Vida de huérfanos

Hace más de dos mil años, Jesús nos reveló el núcleo de su mensaje: vincular a Dios y al prójimo, haciendo del amor a este último también un absoluto. Podríamos decir que en el Antiguo Testamento se desarrolla una historia de amor entre Dios y su pueblo; un pueblo que se va reconociendo amado por su Dios y cuyo mandamiento principal, al tomar en consideración el Decálogo [1], hace referencia a un Dios que debe ser reconocido como único, santo, celoso, y cuyo mensaje está dirigido exclusivamente a Israel. Es decir, un Dios que ama a su pueblo y le pide a éste que lo ame exclusivamente a él: de aquí toda ley debía iluminarse. Es verdad que en el Antiguo Testamento[2] también existen invitaciones a amar al prójimo, pero de ninguna manera podríamos equiparar ambos mandatos, pues es evidente que uno es el principal.

En el evangelio de Mateo[3] , los fariseos preguntan a Jesús por el mandamiento principal; Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, éste es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: “Amarás al prójimo como a ti mismo. Toda ley y los profetas se fundamentan en estos dos mandamientos”. Ciertamente, la primera parte no nos entrega mayor novedad, pero que toda ley se fundamente en estos dos mandamientos, parece ser novedoso. Juan[4] nos habla de un mandamiento nuevo, que marcará la diferencia entre quiénes son discípulos de Jesús y quiénes no. El evangelista Lucas[5] , en la famosa parábola del buen samaritano, toma una postura nueva y radical, pues da el mismo valor, como mandamiento, a la relación amorosa con Dios y al amor al prójimo, invitándonos a reconocer como tal no solo a quienes comparten la misma fe, sino a los extranjeros, a quienes son distintos a mí, a aquellos por los que culturalmente debiera sentir rechazo. En definitiva, Jesús releva una verdad incómoda: Mi relación con Dios no es posible vivirla separada de mi relación con las demás personas, pues allí donde hay un ser humano sufriendo, es Dios mismo quien sufre en él[6].

En definitiva, Jesús releva una verdad incómoda: Mi relación con Dios no es posible vivirla separada de mi relación con las demás personas, pues allí donde hay un ser humano sufriendo, es Dios mismo quien sufre en él .

El amor al prójimo era la característica principal de las primeras comunidades cristianas: se sostenían unos a otros, ponían todo en común, repartían dinero según las necesidades de cada uno[7] . Es más, en una época donde el infanticidio era aceptado, se dice que se podía reconocer a una familia cristiana porque mantenían y cuidaban con amor a aquellos miembros de la familia que habían nacido con capacidades diferentes.

Les propongo un pequeño “salto histórico”, hasta fines del siglo XIX, cuando Nietzsche proclamó “Dios ha muerto”. Con ello, el filósofo pretendió demostrar que Dios ya no era necesario para explicar el mundo, para entender la vida. Algo de razón tenía, pues la fe pasó paulatinamente a ser recluida a una dimensión privada, quedando cada vez más ausente de la esfera pública. Este fenómeno, que puede haber comenzado con los primeros ilustrados, fue irradiándose rápidamente a muchas sociedades del mundo occidental.

De esta forma, el lugar ocupado por Dios quedó vacío y el hombre lo llenó con su propia imagen idealizada. Ojo, no ha olvidado su necesidad de “adorar”, pero ahora se diviniza a sí mismo. Políticos, deportistas, artistas, obras de arte, celebridades varias, aún sin mérito aparente, son erigidos como modelos de culto, y aquellas cualidades que otrora admirábamos de Dios, inconscientemente se las exigimos a estos mortales: vida eterna, belleza extrema, consecuencia total, incorruptibilidad, etc.; en definitiva, perfección. Cuando estos mortales caen del pedestal donde los hemos puesto y las cirugías ya no dan para más, queda en evidencia lo obvio, lo natural: son humanos, seres próximos, como yo, como tú. Entonces no soportamos la angustia que nos genera la orfandad, y rápidamente ponemos a otro mortal en el sillón divino, guardando la secreta esperanza de ser nosotros mismos quienes ocupemos algún día aquel privilegio.

Políticos, deportistas, artistas, obras de arte, celebridades varias, aún sin merito aparente, son erigidos como modelos de culto, y aquellas cualidades que otrora admirábamos de Dios, inconscientemente se las exigimos a estos mortales: vida eterna, belleza extrema, consecuencia total, incorruptibilidad, etc.; en definitiva, perfección.

Ciertamente el amigo incondicional, el “mercado”, siempre preocupado de nuestras necesidades, se ha percatado rápidamente de nuestra orfandad, y de modo continuo nos ofrece nuevos dioses. Los levanta, los estruja y con fuerza los deja caer. Nuestro amigo también se encarga de recordarnos algo sabroso: estos nuevos dioses son muy parecidos a nosotros y constantemente nos invita a ser como ellos; entonces, en el horizonte, ser dios parece una posibilidad real: si consumo aquel producto, si viajo a tal lugar. Así, la serpiente nuevamente ha conseguido engañarnos, no para perjudicar mi relación directa con Dios, pues ésta ya está destruida, sino para eliminar al prójimo, pues ya no quiero tenerlo: quiero sentarme yo mismo en el sillón celestial y, en este anhelo, siempre estaremos en una guerra de todos contra todos.

Alguna vez escuché a mi papá cantar que quería tener un millón de amigos. Yo tengo 1.764, me faltan 998.236. De estos amigos, ni siquiera el 10% le da “Me gusta” a mis publicaciones, y esto me afecta. Es verdad, reconozco que no todos mis amigos de Facebook son mis prójimos, pero no me interesa que lo sean, porque lo que realmente encuentro allí, es mi medida, la fuente donde se refleja mi rostro. Narciso murió ahogado en su propio reflejo, adorándose, intentando alcanzarse; así nuestra sociedad se va llenando de moribundos, quienes chapotean en la triste realidad: “no soy lo bello que quisiera ser”, “no soy lo inteligente que espero ser”, “no tengo dinero para conocer ese lugar”, en definitiva, no puedo ocupar ese sillón.

La realidad del prójimo, parece perder horizontalidad, se vuelve una verdad incómoda. Envidio a quienes considero mejores que yo, anhelo derrocarlos, los miro hacia arriba, disfruto en secreto sus derrotas. En cuanto a aquellos que son calificados como marginales y excluidos, no los considero, los saco del mapa, pues están fuera de competencia, pese a que en secreto me niego a la vertiginosa realidad de que aquel indigente podría ser yo. Así, mirándolos a todos, a unos para arriba y a otros para abajo, miro hacia el lado y no veo a nadie; me encuentro solo. Ya no únicamente huérfano de padre, sino que ahora también de hermano. Entonces, en la intimidad, en lo más profundo, de donde brota, nuestro llanto solitario y silencioso, volvemos a reconocer nuestra profunda necesidad de hermanos y de Padre. Es quizás esta angustiosa realidad, un pórtico necesario, para recuperar el sentido más esencial y volver lentamente a nuestro prójimo y junto a él, iniciar el camino de regreso al Padre.

[1] Ex 20, 1-17
[1] Lv. 19, 18
[1] Mt 22, 36-40
[1] Jn 13, 34-35
[1] Lc 10, 25-37
[1] Mt 25, 31-46
[1] He 2, 42-47

Chileno. Estudiante jesuita. En la actualidad se desempeña pastoralmente en el colegio San Ignacio El Bosque, donde realiza la etapa de Magisterio de su formación.

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