Sobre la esencia de los maestros

El maestro es, ante todo, una ayuda; algo de alimento y pan para el camino. Alguien que, con su presencia y su ausencia, mueve a que el sujeto libremente escuche y se abra hacia aquellas nuevas formas en que el Amor busca desplegarse en su vida. Crecer significa dejar de detener ese movimiento de amor que busca inaugurar nuevas formas, o bien supone sujetarse a los vientos y dar el paso en sintonía con los deseos más profundos. Y quien tiene autoridad es aquel que intuye y favorece ese crecimiento. Nos acompaña en un tramo de la vida y camina con nosotros. Pensemos aquí en algunos rasgos propios de todo maestro.

Recuerdo en mi vida a dos grandes maestros: el primero, J. L. Lazzarini, quien nos enseñó a entrar en ese “mundo otro” de los símbolos para demorarnos un tiempo en ellos sin pretender agotar su misterio. Crecer, nos decía, significa re-mitologizarse, es decir, cambiar el relato fundante con el que ciframos nuestro destino. El segundo es J. Fernández, quien, por su parte, nos enseñó a situarnos en el silencio recogido de aquel pensar por cuya interrogación reverberan las palabras fundamentales y se abren los enigmas. Respecto de estos dos maestros quisiera destacar tres notas claves que, según entiendo, pueden encontrarse en toda experiencia propiamente formativa.

La primera nota es el camino. Pues, la autoridad del maestro nace de una singularísima experiencia de camino realizado. El maestro tiene qué dar si en verdad él mismo ha caminado antes. En este sentido, el maestro no se identifica con esa variada oferta de métodos prefabricados o sistemas de representaciones aprendidos de memoria que tanto imponen en las universidades los doctos profesores. Estos son los que controlan: verdaderos inquisidores pedagógicos que examinan al sujeto con una pauta ajena, la mayoría de veces comprada en algún sistema de acreditaje vigente. Pero el maestro nada tiene que ver con ello; como dijo cierto pensador, camino no es lo mismo que método.

El otro rasgo del maestro tiene que ver con la epifanía de la alegría surgida de la alianza con un profundo deseo. La vulnerabilidad de esa abierta intimidad del deseo atrae más que cualquier objeto pedagógico por vistoso que sea. El maestro es una persona centrada en su deseo, es un sujetado al mástil de su deseo, como Ulises. Ama enseñar y pensar, y eso se nota. No hay ficciones ni artefactos que puedan sustituir esto. Pues se trata de lo más sagrado: lo numinoso, tremendo y fascinante, que seduce en tanto palabra del Misterio depositada como identidad y destino. Por ello es necesario descalzarse ante la presencia de un maestro dispuesto a desnudar en parte el fuego de la palabra que habita en su corazón. Y eso que acontece es lo que más nos ilumina y orienta hacia el propio destino y deseo.

Por último, los maestros, junto al camino y al deseo, son aquellos capaces de propiciar un ámbito de atención. A-tender significa inclinar o tender el espíritu hacia el otro, acercarse y estar presente en esa proximidad. Quienes nos sentimos escuchados por dicha atención también nos sentimos presentes: hospedados por el silencio del otro en cuyo “tiempo otro” nuestra singularidad descansa libre ya de máscaras o falsos entretenimientos. No necesitamos llenar ninguna lista ni tampoco mirar el reloj. Pues, el estar presente acontece bajo la pulsación otra del tiempo propicio (kairos) en cuyo recinto de palabras y silencios, “lo propio” nos alcanza.

En suma, tres notas o claves que acaso podamos seguir encontrando en las clases de algún profesor universitario, en alguna familia o en el ámbito de una oración comunitaria o personal abierta hacia Dios.

Jesuita argentino. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y forma parte del equipo de Vocaciones Jesuitas.

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