Terapias curativas para homosexuales: ¿curar qué?, por Tomás Ojeda « en Territorio Abierto

Terapias curativas para homosexuales: ¿curar qué?

(cc) americantransman.com

“Creo que le debo a la comunidad gay una disculpa por mi estudio que hacía afirmaciones no probadas sobre lo eficaz de las terapias reparativas (…) Los resultados se pueden considerar como evidencia para aquellos que dicen haber experimentado las terapias ex-gay, pero nada más”.

Robert Spitzer. M.D. Profesor emérito de Psiquiatría, Universidad de Columbia.

 No quisiera profundizar en los aspectos de orden médicos y psicológicos que subyacen a la discusión acerca de las denominadas terapias “curativas”, “reparativas” o de “reconversión” sexual. Sí me interesa comprender las luchas y resistencias que se desarrollan dentro de la comunidad científica y entre quienes aún sostienen que la homosexualidad podría entenderse como trastorno, patología o desviación, en particular, dentro de ciertos contextos religiosos.

Pareciera ser que los acuerdos esgrimidos por la APA, la OPS y el Colegio de Psicólogos de Chile no serían suficientes como argumento para sancionar aquellas visiones patologizantes sobre la homosexualidad. Bastan, entonces, la denuncia y visibilización de aquellos profesionales e instituciones que operan bajo tales supuestos.

Entendiendo el asunto según las leyes que regulan al mercado, resulta lógico pensar que una alternativa terapéutica como ésta exista y opere “legalmente”, sin embargo la psicoterapia y la práctica clínica suponen una ética y un modo de entender el sufrimiento que, independiente del marco epistemológico al que se deban, reconocen los efectos que tiene – sobre el sujeto y la sociedad – nominar determinada condición como patológica, perversa y/o trastornada.

Discutiré dos elementos que creo relevantes. El primero tiene que ver con uno de los supuestos de entrada a tratamientos de este tipo: pacientes altamente motivados que presentan una homosexualidad experimentada de manera egodistónica[1], es decir, motivados por cambiar su homosexualidad debido al rechazo y la angustia que conlleva; y el segundo, con los nexos – casuales o coincidentes – entre este tipo de terapias y sensibilidades de tipo religiosas.

Respecto a lo primero, seré enfático en señalar que para calificar como egodistónica una experiencia que implique malestar o sufrimiento subjetivo – sea cual sea la materia de análisis – resulta fundamental conocer el relato de la persona y evaluar los motivos que potencian una vivencia respecto a la homosexualidad que genere angustia, ansiedad y férreo rechazo. Muchas de las terapias que aparecen como exitosas respecto a sus resultados, sitúan la cuestión en términos de que lo que se abandona y/o modifica es un “estilo de vida gay”, que, dicho sea de paso, nos recuerda muchos de los estereotipos que aún vinculan la homosexualidad con la promiscuidad, el narcisismo y el desorden moral. Recordemos, pues, que así como la heterosexualidad, la homosexualidad sería algo más que un simple estilo de vida: “una variación natural de la sexualidad humana sin ningún efecto intrínsecamente dañino para la salud de la persona o de sus allegados”[2]. No creo necesario profundizar sobre ello, aun cuando hayan algunos/as que sigan postulando lo contrario.

En relación a esto último, creo fundamental situar en contexto la demanda de quien se acerca solicitando reparar o reorientar sus gustos y preferencias, ya que no me extrañaría que muchos/as homosexuales han deseado ser heterosexuales en razón de temores que se sostienen en discursos patologizantes que sancionan la orientación sexual homosexual como posibilidad no deseada y generadora de sufrimiento per se. Esto último es importante ya que, en definitiva, no soy yo el llamado a calificar como egodistónica la vivencia del otro en función de mis modos de comprender y aproximarme a la homosexualidad. Lo que correspondería, antes que todo, es escuchar y confrontar mis ideas con la evidencia que la comunidad científica ha dispuesto y socializado a través de distintas organizaciones.

Preguntémonos primero si están las condiciones sociales, culturales y familiares que permitan descubrir y confirmar una identidad sexual distinta a la heterosexual. Pensemos en la vivencia de jóvenes que son objeto de burlas y agresiones por ser “distintos/as”, “afeminados”, “amachadas”; las culpas y responsabilidades que sienten las familias toda vez que el descubrimiento de la homosexualidad de un/a hijo/a cuestiona sus estilos de crianza, el amor incondicional y el cariño, los secretos que pesan y las rabias jamás declaradas; las incitaciones al odio, la discriminación, las golpizas y la muerte. ¿Quién querría para sí un destino que supone, de entrada, sufrimiento, riesgos, rechazo y descalificaciones? Lo más sano pareciera ser disociar lo que verdaderamente se experimenta en materia de afectos y ocultar ante el resto todo signo que devele la verdadera identidad.

Me cuesta entender que personas e instituciones que se reconocen como creyentes y cristianas, promuevan la defensa de terapias como éstas. Me duele la manipulación de la evidencia y el uso de un discurso respecto al deseo de Dios que dista mucho del mensaje de Cristo y su opción por reconocer en dignidad al género humano en su diversidad. Creo relevante el diálogo y acercar posturas contrapuestas respecto al avance de la ciencia en estas materias, sin embargo me parece grave usar el Magisterio de la Iglesia católica como criterio de regulación de una praxis de tipo psicológica y/o psiquiátrica. Las generalizaciones siempre son injustas e irresponsables, pero creo importante denunciar esto último, ya que aparece como argumento en muchos de los fundamentos que inspiran algunos de los dispositivos terapéuticos en cuestión.

Repito la pregunta formulada en columnas anteriores: ¿Qué posibilidades de realización y crecimiento a escala humana pueden tener los/as homosexuales dentro de la sociedad, en sus familias y al amparo de un determinado Credo? ¿Por qué seguimos pensando que hay “algo” que curar? ¿Qué reacciones provocaría formular este tipo de preguntas respecto a la heterosexualidad? Hagan el ejercicio, pregúntense por el origen de su heterosexualidad y si reconocen en ello alguna vivencia traumática… Suena raro, pero así lo experimentan hoy muchas de las personas que son cuestionadas por ser de una manera y no de otra.

Si hay algo de lo que hablamos mucho es sobre la empatía y el ponerse en el lugar del otro. Repetimos varias veces la pregunta que se hizo el Padre Hurtado al interrogarse sobre el modo de proceder de Cristo frente a “x” situación. Bueno, no me parece reiterativo volver sobre esta práctica, más aún cuando se trata del dolor y la felicidad de personas. Con eso no se juega.



[1] Simplificando al máximo la definición: Atracción o preferencia hacia el mismo sexo que es experimentada como extraña al yo, genera ansiedad, angustia y un deseo intenso por modificarla.

[2] Declaración de la Organización Panamericana de la Salud – Oficina regional de la Organización Mundial de la Salud – en su documento Curas” para una enfermedad que no existe.

*Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil y trabaja, entre otras cosas, como encargado de formación de CVX – Secundaria, en Santiago de Chile.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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