Vivir en el mundo… sin ser de él

(cc) art-reproductions.net

Un aspecto bastante curioso en la formación de los jesuitas es que hacemos nuestros votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia justo antes de “entrar” de nuevo al mundo del cual hemos vivimos algo alejados durante los dos años que dura el período de noviciado, que es la primera etapa de formación en la Compañía de Jesús. En el noviciado tenemos un horario bastante estructurado, rezamos en comunidad, las ocasiones  en las que salimos de casa son pocas y vivimos con un presupuesto muy limitado. Al término de este período comenzamos nuestros estudios de filosofía, y con ello nos incorporamos a la libertad del ambiente universitario y a una serie de positivas novedades, pero también volvemos a conocer la sensualidad, el materialismo y el egoísmo del mundo. Un mundo que parece chocar con los votos que acabamos de pronunciar.

El pasado 13 de agosto, en San Pablo, Minnesota, Estados Unidos, tuve la dicha de  profesar junto con ocho compañeros los votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, siento que dichos votos nos trascienden, porque de alguna manera todos quienes nos sentimos o declaramos católicos somos llamados a vivirlos.

Un sacerdote jesuita me explicó su forma de entender los votos: el voto de castidad quiere decir que yo no soy de acuerdo a “con quien estoy”; el voto de pobreza, que yo no soy “lo que tengo”, y el voto de obediencia significa que yo no soy “lo que hago”. Creo que esta forma de entender los votos se puede aplicar a todos los creyentes, jesuitas o no.

¿Cómo vivir el llamado a la pobreza en medio de este mundo? Aquí podemos apoyarnos en la sabiduría del «Principio y Fundamento» de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Ignacio nos invita a discernir si nuestras pertenencias nos ayudan a conseguir el fin por el cual hemos sido creados, o si nos hemos aferrado tanto a esas cosas que ahora son ellas las que se han adueñado de nosotros. ¡Qué fácil es convertir nuestra vida en una ajetreada carrera por conseguir cada vez más cosas!, ya sean aparatos electrónicos, ropa de moda o automóviles deportivos. Si entendemos que todo lo que tenemos viene de Dios y debe servir para acercarnos a Él, podemos ser indiferentes ante las cosas, eligiendo aprovecharlas, siempre y cuando sea para la mayor gloria de Dios. En otras palabras, ver a las cosas como instrumentos que nos facilitan el crecimiento en el amor a Dios, en el amor al prójimo y en la santidad.

¿Cómo vivir la castidad en el mundo?  Ante todo, la castidad exige que reconozcamos que cada persona es creada a imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto cada persona debe ser tratada y amada según este criterio.  Más aún, es reconocer la dignidad de cada ser humano como individuo creado y amado por Dios, asumiendo que al final de cuentas nadie nos pertenece. Un ejemplo inusual de esta actitud me vino de una familia cubana, cuyo padre es miembro de la Comunidad de Vida Cristiana por medio de la cual conocí a la Compañía de Jesús.  Hace varios años, la hija de esta familia -una adolescente de 15 años-, fue atropellada en las calles de la capital estadounidense. Sus padres fueron capaces de reconocer que su hija les fue prestada por Dios y en medio de su dolor, le agradecieron por los 15 años que pudieron aprovechar su presencia en sus vidas.

¿Cómo vivir la obediencia en el mundo?  En este caso, sirve recordar la parte de los Ejercicios Espirituales conocida como la oración de San Ignacio, que viene de la «Contemplación para alcanzar el amor» al final de estos ejercicios. Ignacio nos sugiere rezar para que el Señor reciba toda nuestra libertad, memoria, entendimiento y voluntad, reconociendo que finalmente todo viene de Dios. Es decir, si no fuera por Él, no tendríamos la libertad de crear nuestros planes, el libre albedrío de expresar nuestra propia voluntad, la capacidad de recordar y entender las cosas a nuestra manera. Para obedecer a Dios es preciso reconocer que Él quiere ante todo nuestra felicidad porque nos ama. Vale la pena recordar el ejemplo de Pedro Arrupe, padre General de los jesuitas desde 1965 hasta 1983, que al sufrir un derrame cerebral que le restó muchas de sus habilidades -y toda su independencia- dijo sentirse completamente en manos de Dios, como si su rezo de «Tomad, Señor y recibid» por fin hubiese sido respondido.

No es fácil «vivir en el mundo sin ser del mundo», ni para un jesuita que acaba de profesar sus votos de pobreza, castidad y obediencia, ni para cualquier católico cristiano. Son muchas las distracciones que nos pueden sacar del camino. Sin embargo, podemos encontrar fuerza en las palabras de Jesús, que rezaba «Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.» (Jn 17:11).

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.