dos horas y media que dura el film, este personaje, caracterizado por Andrew Garfield, se enfrentará a la problemática de descubrir la voz de Dios en su propia historia.

Fuera de las diversas lecturas que pueden hacerse de Silencio, una inquietud me quedó rondando tras verla y compartir la experiencia con algunos amigos: el hecho de que como cristianos del siglo XXI muchas veces pasamos por alto que nuestro Dios es el Dios de la historia; que Dios, en cuanto tal, se hace historia. Así lo confesamos cada vez que rezamos el Credo a propósito de Jesús: “Nació de santa María Virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos. Fue crucificado, muerto y sepultado”. Todos estos son hechos históricos para cualquiera que afirme su condición de cristiano.

A diferencia de otras religiones, nuestro Dios no actuó en un pasado mítico para crear a la humanidad y luego desentenderse. No, nuestro Dios no es sólo creador, es también actor: participa de su creación, transformándola. El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez lo deja bien claro en su libro Teología de la Liberación. Perspectivas: “Desde que Dios se encarnó, la humanidad, cada persona, la historia, es el templo vivo de Dios vivo. Lo ‘profano’, lo que está fuera del templo, no existe más[1]”.

La experiencia de fe es vital en el proceso que hace a un creyente, creyente. En caso contrario, se corre el riesgo de mantener una fe infantil, no discernida e inmadura. Una fe que se reduce a repetir ciertas fórmulas y oraciones como quien repite un conjuro mágico aprendido de memoria, pero desprovisto de toda raíz. De allí que, ante la primera dificultad de la vida, se deje de creer. Pero si se cree, si se cree como adulto, es porque se ha tenido esa experiencia, ese encuentro con Dios en la propia historia personal.

Para el cristianismo nada de lo que acontece en el mundo queda fuera de la competencia divina, lo cual es trascendental no sólo por las implicancias que esto tiene para pensar el rol de la religión en el espacio público, sino también por los alcances para nuestra propia experiencia de fe personal. De hecho, nada más comenzar su primera encíclica, Benedicto XVI enfatiza que “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva[2]”.

La experiencia de fe es vital en el proceso que hace a un creyente, creyente. En caso contrario, se corre el riesgo de mantener una fe infantil, no discernida e inmadura. Una fe que se reduce a repetir ciertas fórmulas y oraciones como quien repite un conjuro mágico aprendido de memoria, pero desprovisto de toda raíz. De allí que, ante la primera dificultad de la vida, se deje de creer. Pero si se cree, si se cree como adulto, es porque se ha tenido esa experiencia, ese encuentro con Dios en la propia historia personal. Puede ser en un viaje, a través de un amigo, en una fiesta, en un sacramento, pero para que se pueda creer, debe haber ocurrido algo. No basta con la mera idea cristiana.

Ya en el Antiguo Testamento la fe judía estaba puesta en acontecimientos históricos; el más importante: la Pascua. ¿Qué más elocuente que la liberación de todo un pueblo de la servidumbre para graficar a un Dios preocupado por la humanidad? Pues el testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Y la Iglesia ha seguido comprendiendo el misterio cristiano como uno que acontece en la historia.

Desde el Concilio Vaticano II ha cobrado mucha importancia el discernimiento de los signos de los tiempos. A través de la metodología del ver, juzgar y actuar, diversos sacerdotes, monjas y laicos, en América Latina y en el resto del mundo, se han preguntado dónde está hablando Dios en nuestros días. Y a pesar de toda la desesperanza reinante, incluso en los contextos más desfavorables, han podido brotar rayos capaces de iluminar las habitaciones más oscuras. Por ejemplo, días después de producido el golpe de Estado en Chile, en septiembre de 1973, el cardenal Raúl Silva Henríquez no sólo tuvo la valentía de rechazar la idea de la Junta Militar de presidir una misa de acción de gracias durante las Fiestas Patrias, sino que también se dirigió al mayor centro de detención y tortura existente en ese momento en el país: el Estadio Nacional. Tras ver el panorama desolador no se contentó con escuchar a los prisioneros, sino que decidió hacer algo más: fundar el Comité de Cooperación para la Paz en Chile (Pro Paz) y el Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados (CONAR). Su labor fue importantísima para que más de 5.000 extranjeros pudiesen abandonar el territorio nacional entre octubre de 1973 y febrero de 1974 y para que los simpatizantes de la proscrita Unidad Popular tuviesen un lugar al que acudir a denunciar los atropellos a los que estaban siendo sometidos.

El de Silva Henríquez no fue un caso aislado. Lo mismo puede decirse del obispo argentino Enrique Angelelli, asesinado por la dictadura trasandina por defender a las víctimas de la represión, o de los miembros del Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, que, en un clima de violencia estructural, decidieron protestar contra Pinochet por medio de la no violencia activa.

Gracias a Dios el Espíritu sigue soplando y estimulando hoy a millones de personas a hacer lo correcto en contextos que no lo son: mientras el presidente de la máxima potencia mundial niega las consecuencias del cambio climático, el Papa Francisco nos propone revisar nuestros hábitos de consumo de cara a cuidar nuestra casa común. Mientras grupos fundamentalistas niegan el derecho de las mujeres a una educación formal, una niña llamada Malala levanta su voz exigiéndolo. Mientras algunos políticos criminalizan a la población migrante que ha llegado a Chile en los últimos años, diversas organizaciones de la sociedad civil y religiosa les han tendido una mano.

Así como ellos, existen múltiples experiencias de hombres y mujeres que han dado, y siguen dando, su vida por la humanización de la sociedad en la que les ha tocado vivir. No hay excusas posibles: es deber de cada cristiano explorar en su corazón, en su conciencia y en su fe la mejor manera de atender a la voz de ese Padre amoroso que quiere mostrarse a todos.

El silencio de Dios no es tal, sólo hay que aprender a reconocerlo.

[1] Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación. Perspectivas, Lima, CEP, 2014 (1971), p. 296.

[2] Benedicto XVI, cart enc. Deus Caritas Est, 25 de diciembre de 2005, 1. Las cursivas son mías.

Historiador. Profesor en la Universidad Católica de Chile y en la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente es miembro del Consejo de CVXj de Santiago.

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