En tiempo de conflictos: Decidir y Actuar como Jesús

En la última década, hemos visto cómo en distintos lugares del mundo la ciudadanía ha comenzado a demandar o a exigir derechos que le estaban siendo negados o postergados. Hay deseos de justicia, de dignidad, de igual acceso a las oportunidades. Hay indignación contra los abusos y, sobre todo, contra quienes los cometen. Pero también hay otros que confían en el camino recorrido, que miran la historia y confirman los pasos dados. Creen que se está pidiendo mucho. ¿Qué hacer? ¿Qué opción tomar?

A lo largo de la historia ha habido distintos hombres y mujeres que han experimentado la exclusión, junto con algunos que también desean un mundo más humano y piden paciencia para ir realizando las acciones que promueven los cambios. Hace más de dos mil años, Jesús también tuvo una propuesta frente a un contexto social determinado. Sus modos no fueron los esperados por algunos. El Hijo de Dios, el Mesías del cual se esperaba la liberación… estuvo 30 años en silencio, fue a las casas de los altos funcionarios públicos y religiosos, pero también compartió el pan con los excluidos; se le acusó de comilón y borracho, sus más cercanos no lo entendieron. ¿Qué hizo que pasó a la historia y sensibilizó a gran parte de la humanidad? Quizás Él nos pueda dar pistas para estos tiempos… quizás Él nos puede dar consejos para alcanzar nuevos acuerdos a largo plazo.

Creo que los modos de Jesús, junto con las Reglas de Discernimiento[1] propuestas por San Ignacio, podrían ayudarnos a reflexionar sobre nuestras demandas (sean de cambio rotundo, parcial o permanencia del sistema). En ellas busca no sólo reconocer qué opción tomaría Jesús, sino que actuar como él lo haría. No quiero establecer si es mejor una u otra postura sobre algún tema, sino presentar modos de proceder de un cristiano frente a situaciones conflictivas. No sólo pensemos en las grandes demandas, sino también y, sobre todo, en aquellas pequeñas batallas cotidianas.

¿Qué sentimientos están en la raíz de tu postura? ¿Hacia dónde te están llevando? ¿Te acercas o alejas de quienes piensan distinto a ti? ¿Cómo estás relacionándote con el prójimo, con las cosas?

Para lo anterior no basta sólo con mirar el resultado de mi opinión (“mi demanda es justa, por lo que es buena”), sino que tengo que observar el principio, medio y fin -como diría San Ignacio- en las reglas de discernimiento de Segunda Semana[2], teniendo en cuenta el tiempo y el espacio en que me encuentro. Es decir, tengo que contextualizar mis deseos… mirar a mi entorno.

Primero, tendríamos que preguntarnos sobre las motivaciones y sentimientos que mueven mi demanda. Reconocerlos y describir lo que provocan en mí. Sabemos que las emociones no podemos calificarlas como “buenas” o “malas”. El Padre Hurtado sintió indignación, rabia, preocupación (sentimientos generalmente calificados como malos) por personas en situación de calle; pero esas emociones lo llevaron a dar una solución concreta a un problema, movilizaron a otras personas, ¡encarnó el Reino! Bueno, salgas o no a la calle, escribas o no posteos por Facebook o Twitter, ¿qué sentimientos están en la raíz de tu postura?, ¿hacia dónde te están llevando? ¿Te acercas o alejas de quienes piensan distinto a ti?, ¿cómo estás relacionándote con el prójimo, con las cosas? ¿Qué actitudes manifiestas frente a los que piensan como tú y ante los de postura distinta?

Un aspecto que he visto tanto entre los que demandan, como en los que no quieren el cambio, es la descalificación a las personas que no piensan como ellos. Agresión por su historia, condición social, edad… pero poco y nada sobre los argumentos. Las diferencias de opinión no implican la agresividad, el menosprecio, el rechazo a escuchar al otro ser humano. Algo que comienza con un buen deseo: justicia, igualdad, dignidad, ¡puede terminar en todo lo contrario!

En este proceso inicial es bueno que te preguntes por quiénes no luchas, quiénes están fuera de tus demandas. En las distintas movilizaciones se manifiesta en cierta medida el individualismo: quiero cambiar esto porque me influye a mí. ¿Quiénes se movilizan por los sin casa, los drogadictos, los migrantes, las personas de tercera edad, los niños y niñas postergados en su educación, personas privadas de libertad? Me parece que lo que no nos influye directamente en nuestra vida, no nos afecta. Preguntémonos, ¿hay personas que están viviendo situaciones de injusticia peores a las mías? Es necesario mirar el conjunto de excluidos para “ir donde haya más necesidad”, como nos diría Ignacio como criterio. Jesús mismo no sanó a todo el mundo. Puso la mirada en algunos, mirando todo el contexto.

