Terapias para cambiar estilos de vida: Homosexualidad y Psicoterapia

CC: Washtimes

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Sobre las “terapias” reparativas, no se conversa ni se discute fuera de la polémica y la coyuntura noticiosa. En 2012 se realizó en nuestro país un seminario que proponía la cura de pacientes “ex-gay”. Desde entonces, la cuestión de las denominadas “terapias AMS”[1] volvió a aparecer en el debate público en razón de su  rechazo entre académicos y profesionales de la salud mental.

Pese a que la condena pareciera ser generalizada, ello no asegura que se haya abandonado la creencia que hace de la homosexualidad objeto de expectativas de cura y de cambio. Es más, esta convicción continúa vigente en distintos contextos e instituciones, muchas de ellas vinculadas a la salud mental, la educación y la religión.

Se agrega a lo anterior el hecho de que no exista en Chile ningún tipo de normativa que las sancione como ilegales, a diferencia de lo que ocurre en algunos estados de EE.UU. En estos casos, la ley opera como ente regulador ante una práctica que es considerada como discriminatoria, iatrogénica y éticamente cuestionable, no solo por sus efectos perjudiciales sobre la salud mental de la persona, sino porque insiste en sostener una visión patologizante de la homosexualidad que fue superada en 1973, luego que la Asociación Americana de Psiquiatría dejara de considerarla como un trastorno psiquiátrico.

Si bien en Chile no disponemos de una ley que las prohíba, contamos con códigos de ética claros respecto de estos temas, que hacen presente los mismos principios antes descritos (véase la declaración de la Organización Panamericana de la Salud: “Curas para una enfermedad que no existe”). Estos códigos son los que rigen la práctica profesional de los psicólogos, y son, también, los que están presentes en los programas de formación disponibles en las distintas escuelas de psicología de nuestro país. Sin embargo, estos códigos de ética no serían vinculantes per se sobre quienes pretenden ejercer las “terapias” reparativas, vale decir, no impiden que personas, grupos e instituciones las practiquen y pongan a disposición de la sociedad. Por tanto, aun cuando la denuncia y el rechazo sean las actitudes dominantes en los campos de la salud mental y los derechos humanos, la discusión no estaría superada ni mucho menos resuelta.

El desafío pasa por desmoralizar el discurso sobre la homosexualidad, en particular, lo relativo a su expresión. Si la conducta homosexual es el problema -porque separa a la sexualidad de sus fines, porque se asocia a “conductas desordenadas”- interroguemos con el mismo rigor y purismo a la heterosexualidad y sus expresiones en el plano afectivo y sexual.

Esto sería particularmente crítico en el contexto actual, ya que las “terapias” reparativas han desplegado un nuevo lenguaje para presentarse, neutro en apariencia, pero todavía perjudicial, ya que perpetúa un discurso que hace de la homosexualidad una expresión de la sexualidad que sería “ilegítima”, frente a la aparente normalidad de la heterosexualidad.

Estilos de vida en jaque: la inmunidad heterosexual (?)

“Indudablemente, la atracción al mismo sexo, nos guste o no, no va con la naturaleza del ser humano, independiente de que en la actualidad todos quieran negar que existe una naturaleza. Mientras más nos ceñimos para lo que estamos creados, más plenos y felices podremos ser”. Ps. Marcela Ferrer. Entrevista concedida al sitio web “Periódico Portaluz”.

Una de las cosas que me llama profundamente la atención es el esfuerzo sistemático que hacen los terapeutas por evitar utilizar las palabras “gay”, “homosexualidad” y “orientación sexual” con fines descriptivos y/o diagnósticos. Como si las palabras, en sí mismas, tuviesen el poder de actuar esa identidad que pretenden neutralizar al no ser dichas; como si las palabras “gay” y “homosexualidad” tuviesen el poder de crear una realidad inexistente previamente…

En la actualidad, los terapeutas que adhieren a este tipo de dispositivos hablan de “terapias AMS no deseada” (atracción hacia el mismo sexo), dejando fuera los significantes “reparativo”, de “reorientación” y/o de “conversión”. Lo mismo ocurre con la denominación de las personas que consultan y desean cambiar su orientación sexual: prefieren hablar de personas que presentan “tendencias homosexuales” y/o que experimentan “atracción hacia el mismo sexo”, siendo la conducta sexual y el “estilo de vida gay” aquello que termina siendo el objeto del tratamiento. Algunos autores van más allá con sus argumentos, señalando que, en estricto rigor, la homosexualidad no existe: para ellos, todos serían -potencialmente- heterosexuales. ¿Por qué tanto cuidado? ¿Qué es lo que se oculta detrás de tanto arreglo semántico?

La referencia a una “cultura gay” y un “estilo de vida gay” es frecuente en discusiones que van más allá del objeto que estoy comentando en esta columna: se utiliza como argumento para oponerse al matrimonio homosexual, a la adopción homosexual y al AVP. Políticos, científicos, autoridades religiosas y profesionales de distintas disciplinas recurren a esta explicación para objetar la legitimidad de una demanda y su inscripción en lo social (véase intervención de organizaciones asistentes a la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados, que se oponen al proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja).

Suponiendo que existe algo así como una “cultura” o “estilo de vida” gay, ¿cuáles serían sus coordenadas específicas? ¿Por qué se le endosa al ser homosexual una determinada cultura o estilo de vida?  Respondamos a ello tomando cualquiera de los imaginarios que circulan en torno a la homosexualidad. ¿Podemos afirmar así sin más que son atributos propios de los gay y las lesbianas? ¿Queda la heterosexualidad eximida de ser evaluada con los mismos parámetros con que juzgamos a las personas LGBTI? Estabilidad, coherencia, conductas sexuales sanas, cuidado del otro, sentido de trascendencia y donación de sí… ¿Existe algo así como un “pack” que garantice el buen vivir, la adecuación social, el amor, el cuidado? ¿Qué rol cumple la orientación sexual del individuo en todo esto?

