Sobre el desprecio latinoamericano

(cc) Diego Rivera - Canto General

Es muy común entre nosotros, varones y mujeres latinoamericanos, el desprecio por el suelo que nos sostiene. Más aún, tal vez, en el cono sur. Para algunos es casi un devenir ingrato del destino haber nacido en estas latitudes. Sobre todo si nos acercamos a los ambientes intelectuales que pugnan por pensar “a la europea” o “a la norteamericana” borrando rastros autóctonos. Y claro, no se puede culpar a toda una comunidad de pensadores por el sólo hecho de pertenecer a una tradición de desprecios por lo propio. Quizá no sea sólo que la historia oficial no nos contó entre sus vencedores, o que lo hizo como una nota de color, sino que hay algo misterioso, como piensan algunos, en nuestro ser latinoamericano (¡vaya saber Dios qué sea eso!) que está sin digerir. Nosotros somos “indignados” pero desde hace rato.

Sabemos ya de sobra que no pertenecemos al jet-set de Occidente y que somos muchas veces así como los poco reconocidos “primos del campo”. En el mundo académico siempre hubo que mirar del otro lado del océano para influir sobre algunas estructuras. Y hay que reconocer con orgullo que se logró mucho. Es cierto también que la historia no nos acompañó demasiado. Nuestras malicias han sido muy debilitadoras. Cada caída ha significado una rotura muy grande para la vincularidad (hombre-hombre) americana.

En estos tiempos donde las ideologías se debilitan o se ‘fundamentalizan’ con el fragmentarismo, lo consumista del capitalismo se come la razón y la economía globalizada des-dice la racionalidad, los latinoamericanos tenemos la posibilidad de pensar de otro modo. Pero pensar latinoamericanamente es muy difícil. Muy complejo. Requiere demasiada integralidad y hondura. Y la historia latinoamericana muestra que ese tipo de pensar amanece en pocas almas. Y no por ser intelectualistas. Todo lo contrario. Pensar en Latinoamérica es distinto (y más) de lo que aprendimos en la escuela. Pensar desde aquí es más difícil porque implica todo el hombre, y todos los hombres. Y lo que nos enseñaron en la escuela muchas veces es que sólo se piensa con la cabeza. Aquí pensar es, además de lo que ya sabemos y adquirimos con tanto esfuerzo, otra cosa. Implica, al menos, tres instancias:

  • Pensar con otros, vinculadamente. Aquí los proyectos fecundos son los de varios y varias. Y no sólo entre especialistas. Sino entre la gente que goza de la sabiduría práctica y no desprecia.
  • Pensar una respuesta que te toque el bolsillo y no sea superficial, desde lo negado (la aceptación del conjunto que somos, la muerte, la injusticia social, la inmigración, la paradoja de ser ricos con pobrezas aplastantes, el resentimiento, la historia, la pobreza, las víctimas, nuestro mal…).
  • Pensar desde la contingencia. Es cierto que lo racional acompaña el proceso de todas las dimensiones culturales y humanas, pero no será su último fundamento. Aquí prima la emergencia práctica con el padecimiento paciente. Es otro tiempo. Por eso nos queda chico aquello de izquierdas y derechas, por ejemplo.

Pensar desde esta inconclusa trilogía es una actitud y sabemos, sobradamente, que las actitudes conllevan conversiones histórico-afectivas a modos distintos de los que se venían dando. Es una implicancia personal que no logra resolverse desde la razón y en esto justamente, quizá, nos distinguimos. Desde donde sea que estemos ubicados y sin creer que hemos resuelto la cuestión podríamos preguntarnos: ¿pensar latinoamericanamente? 

Argentino, Profesor de Letras, Licenciado en Filosofía. Estudiante de teología en la Pontificia Universidad Javeriana.

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