Una iglesia que discierne

(cc) darkytheangel.blogspot.com

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Mucho se ha hablado en los últimos días acerca del aporte que un Papa jesuita podría hacer a una iglesia católica en crisis. Esto ha dado origen a gran cantidad de columnas, reflexiones, noticias, documentales, etc.

La Iglesia católica ha estado golpeada por gran cantidad de acontecimientos que han minado su credibilidad, convocatoria y capacidad de inspiración; relegándola a un registro en que únicamente ha debido defenderse, indemnizar, dar explicaciones y, finalmente, pedir perdón.

Es criticable el modo, la forma y la profundidad con que hemos enfrentado estas dificultades. Sin embargo, la renuncia de Benedicto XVI, la elección de Francisco y los primeros signos de su pontificado han ayudado a mirar con cierta expectación y confianza lo que podría venir hacia adelante.

La renuncia de Benedicto XVI removió un pilar esencial de la incorrecta comprensión del papado: por siglos se había defendido el carácter vitalicio del nombramiento; eso era algo esencial y sustantivo al cargo. Escoger a alguien para un cargo de por vida determina enormemente los criterios con que se hace la elección y, por cierto, también impacta en el gobierno, prioridades, decisiones y lineamientos de quien tiene esa responsabilidad. Benedicto XVI renunció, argumentando que sus fuerzas no eran suficientes para enfrentar los desafíos que tenían la fe y la Iglesia. Ese cambio es radical; desprenderse del poder y evidenciar la humanidad de quien está en el cargo es un gran regalo para la iglesia actual y para la comprensión evangélica del pontificado.

La elección de Francisco, jesuita y latinoamericano, fue otra sorpresa, y nuevamente nos encontramos algo desconcertados. En mi opinión, más que la austeridad, compromiso, vocación misionera y de frontera, lo que la espiritualidad ignaciana puede aportar en este momento es discernimiento y búsqueda permanente de la voluntad de Dios en las realidades de este mundo y sus complejas transformaciones.

Es un error esperar que el Papa responda todas las preguntas que tenemos, o que haga todos los cambios que deben hacerse en la Iglesia; somos todos los católicos, juntos -como lo ha dicho el Papa-, quienes debemos fortalecer nuestra capacidad de discernimiento y de respuesta. Las preguntas y disyuntivas que nos tocará enfrentar son complejas y de gran profundidad y en la mayor parte de ellas la respuesta no es evidente.

La tensión entre tradición y cambio, entre libertad individual y responsabilidad colectiva, entre compromiso social y oración, solo será resuelta en la medida que sean vistas como dimensiones que se complementan y no como polos que compiten o se contradicen. El discernimiento puede ayudar a resolver el “dilema” de aquello que a primera vista puede aparecer como opuesto. Esto no significa relativizar todo; al contrario, implica ir a lo único que debe ser inmutable y permanente: la búsqueda de la voluntad de Dios. La forma, la estructura, el gobierno, los medios, los ritos, las tradiciones, están al servicio de esa voluntad.

Preparémonos para buscar en conjunto las respuestas, discernir la voluntad de Dios y hacernos cargo de su cumplimiento y materialización. Ésa es la invitación que Dios nos está haciendo con todos estos signos de cambio y renovación.

* Ricardo es académico de la UAH, miembro de CVX, casado con Sandra Schellman y padre de cuatro hijos. Es director de Invica, Provicoop y del colegio San Luis.

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