Transexuales, hijos e hijas de Dios

TransgenreatParis2005Como cristiana siento un dolor profundo por el rechazo y la incomprensión hacia la realidad de las personas transexuales. Este dolor es aún más fuerte cuando la negación hacia estas personas viene de nuestras mismas comunidades, de parte de la Iglesia y de muchos fieles, laicos y religiosos. El rechazo del pueblo de Dios se suma a una exclusión social brutal que invisibiliza un sufrimiento diario y agudo. Poco sabemos generalmente sobre lo que significa la transexualidad, y es esta ignorancia la que muchas veces está en la base de la exclusión.

Una persona transexual siente –usualmente a partir de los tres o cuatro años[1]– un fuerte conflicto entre su fenotipo (sus atributos sexuales exteriores y adscrit
os socialmente) y su identidad percibida como niño/hombre o niña/mujer. Algunos/as sufren porque la sociedad les trata según su fenotipo, sin preguntarles cómo quieren ser nombrados y muchas veces sin creerles sus constantes manifestaciones contrarias[2]. Se estima que la transexualidad es una condición de entre 1 cada 10.000 a 50.000 hombres, según distintas fuentes, y menor entre las mujeres, que se estima en 1 cada 30.000 a 100.000. Por la discriminación y otros factores, muchos no reconocen su condición y, por lo tanto, se hace más difícil estimar la cifra total.

Como cristianos debemos hacernos cargo de la discriminación que sufren las personas transexuales, partiendo por informarnos y aprender de su realidad. En virtud del testimonio de Jesús liberador y sanador, tenemos el llamado a trabajar en la inclusión de la realidad transexual en la sociedad y en la Iglesia.

La transexualidad no tiene nada que ver con la orientación sexual. Una persona transexual puede ser heterosexual u homosexual, existiendo un cruce entre las variables orientación sexual e identidad de género, situación que explicaría que, por ejemplo, muchos transexuales se identifiquen con una orientación sexual heterosexual. Por lo tanto, hablaremos de identidad de género para referirnos al conflicto descrito toda vez que la vivencia interna del género, según como cada persona la siente y experimenta, se corresponda o no con el sexo asignado al momento de nacer. Para evitar todo tipo de confusiones, es importante señalar que tampoco son lo mismo la transexualidad y el travestismo. Un travesti es una persona que, ocasionalmente, utiliza vestimentas del sexo contrario, sin que exista un desacuerdo entre su dotación anatómica y su vivencia interna del género.

La medicina y la psicología occidental moderna se hacen cargo del deseo —y muchas veces de la necesidad— de las personas transexuales de vivir en el cuerpo adecuado. Para esto se les acompaña en un proceso de adecuación exterior de su cuerpo a su identidad interior, mediante un tratamiento hormonal y, eventualmente, una intervención quirúrgica, valorando que la persona se define desde el interior, mucho más que desde su exterior. Es doloroso, para muchas personas transexuales, que esta adecuación conlleve la infertilidad, sin embargo, algunos/as  indican que sería más lamentable aún seguir viviendo en el “cuerpo equivocado”. La tasa de suicidio entre las personas transexuales que no se someten a un cambio de sexo, ya sea social o médico, se estima alrededor del 40%.

Las personas transexuales viven aún en una preocupante desprotección y vulnerabilidad legal [3]. El Estado de Chile les obliga a tener una operación quirúrgica para poder inscribir en el registro civil un nombre según su identidad percibida. Logran el cambio de la indicación F / M en la cédula de identidad solamente después de un proceso jurídico largo que depende también de la discreción de los funcionarios públicos, en ausencia de una ley que elimina esa causa frecuente de discriminación. Así, por ejemplo, una persona que muestra su cédula como Claudia – M, o Juan – M, pero con apariencia de mujer, se expone a un eventual maltrato. Transexuales de familias de escasos recursos, e incluso de otros estratos sociales, muchas veces son forzados/as a ejercer el comercio sexual para sobrevivir, pues no encajan en la sociedad y ven cerradas las puertas a un trabajo remunerado.

El conocimiento de la realidad y una valoración positiva de la condición de las personas transexuales podría, quizás, contribuir a que algunos puedan incluso prescindir de intervención hormonal o quirúrgica. Existen antecedentes para fundamentar lo anterior. Por ejemplo, otras culturas otorgan roles sociales específicos a las personas transexuales. Pueblos indígenas, por ejemplo, reconociendo su “andar” por el mundo de los hombres y de las mujeres, adjudican a ellos/ellas (se usa también “ellxs”) una vocación espiritual especial, y a veces llegan a servir a la comunidad como chamanes.

Creo que como cristianos y cristianas debemos hacernos cargo de la discriminación que sufren las personas transexuales, partiendo por informarnos y aprender de su realidad y de ellos/ellas. En virtud del testimonio de Jesús liberador y sanador, siento que tenemos el llamado a trabajar activa y proféticamente hacia la inclusión de la realidad transexual en la sociedad y en la Iglesia, y valorar sus experiencias que, como personas, nos enriquecen.

[1] En este sitio, podrán encontrar información relativa al acompañamiento de niños y adolescentes transexuales: http://www.transexualidad.cl/index.html

[2] No hablaré acá de teorías de la psicología del desarrollo de los niños que puede incluir fases de experimentación con los roles sociales y que no tienen que ver con la condición.

[3] Instituto Nacional de Derechos Humanos, Informe sobre la Situación de los Derechos Humanos en Chile 2013. P. 165.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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