Todos Somos Las Condes

Dice una frase muy popular -y que se atribuye a Lenin-: “Si no eres parte de la solución, eres parte del problema, ¡actúa!”. Sin embargo, las matemáticas nos enseñan precisamente lo contrario: si no eres parte del problema, no puedes ser parte de la solución, puesto que, si no estás en la ecuación, difícilmente puedes afectar su resultado. Dicho de otra forma, si un problema no es “mío” de alguna forma, es poco probable que logre solucionarlo o que me interese hacerlo.

Ante la situación de (algunos) vecinos de un sector de la comuna de Las Condes, protestando en contra de la construcción de un edificio de “viviendas sociales”, resulta fácil, cómodo y hasta casi justo, comenzar con la lapidación de estos “malos vecinos”. Convengamos que la lapidación del siglo XXI ha cambiado las piedras por tweets, comentarios en Facebook, historias de Instagram, artículos en blogs, etc., y que éstos no matan a nadie. Pese a ello, claramente cumplen la misma función: poner en una vereda a los buenos y justos, castigando a los malos y pérfidos que están en la otra.

Lamentablemente, sólo aplicando un simple acto de revisión personal, podremos encontrar que cada uno de nosotros tiene alguna experiencia en la que ha actuado de manera similar, o bien ha respaldado o justificado la exclusión de otros “distintos” a uno.

El clasismo, la xenofobia, la aporofobia, el racismo, etc. no son otra cosa que pequeños grandes monstruos, alimentados por una comodidad y desidia que nos llevan a “gastarnos” por tener más, en lugar de “gastarnos” por ser más humanos, por servir mejor. Y ése es un problema en el cual todos tenemos algún grado de injerencia. Afectemos entonces de manera positiva el resultado, sumando -primero en nosotros y luego en otros-, modos de actuar que nos permitan avanzar hacia un país donde, verdaderamente, nadie quede fuera de la ecuación.

¿Cuántos han preferido pagar lo que no tienen por un colegio donde sus hijos estén con niños de cierto nivel socioeconómico, o simplemente “mejor”? ¿Cuántos han pagado lo que no tienen, por vivir en un barrio más lindo, con más seguridad, sin “casas feas”, ni personas con costumbres diferentes alrededor? ¿Cuántos hemos empatizado con las imágenes de ese niño argentino llorando por ver su selección eliminada en octavos de final del Mundial, pero preferimos alejarnos u olvidarnos de los niños que sufren las inclemencias del frío en estos momentos en los campamentos o calles? ¿Cuántos no dan vuelta la cara, o miran con desdén o cruzan la vereda, cuando una persona en situación de calle, o un migrante se acerca a pedir una moneda, en medio de nuestros apuros y estilos de vida de personas “de bien y muy ocupadas”? Pese a que el Padre Hurtado nos decía que “nadie es tan pobre como para no regalar una sonrisa”, a veces andamos tan pobres que hasta las sonrisas escasean.

Sí, la situación mediática que se está viviendo en Las Condes es reprochable; sin embargo, este tema no es sólo de “esos vecinos”, sino que es una escena que muchos protagonizamos a diario. Este hecho específico nos debería volcar la mirada hacia nuestros propios cacerolazos, hacia aquellos que creemos tan diferentes de nosotros, y frente a los cuales queremos mantenernos lo más lejos posible. Claro, porque desde nuestra vereda pensamos que nosotros sí hemos trabajado para “tener lo que tenemos”, y en medio de la vorágine de la cultura del consumo, hemos ido, paso a paso, convirtiendo “lo que poseemos” en “lo que somos”.

Así, una mirada más autocrítica y consciente de que los males que se ven en la sociedad no nos son tan ajenos, nos permitiría cambiar la respuesta automática de la agresión personal ante el que está en el banquillo de los acusados (y condenados). Como decía al principio, lapidar (aunque sea digitalmente) al que está haciendo algo evidentemente mal es más fácil que mirar cuánto de eso también puede estar en mis modos de proceder. Algo así como recordar ese pasaje en el que Jesús, en vez de defender a la acusada, les interpela su propia realidad a los acusadores: -“El que esté libre de pecado…” (Jn 8,7). Con eso podemos cambiar el ataque a la persona, por el educar y corregir.

¿Cómo lo hacemos? Esforzándonos en nuestra propia cotidianidad por actuar diferente, y, también, empatizando con los temores, demostrando que los prejuicios que alimentan esos miedos son erróneos, suscitando pasos que nos acerquen a esas personas o situaciones que desconocemos, o no tenemos intenciones de conocer. El miedo sólo se vence enfrentándolo, obligándonos a ver debajo de la cama y constatar que el monstruo, está sólo en nuestra cabeza.

El clasismo, la xenofobia, la aporofobia, el racismo, etc. no son otra cosa que pequeños grandes monstruos, alimentados por una comodidad y desidia que nos llevan a “gastarnos” por tener más, en lugar de “gastarnos” por ser más humanos, por servir mejor. Y ése es un problema en el cual todos tenemos algún grado de injerencia. Afectemos entonces de manera positiva el resultado, sumando -primero en nosotros y luego en otros-, modos de actuar que nos permitan avanzar hacia un país donde, verdaderamente, nadie quede fuera de la ecuación.

Ingeniero en Administración de Empresas, dedicada a la ejecución de proyectos de desarrollo local y emprendimiento. Diplomada en Cristología y Eclesiología de la P. Universidad Javeriana de Colombia. Actualmente Presidente del Consejo Regional de la CVX en Valparaíso.

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