Venga a nosotros tu Reino… Comentario al Evangelio del segundo domingo de Adviento

En una frase muy popular e inspiradora, Eduardo Galeano hablaba de la utopía. Decía que “…la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Y es que el sueño de un futuro mejor, de un mundo ideal, ha movilizado la acción humana, ha impulsado el caminar de hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares.

Desde La República de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta el sueño de una sociedad sin clases de Marx y Engels… en todos los tiempos hemos proyectado y soñado un futuro mejor. Nuestra imaginación ha construido mundos perfectos que en distintos tiempos históricos hemos buscado alcanzar. Todo el proyecto civilizatorio de occidente moderno, y su ideal de progreso, es un ejemplo de ese esfuerzo humano por construir un mundo nuevo, esta vez perfeccionado por la técnica científica, política y social, capaz de ordenarlo todo.

En estos tiempos pos-modernos nuestro horizonte utópico se ha desdibujado. Son pocos los que sueñan con un mundo mejor. Nuestra imaginación utópica se ha empobrecido. No creemos que un mundo distinto al nuestro sea posible. Y menos creemos en nuestra capacidad de construirlo. Las grandes decepciones del siglo XX nos han demostrado cuánta violencia puede cometerse en nombre de una utopía supuestamente bien pensada. Lucha de clases, totalitarismos, exterminios y guerras se han organizado en nombre de todo tipo de sueños bien intencionados.

Por lo mismo, nuestra imaginación utópica ha sido sustituida por la imaginación catastrófica. Nos es más fácil imaginar un futuro de explotación, de guerras mundiales y de desastre ecológico, que un futuro de relaciones fraternas, igualdad social, económica y armonía con la naturaleza. Las utopías se han derrumbado y abunda la resignación. Pero la verdad es que todos necesitamos de un sueño para seguir viviendo.

Para poder construir un mundo más humano, aquí y ahora, necesitamos el proyecto de un mundo mejor allá y mañana. La pregunta, entonces, es ¿cómo alimentar de nuevos ideales a un mundo desilusionado?

Las utopías se han derrumbado y abunda la resignación. Pero la verdad es que todos necesitamos de un sueño para seguir viviendo. Para poder construir un mundo más humano, aquí y ahora, necesitamos el proyecto de un mundo mejor allá y mañana. La pregunta, entonces, es ¿cómo alimentar de nuevos ideales a un mundo desilusionado?

La tradición cristiana, y en especial la lectura pos-conciliar de esa tradición, nos ofrece algunas pistas. Creo que la más importante tiene que ver con poner en cuestión el concepto mismo de utopía. Para el cristianismo, el sueño de un mundo mejor es más que un no-lugar.

A diferencia de la utopía de Galeano, que está siempre alejándose de nosotros, la utopía cristiana está siempre acercándose. Y está acercándose, porque nuestro sueño de un mundo mejor es también el sueño de Dios, que actúa permanentemente en la historia para liberarla, para conducirla hacia el ideal de una humanidad reconciliada.
Esa utopía se hizo carne en Jesús de Nazaret, y se hace carne cada vez que lo buscamos y trabajamos como Él por construir un mundo nuevo.

Por muchos siglos, el ideal del paraíso cristiano condujo a muchos creyentes a la fuga mundi. Pues este mundo era solamente un valle de lágrimas, y la liberación y redención prometida por Dios sería posible sólo después de la muerte. El paraíso era una auténtica utopía que se alejaba.

El Concilio nos invitó a dar un giro a nuestras esperanzas al afirmar que “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo” (Gaudium et Spes, N°39).

Sin renunciar a una utopía trans-histórica, el Concilio nos invita a prepararla aquí y ahora, reconociendo que el Señor acompaña y transfigura todas nuestras acciones encaminadas a construir un mundo más humano. Por eso, junto con imaginar el Reino, debemos seguir pidiendo y trabajando confiados en que ese Reino prometido vendrá y viene a nosotros cada día.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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