Si percibo que mi demanda es necesaria, justa y factible (hay que discernir posibilidades realizables), hay que volver a reconocer los sentimientos y medios que utilizo para manifestar mis argumentos. Acá es donde se cocinan los deseos originales. Pueden quemarse o salir a punto. En la sociedad del rendimiento, como la llama Byung-Chul Han[3], se nos cuela la inmediatez, la urgencia, el ahora ya. Para un cristiano la mirada no sólo debe estar puesta en la solución rápida, sino en la que permanecerá. De nada sirve el telefonazo para solventar una obra o acción en particular, si no va a resolver el problema de fondo por el que se produce la desigualdad.

Nos podemos quedar en una sociedad acomodada, con materialidad digna, pero sin relaciones, sin vínculos, sin encuentros. Un cristiano busca relaciones justas y fraternas.

Sin duda que el gran ejemplo de lo anterior es Cristo puesto en cruz. “Haz ahora un milagro”, lo desafían. Pero Jesús, siendo claro -no ingenuo ni pasivo-, permaneció; porque sabía que la muerte traería la vida plena. Jesús, en la cruz, se afirma en la confianza en su Padre. No comienza a enumerar sus éxitos. Camino a la cruz se deja ayudar por Simón de Cirene, se deja enjugar su rostro, está abierto a conversar con los dos ladrones, habla con los que están a sus pies. No vive su deseo obcecado en sí mismo. Sin duda se nos presenta una tensión: la Pasión es larga, pero a la vez deseamos ver al Resucitado ahora. Se refuerza la idea de que hay que mirar más el proceso que reconstruye que el resultado rápido que cambia. Cambiar estructuras, más que provocar logros particulares.

En línea con lo anterior, será necesario siempre mirar más allá del resultado técnico. Sin duda “es justo y necesario” poder lograr que todos los seres humanos vivamos en condiciones dignas, ¿pero es solo eso? ¿Nos quedaremos tranquilos cuando ya tengamos lo material? ¿No puede llevarnos eso a aumentar el individualismo? Nos podemos quedar en una sociedad acomodada, con materialidad digna, pero sin relaciones, sin vínculos, sin encuentros. Un cristiano busca relaciones justas y fraternas.

Es por lo anterior que considero crucial que en el proceso de búsquedas prime el diálogo, el encuentro, la relación y no el odio, menosprecio o degradación de quien “no opina como yo”. Las personas no somos blanco o negro. Los sistemas tampoco. De qué sirve que mi postura gane si eso nos va a llevar a desconocer a nuestros hermanos (Gn 4,9).

Una actitud del discernimiento es estar indiferente frente a la elección. Esta indiferencia implica apertura a razones en pro y en contra de lo que se debe elegir. Triste discernimiento es el de aquella persona que encuentra que todo lo que piense o diga la otra está mal. ¿No hay acá una concepción del otro como ignorante, un “gracias Señor por no ser como él” (Lc 18,11)? Ojalá podamos vivir la propuesta de Ignacio de salvar la proposición del prójimo, es decir, tener la disposición a querer comprender los pensamientos, acciones o actitudes de la otra persona pensando en que ella también quiere hacer el bien. Para esto, lo mínimo es sentarse a escuchar… con el corazón abierto.

Otra consecuencia de la indiferencia ignaciana es que me permite disponerme a repensar mi posición en distintos momentos. Mantenerme inamovible frente a lo que ya decidí en un primer momento me lleva al fundamentalismo. Cuando no estoy dispuesto a cambiar un ápice de mi postura, lo que comenzó por deseos de igualdad termina en ensimismamiento. Hazte la pregunta sobre el movimiento de tus pensamientos, sentimientos y acciones. ¿Te han llevado a amar cada vez más, a acercarte al prójimo, a respetar opiniones diversas? Si son de Dios, debieran a llevarte a actuar, a llevar en obras fraternas el discurso de tus pensamientos.

Te invito a meditar sobre los sentimientos que te generan los elementos acá expuestos. ¿Rechazo constante, sensación de apertura, mezcla de ambos? Sin duda todos queremos un mundo mejor, más digno y con relaciones profundas. Esto debe partir no mirando un futuro utópico, sino desde lo que voy viviendo hoy. Preguntémonos por cuál ha sido el decurso de mis pensamientos, hacia qué acciones me han llevado, con cuántos “enemigos” he podido conversar manteniendo la paz. Para esto necesitaremos sin duda una gran cuota de humildad, más que partir por el deseo de ganar con mi postura. Comenzar por escuchar, buscando la conversión de las estructuras y las personas, para que ganemos, pero “todos” y no sólo “nosotros”.


[1] San Ignacio de Loyola presenta en los Ejercicios Espirituales algunas pistas, basadas en su propia experiencia, para hallar la voluntad de Dios. Son conocidas como las Reglas de Discernimiento y pretenden reconocer las mociones del buen espíritu (que llevan a Dios), para acogerlas, junto con las que produce el mal espíritu (que alejan de Dios), para rechazarlas.

[2] En el nº 333 de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, éste invita a reflexionar mucho sobre el movimiento de nuestros pensamientos, buscando que el principio, medio y fin de ellos estén inclinados siempre al bien.

[3] Filósofo surcoreano radicado en Alemania que ha escrito numerosos libros haciendo análisis de la sociedad contemporánea desde distintas dimensiones.

Estudiante jesuita, cursa estudios de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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