En su afán por legitimarse al margen de los consensos, la “terapia” reparativa termina siendo un dispositivo de control que apunta a reformar comportamientos, normalizar estilos de vida, educar a la persona en el control y dominio de sus impulsos, convencerla que no hay felicidad posible asumiendo una identidad homosexual, etc. Es una terapia atravesada por juicios y enunciados valorativos que reproducen sin mayor crítica un determinado orden social –heterosexual- que se propone como neutro respecto de sus intereses, fuera del campo de la política, la ideología y las luchas de poder.

La psicología y su participación en el debate

“La homosexualidad dejó de ser considerada para la comunidad de psicólogos y psiquiatras una enfermedad o un trastorno de personalidad hace ya más de treinta años. [Pese a eso, aún existe] controversia sobre el tema, pues hay grupos y enfoques teóricos dentro de la psicología y la psiquiatría que mantienen una posición tradicional en el sentido de considerar a la homosexualidad como una enfermedad”. Ps. Alfonso Luco, Presidente Colegio de Psicólogos de Chile año 2008. Informe anual DD.HH, Movilh (p. 132).

CC: Tolerance.org

CC: Tolerance.org

En muchas ocasiones, las búsquedas que movilizan la consulta con un especialista se relacionan con inquietudes de tipo identitarias, vale decir, inquietudes que derivan precisamente de esta percepción individual de no estar experimentando la propia sexualidad como se supone debiera vivirse.

Cuando el malestar se experimenta en este nivel, y la duda frente a una posible homosexualidad es lo que se pretende explorar, la oferta de cambio que ofrecen las terapias reparativas emerge como alternativa ante un sufrimiento que se experimenta como insoportable, ya sea porque la persona lo vivencia de esa forma o porque otros ven un “problema” que podría ser “solucionado” incluso sin que para ello intervenga la voluntad de quien así lo experimenta.

Pensemos en el número de consultas psicológicas que son motivadas por familiares, profesores, sacerdotes y/o religiosas, que, por razones diversas, estiman que la persona debe cambiar y corregir aquellas expresiones de su vida afectiva y sexual que se desvían de lo que se espera de un hombre o una mujer. ¿Cuántas de estas solicitudes de cambio son activadas en razón de la expresión de gestos, gustos y/o preferencias que son calificadas a priori como “inadecuadas”, “contrarias a la naturaleza”, “raras” y/o “especiales”? ¿Cuántas veces la motivación por ayudar al “cambio” aparece legitimada por esta idea de “salvar del sufrimiento a alguien”?

Si las “terapias” reparativas continúan operando, es porque existen personas convencidas del argumento de que habría algo que reparar, cambiar o corregir en la identidad de quienes se reconocen como homosexuales o experimentan “atracción hacia los de su mismo sexo”. Esta creencia no cuestiona en nada la estructura social que la sostiene, esto es, una determinada manera de organizar las relaciones entre hombres y mujeres que no admite ninguna otra posibilidad fuera de la heterosexualidad.

Al pretenderse inmune frente al cuestionamiento, la creencia que solo aboga por un cambio en quienes se reconocen como gay o lesbianas, perpetúa la discriminación que origina el supuesto “sufrimiento” que se quiere evitar. De esta forma, si bien las actitudes negativas hacia la homosexualidad en Chile han disminuido considerablemente en los últimos 5 años, una mirada más profunda sobre el asunto revela las condiciones de inequidad de trato que aún persisten en relación a las personas LGBTI, en particular, respecto del no reconocimiento de sus derechos y condiciones de existencia (véase los Informes del Centro de DD.HH de la UDP, del MOVILH y el sondeo del INJUV de este año).

Sobre esto último, la psicología es llamada a pronunciarse en razón de su saber en torno al ser humano, defendiendo, sin declararlo, un determinado orden social. Tal es el caso de las investigaciones disponibles sobre los eventuales efectos de la crianza por parte de parejas gay y lesbianas, los argumentos que se esgrimen en torno a la actual discusión sobre el libro infantil “Nicolás tiene dos papás”, el contagio e higienismo subyacente a las políticas anti gay, entre otros.

Estos hechos nos obliga a preguntarnos por el lugar político de la psicología y la psiquiatría en el debate actual acerca de la homosexualidad, los juegos de poder que intervienen y las pretensiones de verdad de algunos argumentos, particularmente los que se legitiman en nombre de la ciencia y la religión.

Con todo, el desafío a mi juicio pasa por desmoralizar el discurso sobre la homosexualidad, en particular, lo relativo a su expresión. Si la conducta homosexual es el problema -porque separa a la sexualidad de sus fines, porque se asocia a “conductas desordenadas”- interroguemos con el mismo rigor y purismo a la heterosexualidad y sus expresiones en el plano afectivo y sexual. ¿Por qué aquí no vale la apelación a una cultura o estilo de vida? ¿Por qué no habría que “reparar” al heterosexual que siente demasiada atracción por muchas personas del sexo opuesto? ¿Por qué aquí sí admitimos la excepción, el caso a caso, la gradualidad, la diferencia? Da para pensar.

[1] AMS: “Amor hacia el mismo sexo”.

* Adaptación de un trabajo presentado por el autor en el XXI Congreso Nacional de Psicología Clínica, bajo el título “Homosexualidad y psicoterapia: perspectivas críticas al modelo reparativo”.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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