¿Una mágica Navidad?

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Durante varias semanas he escuchado una infinidad de anuncios y propagandas alusivas a la Navidad. En prácticamente todas ellas se repite la palabra “magia”: “una mágica noche”, “mágica navidad”, y, en el  peor de los casos, “un mágico pavo fácil de preparar”. ¿Qué significa entonces la palabra “magia”? ¿Estamos realmente ante magia? ¿Se puede decir que la Navidad es mágica?

Encontramos las respuestas de acuerdo al alcance que cada uno le da a esta época del año. Claramente, utilizar la palabra “magia”, así como llenar de mensajes e imágenes alusivas a hadas, bosques nevados de coníferas, trajes invernales de piel, dulces, comidas suculentas y mucho brillo, no ayuda a dimensionar la transcendencia y profundidad del misterio que surge cada vez que llegamos al veinticinco de diciembre.

Sin embargo, a pesar de que la sociedad de la cual formamos parte nos impone y fuerza a una concepción de “magia navideña”, de todas formas se puede dar vuelta este concepto y mirar desde la hondura del mensaje que nos propone el Evangelio, preguntándonos ¿cuál es la “magia que se está esperando”?

Si miramos este 2011, que hoy ya cierra sus puertas, nos enfrentamos ante un escenario sumamente revuelto, en el cual no ha habido ninguna institución de nuestro país que no haya tenido que enfrentar un duro cuestionamiento social. Desde una visión estructural, los tres poderes del Estado han tenido una crítica severa. El Ejecutivo, que tuvo y seguirá teniendo que enfrentar un estallido social inminente; el Legislativo, que califica con una de las peores evaluaciones de representatividad desde el regreso de la democracia; y el Poder Judicial, que recibe críticas del Ejecutivo y el Legislativo, recelando de la independencia de los poderes ante una evidente ineficacia de la administración de Justicia. A esto se suma la Iglesia, que, a causa de las situaciones de abuso, ha perdido la credibilidad como lugar de cobijo al desamparado y como depositaria del mensaje de Cristo entre los hombres.

Tenemos también un conflicto socio económico, que tuvo en Chile una fuerte expresión por medio del problema educacional del país, pero que también se amplia a nivel mundial en un cuestionamiento al sistema económico de mercado, ante una desigualdad que ya no está siendo tolerada. Así también, está presente la constante amenaza de una crisis económica comparable a la de la década de los treinta. Y la lista de situaciones adversas podría engrosarse infinitamente más.

Es en este contexto en el cual nos toca celebrar la Navidad; un escenario complejo, con problemas estructurales, y ante el cual -creo expresar el sentir de muchos-, nos sentimos impotentes. Impotentes al constatar la imposibilidad de revertir la situación, ya que también somos “parte del sistema”.

Ahora, si nos comparamos con el momento histórico en el cual nace Jesús, y en el que se desencadena el proyecto de salvación de Dios para el hombre, la situación no era en lo absoluto mejor que la actual. La historia la conocemos, pero no está de sobra recordar que Dios actúa en un pueblo, sumido en la opresión, la esclavitud, la pobreza y la miseria material y espiritual, reconocido como un lugar predilecto para su acción. Ante esto, la palabra “magia”, a pesar de estar tan manoseada, no resulta inconsistente, porque estamos ante el milagro de una esperanza tan abrumadora y sencillamente hermosa,  que no se dimensiona en su justa proporción.

Frente a esta realidad que nos propone la Navidad, ¿cuál es la magia que realmente deseamos y esperamos que ocurra? No lo miremos buscando respuestas desde una situación global o social, sino que también interpelando cada una de nuestras vidas, en las que cargamos con cadenas, pobrezas y miserias materiales y espirituales. Porque es precisamente allí donde Dios nace, se encarna, se hace frágil, indefenso y humano, y por tanto un hermano más con y en nosotros. Y por tanto, es a ese Dios a quien estamos esperando.

Miremos a María, mujer humilde, joven, posiblemente analfabeta, amenazada ante la posibilidad de ser madre soltera, quien en un escenario de desolación creyó en la esperanza que se le estaba regalando, y no únicamente desde la perspectiva de ser la Madre de Dios, sino también como una sencilla y anónima integrante de un pueblo con quien Dios fue fiel en su promesa, y con alegría pudo entonar su propio canto, el “magnificat”, como la expresión de la “magia” de una semilla que germina en la desolación.

Ojala todos podamos creer en la promesa de un Dios fiel, tanto para nuestro país como para nuestra propia vida, y lleguemos algún a día a entonar nuestro propio “magnificat”, confiados en la esperanza que se nos invita a vivir. ¿No será acaso ésa la “magia” que esperamos que ocurra? ¿No será ésa la “magia” que necesitamos pedir?

* Javier es ex alumno del Instituto Alonso de Ercilla, y actualmente estudia derecho en la P. Universidad Católica de Chile.

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