Sitiados en la periferia

portadaPor estos días el economista francés, Thomas Piketty, se ha ganado muchas páginas en los diarios y revistas al sostener con fuerza que el capitalismo es incompatible con la democracia y con la justicia social. Ha señalado que la tendencia de todo rico es a hacerse todavía más rico porque el mercado lo empuja, y que esa misma ley inquebrantable arrastra a la sociedad hacia la oligarquía[1]. En palabras más simples, Piketty asegura que existe una oposición entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más relegada. Y, sin dudas, tiene razón.

Participando en trabajos voluntarios con jóvenes universitarios en La Pintana, Valentina, una de las voluntarias, sufrió una inesperada crisis convulsiva. A pesar de que el hecho no pasó a mayores, decidimos llamar a la ambulancia para cumplir con el protocolo de seguridad. Su familia tenía convenio con una clínica particular así es que nos enviaron una ambulancia. Me sorprendí cuando a los 25 minutos supimos que la ambulancia ya estaba en La Pintana, pero que no podía dar con la dirección de la escuela donde estábamos alojando. No aparecía en el mapa. Después de un telefoneo con el mismo chofer de la ambulancia, pudo llegar al lugar. Era cerca de medianoche. Fue impactante ver llegar a la ambulancia y al personal médico con toda su parafernalia. Después de examinar cuidadosamente a Valentina decidieron llevarla a la clínica para continuar los chequeos correspondientes.

Al otro día, una de las vecinas de los blocks que estaba embarazada, Claudia, tuvo un accidente que casi le costó perder a su hija. Llamamos al 131 pidiendo una ambulancia. Los vecinos nos advirtieron que se iba a demorar mínimo dos horas en llegar. Como pasaba el tiempo y, efectivamente, la ambulancia no llegaba, decidimos conseguir entre los vecinos una camioneta y llevarla nosotros mismos al hospital.

El mundo de los excluidos, lleno de rostros e historias, es un mundo sufriente que ha sido ocultado intencionalmente por la hipocresía de los buenos (…) La indolencia se nos ha vuelto natural y nos hemos acostumbrado a diferenciarnos de ellos.

Lamentablemente, hay muchos que viven la situación de Claudia y muy pocos que tienen las oportunidades de Valentina. No quiero favorecer o desfavorecer a una de las partes, ni mucho menos caricaturizar el asunto. Lo único que busco es insistir en algo que se nos puede haber olvidado: hemos estado arrinconando a los más pobres. Y nos hemos acostumbrado a que así sea. Los hemos desplazado a las periferias y encerrado en viviendas de mala calidad, con poco acceso a los servicios básicos, a las áreas verdes, a las artes y la cultura. Están fuera de la comunidad y apartados por el miedo. Eso no es justo, y lo sabemos.

El mundo de los excluidos, lleno de rostros e historias, es un mundo sufriente que ha sido ocultado intencionalmente por la hipocresía de los buenos. Es también una realidad donde se comparten grandes sueños y en la que la dignidad brota cada vez que la vida se regala. Estoy pensando en los allegados de las tomas y los campamentos, los que piden plata a la salida del Metro, los que perdieron sus casas en Valparaíso. Están también los que barren las calles de nuestra ciudad, los vendedores ambulantes, los que cantan en las micros, los que duermen en la calle. Y los migrantes mirados en menos, las prostitutas agredidas, los enfermos de sida estigmatizados, los homosexuales apuntados con el dedo o los mapuches golpeados y encarcelados. Sabemos quiénes son y dónde están, pero no nos detenemos a escucharlos. Les tenemos miedo. La indolencia se nos ha vuelto natural y nos hemos acostumbrado a diferenciarnos de ellos.

Jesús nos desafía a ir más allá del establishment y nos invita a entrar en la vida de los marginados. A vincularnos. Nos enseña, con su propia vida, a poner el amor en las obras, más que en las palabras. Nos pide salir de nuestros pequeños círculos de poder y seguridad. Jesús no quiere que seamos cómplices de quienes se enriquecen a costa de los excluidos. Quiere que reconciliemos la realidad, y que lo hagamos con verdad y justicia. Basta de asistencialismos fáciles y campañas que adormecen nuestra conciencia. Basta de usar a los pobres como chicle en la boca. Vayamos a su encuentro. Aprendamos a conversar con ellos. Conozcamos sus historias y demos el salto: rompamos los límites de nuestra indiferencia.

Hagamos la prueba. Quedémonos en los márgenes, no sólo geográficos sino también culturales y sociales. Jesús quiere que pongamos los pies allí, en esas fronteras, y que seamos capaces de escucharlos y sufrir junto a ellos, movernos por ellos, acompañarlos y seguirles la pista. Que esa sea nuestra mejor denuncia. Que esa sea nuestra bandera de lucha, la de comprometer nuestra vida entera para construir la sociedad desde ellos y no a costa de su sufrimiento.

Tiene razón Piketty al decir que una pequeña minoría se lleva el pedazo más grande de la torta; lo que no sabe es que Valentina lucha cada día acompañando a las familias más excluidas. Si somos capaces de comprometernos, dejaremos de mirarnos el ombligo, y la desigualdad se irá transformando en diálogo y justicia.

Chileno. Estudiante jesuita, licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, San Miguel, Buenos Aires, Argentina. Redactor de Rezando voy. Actualmente realiza su etapa de magisterio en el Colegio San Mateo, en Osorno.

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