Violaciones a los DDHH: Juicio, verdad y reparación

Murió uno de los perpetradores de violaciones a los Derechos Humanos más condenado por la justicia chilena. Un hombre que, a pesar de sumar condenas por casi 450 años de cárcel, al parecer nunca logró tomar consciencia de los horrendos crímenes que cometió. En 2013, Manuel Contreras declaró públicamente que el trabajo dela DINA fue“excelente”, negó la existencia de torturas y de Detenidos Desaparecidos arrojados al mar, y defendió el actuar de la DINA en lo que él consideraba una “guerra”.

La tierra y el mar gritan silenciosamente los secretos de los seres queridos que se buscan. Contreras nos habría podido contar dónde están, pero no lo hizo. Para nuestros ojos y oídos, no hubo ninguna colaboración con la búsqueda de la verdad, ningún arrepentimiento, ninguna petición de perdón. Decidió no cumplir con los mínimos estándares de Derechos Humanos. El Estado sí lo hizo (en su caso) y lo condenó.

Dicho esto, en Chile todavía falta mucho por hacer en cuanto a Derechos Humanos, desde la revelación de la verdad sobre los crímenes de tortura, hasta la enmienda de muchas leyes violatorias de estos derechos, todas adoptadas durante una brutal dictadura que suspendió el funcionamiento de la representación popular, el Congreso, y cualquier voz disidente. Leyes como la que regula las manifestaciones, leyes sobre sindicalización, leyes sobre educación, privatización del agua, electricidad, minería, salud y pensiones, siguen impactando a los más pobres y desventajados de nuestra sociedad.

Espero que el Estado obligue a estos rincones de las Fuerzas Armadas resistentes a reconocer los crímenes de lesa humanidad y acabar con la negación organizada de información. Espero que el Estado y la sociedad remuevan de los puestos de poder -sea militar, civil o económico- a todos quienes cometieron violaciones graves durante la dictadura y no han colaborado con la justicia, la verdad y la reparación.

Manuel Contreras murió sin contribuir a una de las demandas más básicas de los familiares de las víctimas: el derecho a la verdad. Sin embargo, no era el único que sabía. Las Fuerzas Armadas se quedan con la obligación internacional de entregar la información que poseen sobre las violaciones a DD.HH ocurridas. No podrán decir que Contreras se llevó lo que sabía a la tumba. Todos sabemos que otros más también conocen la verdad, y siguen callando.

Permítanme por un momento una reflexión más personal, con mucho respeto por las víctimas y con muchas más preguntas que respuestas.

El juicio ahora está en manos de Dios, para quienes creemos. Dios nos da incluso la libertad para rechazar la verdad, el arrepentimiento y la misericordia. Deja en nuestras manos la decisión de separarnos de Él, de la vida, de la familia humana, de la humanidad. No es mi terreno, pero me interpela, pues muchas de las víctimas perdieron la fe ante la tremenda brutalidad de la tortura. Y solo algunos, muy de a poco, han podido volver a acercarse a ella. Me interpela el ver a Dios en todas las víctimas, mientras ellas quizá no percibieron nada de Él cuando estuvieron, indefensas, en las manos de sus torturadores. Ahí está encarnado Dios, en esas personas que sufrieron, al igual que un hombre torturado por sus convicciones y ejecutado hace 2000 años.

Me dedico a los Derechos Humanos, a la justicia terrenal, al derecho a saber la verdad, a la justicia y a la reparación. Pero hay algo en mí que no quiere creer que haya quienes se auto-excluyan tan completamente de la humanidad. Yo no veo que Contreras haya vuelto a la humanidad. Yo quiero que diga la verdad, que pida perdón. Y como creo en la vida después, quiero que, por lo menos en la misma muerte, Contreras haya comprendido los horrores que cometió, y que en algún momento que ya está fuera de lo temporal, pida perdón a quienes lo estaban esperando. Por nuestras limitaciones de inteligencia, esto es especulación, y jamás servirá de consuelo para quienes no creen en un más allá. Tampoco sirve para todos aquellos a quienes la tortura sufrida a manos del Mamo o de otros, les arrancó la fe que tenían.

Ante esta libertad, en la vida, me espero más historias como la del ex soldado Fernando Guzmán, quien no se aguantó más y contó todo lo que sabía sobre la violencia que sufrieron Rodrigo Rojas y Carmen Quintana en su patrulla. Pero aún más, espero que el Estado obligue a estos rincones de las Fuerzas Armadas resistentes a reconocer los crímenes de lesa humanidad y acabar con la negación organizada de información. Espero que el Estado y la sociedad remuevan de los puestos de poder -sea militar, civil o económico- a todos quienes cometieron violaciones graves durante la dictadura y no han colaborado con la justicia, la verdad y la reparación.

Esperaba que el Mamo, contra toda lógica y conociendo su última entrevista, pidiera perdón. Lo esperaba incluso sabiendo que las víctimas tienen toda la libertad de aceptar o rechazar tales pedidos de perdón, que en vida de su torturador, del asesino de sus seres queridos, nunca escucharon. Lo que nos queda a nosotros: no olvidar. No olvidar para que nunca más.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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