Una cuestión de límites

(cc) Damgraphy

No necesito mayor justificación para hablar sobre un tema que nos convoca cada cierto tiempo. Por lo general surge como preocupación cada vez que experimentamos cierta sensación de vulnerabilidad y finitud con respecto a nuestros “máximos”; se asocia al tiempo y al espacio, al propio cuerpo, a las responsabilidades que asumimos en nuestros trabajos y estudios, al rol que representamos en nuestras familias y grupo de amigos; resurge como tema ante situaciones de estrés, en las relaciones de pareja, la falta de tiempo y frente al cliché del decir que no. En todo esto y más, la palabra “límite” aparece en escena recordándonos lo frágiles que son nuestros compromisos, lo difusas que son nuestras demarcaciones y lo fácil que es caer nuevamente en lo mismo que hace poco prometimos nunca más hacer.

¿Qué pasó con nuestros límites este fin de año? ¿Qué hemos aprendido y qué quisiéramos que fuera distinto respecto a nuestros tiempos, responsabilidades y exigencias? La cuestión es compleja y nos convoca a todos desde distintos lugares. Aun así, creo que es posible decir algo al respecto.

Intentemos construir una definición. La palabra “límite” no tiene que ver con normas y reglas; se relacionaría, más bien, con los verbos separar, diferenciar y encuadrar; nos permite establecer distinciones conceptuales entre categorías opuestas (dentro, fuera, interno, externo) y opera como defensa frente a situaciones que sobrepasan nuestros umbrales de tolerancia. Los límites nos protegen de la simbiosis y toda fuerza que tienda a borrar las demarcaciones que uno establece para diferenciarse del otro; tienen que ver con las definiciones identitarias que nos distinguen del resto, así como con toda acción o palabra que busque preservar nuestro metro cuadrado.

A partir de lo anterior se puede comprender por qué la experiencia de transgresión de límites es vivida como acto de violencia. Desde este contexto se entiende que lo que está en juego es la subjetividad del otro, su intimidad y lo que me constituye como individuo autónomo, libre de mis actos y sujeto de mis decisiones. Las situaciones de manipulación de conciencia, el abuso del poder y la autoridad, son ejemplos de lo anterior que evidencian una situación de vulneración de límites que serían cualitativamente distintas a las experimentadas frente a la sensación de estrés, la falta de tiempo y la toma de decisiones.

Independientemente del motivo y las lógicas que explican uno u otro estado, hay situaciones y/o personas que movilizan en nosotros respuestas más o menos exitosas respecto al manejo de nuestros límites, donde el tiempo, nuestra intimidad y nuestro espacio se comprometen. ¿Qué sería aquello que se moviliza en nosotros? ¿Desde qué lugares uno responde? ¿Cuáles son los “costos” asociados?

Muchas veces sucede que somos conscientes de nuestros límites cada vez que nos sentimos exigidos por sobre nuestras posibilidades reales de respuesta. En otras ocasiones nos pasa lo contrario y enfrentamos las demandas externas convencidos de cuáles son nuestros límites y aquello que estamos dispuestos a transar. Pareciera que esto se tratara de una negociación de mínimos y máximos que pudiésemos, incluso, cuantificar. Si bien es cierto que la mayoría de las veces tiene que ver con esto, no sólo importa la cantidad, el quantum, sino que también las ganancias y pérdidas asociadas que, por lo general, no siempre son contables.

¿Qué es lo que se gana o se pierde? Las primeras asociaciones tienen que ver con las palabras libertad, autonomía, poder y control. Las imágenes que representan de buena manera la discusión serían las del sobrevendido, la persona que tiene dificultades para decir que no y la que no sabe defenderse ni poner límites. En términos de los roles que desempeñamos en nuestras familias y relaciones de pareja, se habla de situaciones de confusión de rol, parentalización y dependencias, entre otras. La lista es larga y cada uno puede llenarla con las imágenes que mejor representen su estado. Lo interesante en esto es constatar que si esto opera, es porque hay algo en nosotros que permite que dichas imágenes definan el tipo de relación que establecemos con los otros. Y es aquí donde la pregunta por los lugares desde donde respondemos, cobra relevancia.

Los límites existen en relación a un otro y se insertan dentro de un sistema de relaciones. Por lo mismo, aquello que se activa y moviliza cada vez que experimentamos cierta sensación de vulnerabilidad respecto a nuestros límites, necesariamente pasa por evaluar lo que ese otro, persona o institución, representa para mí. En materia de toma de decisiones, los límites se ponen a prueba cada vez que optamos por algo desde la culpa, el miedo a defraudar y causar daño, y las lealtades implicadas; la autoridad, el poder y las fantasías de omnipotencia que muchas veces se activan frente a dificultades personales para aceptar que nuestra disponibilidad es limitada, así como también nuestro tiempo y energías. La sensación de que somos imprescindibles y la ilusión de que el resto necesita de uno más de lo que realmente se demanda, impiden, muchas veces, dejar actividades y vínculos que atentan contra nuestra libertad y autonomía. Los núcleos de seguridad que sostienen muchas de nuestras decisiones también contribuyen a que nuestros límites se rigidicen y no ampliemos nuestro repertorio de posibilidades. Por último, vale la pena mencionar aquello que se moviliza cuando la autoestima y el autoconcepto se comprometen, ya sea en sus expresiones de grandeza o de menosprecio.

Con todo, me parece relevante limitar mis propias pretensiones de saber con respecto al tema y dejar abierta la pregunta que se instala en nosotros cada vez que experimentamos con nuestros límites. Antes de juzgar y calificar al otro de una u otra manera, vale la pena preguntarse por aquello que el otro vive con mayor dificultad con respecto a estos temas, y acoger la complejidad que supone poner límites. El contexto es importante, así como las relaciones y los vínculos. Por lo mismo, reconocer aquello que se repite como patrón cada vez que tomamos decisiones, nos ayuda a nombrar y limitar aquello que muchas veces opera como nuestro principal enemigo. Las búsquedas no siempre hay que realizarlas fuera de nosotros, ya que muchas veces la respuesta está en uno mismo.

*Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil y trabaja, entre otras cosas, como encargado de formación de CVX – Secundaria, en Santiago de Chile.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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