Sin maíz no hay país: La agonía del campesinado mexicano

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Uno de los principales problemas que ha ocasionado el Tratado de Libre Comercio con  América del Norte (TLCAN) es la desarticulación del campo mexicano. La entrada de semillas subsidiadas por los gobiernos de Estados Unidos y Canadá al mercado mexicano ha generado una competencia a todas luces desleal y destructora. Miles de campesinos han tenido que emigrar a las grandes urbes para poder sobrevivir, abandonando sus tierras o viéndose obligados a venderlas.

La ciudad los quiere esclavizar. Los esperan las maquiladoras con salarios de hambre, jornadas laborales extenuantes y, por si fuera poco, un sistema de salud deficiente. La vivienda a la que tienen acceso se ubica en zonas periféricas, pobres y con altos índices de delincuencia. Miles de ellos provienen de territorios indígenas, y se tienen que enfrentar a una sociedad agresiva, racista y elitista. Una población que poco tolera el que otro hable un idioma distinto o que vista de un modo diferente. La sociedad que los “recibe” tiene miedo a la diferencia.

En la ciudad de Guadalajara, la tercera ciudad con mayor migración indígena en México, no existe ningún programa u oficina de gobierno que ayude a la población migrante a integrarse a la ciudad. Al contrario, las políticas del actual gobierno estatal y municipal tienden hacia la criminalización de su modo de estar en la urbe. Cientos de ellos venden en las calles, ofreciendo sus artesanías, productos de novedad u alimentos.  Otros son músicos, y tienen como escenario las esquinas y plazas públicas; otro cuanto ofrece servicios de jardinería en zonas residenciales. Y, ante esto, ¿cuál ha sido la respuesta del gobierno? La prohibición, persecución y castigo por trabajar de esta manera.

La incomprensión de la realidad del campesinado indígena mexicano por parte del gobierno va más allá. Por mencionar, un ejemplo: Guadalajara será sede de los juegos Panamericanos el próximo mes de octubre. El gobierno estatal ha decidido utilizar la imagen de una deidad indígena de una etnia regional como una de las mascotas de los juegos. ¿Qué refleja está acción? Sin duda, la más mínima educación cívica y cultural. Es preocupante que la Secretaría de Cultura del Estado, el Centro de Estudios Superiores en Antropología Social, u otros especialistas en la materia, hasta la fecha no hayan emitido ni un solo pronunciamiento crítico al respecto. Esta acción revela una clara política de destrucción étnica.

“¡Que se regresen a su casa estos indios muertos de hambre!” – me dijo en una ocasión un funcionario público. Sin duda, el gobierno mexicano tiene una tarea urgente: crear un programa de apoyo a migrantes internos, que cada vez son más en los centros con mayor concentración de riqueza en el país, o bien, promover políticas públicas encaminadas a fortalecer el campo mexicano, que ayuden a revertir esta situación. ¡Sin maíz no hay país! Sin servicios de luz, agua, educación y salud de calidad en las zonas campesinas de México, la migración irá en aumento. La responsabilidad es de todos, buscar la respuesta es tarea pendiente. Acabar con la violencia en México, es combatir primero estas pobrezas.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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