¿Tiene límites la libertad de expresión?

Los asesinatos cometidos en París contra una buena parte de los integrantes de la revista satírica Charlie Hebdo, nos ha obligado a preguntarnos sobre el derecho a la libertad de expresión. Para algunos columnistas, entre ellos Monia Mazigh de origen tunecino y radicada en Canadá, el debate está situado en la pregunta sobre las oportunidades reales que el gobierno francés otorga a los musulmanes radicados en Francia, y sobre la actual política bélica en países como Iraq o Afganistán. Por otro lado, Mario Vargas Llosa en su columna “Je suis Charlie Hebdo” publicada en El País, el énfasis está en la defensa de la cultura de la libertad, y como parte de ella el derecho a la crítica. Para él, “Occidente, Europa, el mundo libre deben tomar nota de que hay una guerra que tiene lugar en su propio territorio y que esa guerra debemos ganarla si no queremos que la barbarie reemplace a la civilización”.

Mazigh y Vargas Llosa sintetizan las dos posturas predominantes en la prensa internacional. Coincidimos con Mazigh y, al mismo tiempo, consideramos que es importante revisar el planteamiento de Vargas Llosa.

¿Qué se entiende por libertad y por expresión? ¿Cuáles son las consecuencias de creer que todos entienden lo mismo sobre una realidad mucho más compleja y entreverada que un simple “yo tengo derecho a expresarme como quiero y cuando quiero”? Haciendo del mundo el diván de las conciencias de aquellos que tienen acceso a los medios de comunicación.

Se trata de sostener la tensión de expresarle a otro, de modo público, un conflicto sin destruirlo, sin tirar la piedra y refugiarse en el capricho, confrontando sin atropellar, criticando sin romper, desnudando sin violar. Se trata de mantener el nivel de la dignidad del otro, y la propia, con inteligencia y audacia, sin denigrar, sin profanar, sin ignorancias.

Si nos preguntáramos verdaderamente si somos libres de expresar lo que pensamos, no resulta tan sencillo, y menos en temas fundamentales de la vida de una sociedad. Si consideráramos la libertad de expresión como la pensaron los que agreden aquello que otros consideran sagrado, podríamos imaginar que quienes asesinaron a los editores parisinos también se expresaron libremente. Lo que sucede es que lo hicieron a su modo. Unos con caricaturas, otros con balas. Es cierto que nada justifica un asesinato, solo se trata de una burda comparación que pone de manifiesto que los extremos se tocan. Como occidentales, creemos que la libertad de expresión se debe replantear a la luz del diálogo intercultural.

¿Es que acaso no hay un límite, una barrera o un borde que contiene nuestros modos de expresión? ¿No resulta infantil pensar que cada uno puede decir lo que se le antoja disfrazando eso de un derecho a expresarse o de la tonta idea de que el que no quiere que no lo vea? Al parecer no es tan fácil. Porque de lo contrario caemos en el concepto insuficiente que entiende la libertad de una sociedad como la suma de las libertades individuales, donde unos pueden ser más libres que otros según sus oportunidades, su carta de ciudadanía o sus compromisos con la ley. La cuestión sería más bien comprender que todos somos libres o nadie podrá ejercer su libertad, porque siempre habrá algo que la amenaza. Y es aquí donde radica el punto de apoyo de la libertad de expresión de la prensa y de cualquier persona.

Por otro lado, podemos preguntarnos qué es primero, si el derecho o el ser humano. La libertad de expresión desde el punto de vista occidental, es válida y deseable porque está reconocida como un derecho humano. Sin embargo, la pretensión de universalidad de los derechos humanos en los últimos años ha sido cuestionada, en tanto que lo que se piensa como lo humano está definido desde la realidad europea y norteamericana. Así lo sostiene Boaventura de Sousa Santos al decir que ese modelo de humanidad hunde sus raíces en la época de la Ilustración y se refiere, principalmente, a la afirmación de la individualidad, lo masculino y la piel blanca. La antropología ha aportado al debate afirmando que el ser humano es un ser abierto, en construcción constante y que eso que llamamos lo humano tiene distintas formas de expresarse y de realizarse. No hay un único modo de ser y existir. Es, por lo tanto, cuestionable que el derecho a la libertad de expresión tenga pretensiones de ser ejercido en todos los contextos culturales. Aquí encontramos un límite no menor, el ser humano está por encima del derecho.

¿Cuál es entonces la delgada línea que marca lo que se expresa y a quiénes se expresa? Hay un parámetro ético que funciona como termómetro de mis expresiones: el otro en cuanto persona situada en un contexto particular. Ni más ni menos que yo. Se trata de sostener la tensión de expresarle a otro -particular o colectivo- de modo público, un conflicto sin destruirlo, sin tirar la piedra y refugiarse en el capricho, confrontando sin atropellar, criticando sin romper, desnudando sin violar. Se trata de mantener el nivel de la dignidad del otro, y la propia, con inteligencia y audacia, sin denigrar, sin profanar, sin ignorancias. Se trata de expresar teniendo en cuenta a las generaciones futuras porque si no, el día de mañana la libertad de expresión será entendida como un circo romano.

Luis Orlando Pérez es mexicano, abogado jesuita, estudiante de Teología en la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia.

Emmanuel Sicre es argentino, profesor de Letras , Licenciado en Filosofía, y estudiante de teología en la Pontificia Universidad Javeriana.

Argentino, Profesor de Letras, Licenciado en Filosofía. Estudiante de teología en la Pontificia Universidad Javeriana.

Sus columnas en TAbierto

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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