Vivir más allá del centro

(cc) Pulpolux !!!

Nuestro país vuelve a verse azotado por la deuda histórica que el Estado de Chile y su pueblo tienen con quienes son los herederos naturales de buena parte de nuestro actual territorio.  La tierra siente nuevamente el clamor de su gente en una nueva huelga de hambre que ya lleva más de cuarenta días. Tal y como ocurrió el año pasado, la prensa, el Gobierno y otros actores sociales (entre ellos, la Iglesia) no hemos estado a la altura de las exigencias de los hermanos mapuche.

A pesar de la gravedad de la situación, esta vez no me detendré a comentar lo que pasa con Héctor Llaitul y otros peñi. Otros jesuitas ya lo han hecho (sugiero leer a Luis García-Huidobro SJ en http://elpost.cl/content/no-ha-pasado-nada). Por ahora me gustaría simplemente poner de relieve un tema que me parece adyacente al peso con el que ha tenido que cargar el pueblo mapuche (pero no sólo ellos): la implicancia de vivir más allá del centro.

La larga y angosta franja de territorio que habitamos ha llevado, desde la fundación de la República (no sin haber ensayado otras posibilidades) a la creación de un sistema de gobierno centralista y unitario. La Constitución del 80 fortaleció -además-, un rígido y casi plenipotenciario sistema presidencialista que, en la práctica, deja al Congreso sumamente reducido y, por ende, al pueblo común y corriente escasamente representado. La poca importancia que reciben las regiones en el ámbito político podría explicarse atendiendo a estos factores, pero ciertamente no sólo a éstos.

La cuestión toca un asunto de fondo; un problema que para muchos capitalinos permanece oculto hasta que se vive fuera de Santiago. En regiones la vida es diferente. No sólo se puede experimentar el encanto del cambio de ritmo, de un aire más puro y de distancias más reducidas; también se “devela” el centralismo asfixiante de nuestro país. La frase “Santiago no es Chile” se vuelve patente y se hace concreta.

El problema tiene múltiples facetas, pero a la base se encuentra la urgencia del reconocimiento del otro, y de ese otro que vive “más allá de mí”. Actualmente el centralismo imperante en nuestro país no permite que exista un desarrollo en justicia de las zonas distantes de la capital. La tributación de las empresas se realiza mayoritariamente en la capital, y la dependencia de los gobiernos regionales del central restringe la capacidad de elaborar políticas destinadas a una mejor vida política, social, cultural y económica.  En Puerto Montt esto último se ha vivido con bastante explicitud. La llegada del nuevo gobierno regional supuso echar pie atrás de muchos proyectos aprobados con antelación; cuestión que -nada indica lo contrario-, vino mandatada desde Santiago después del necesario reajuste que tuvo que hacerse debido al violento terremoto del 27 de febrero.

¿Qué pasos podemos dar como país en aras de una verdadera regionalización? Un primer paso, al alcance de todos, supone abrirse a aquello que naturalmente (si es que vivo en Santiago u otras capitales) me es desconocido.  Digámoslo en sencillo: la cultura chilena es más que la cueca y la ramada. Otros pasos no están al alcance de todos, pero esto no los hace menos exigibles. Una revisión del estatuto de las regiones y, por qué no, una mayor democratización de las autoridades regionales es lo menos que se puede pedir.

Los huelguistas de hambre, que nuevamente se atreven a recorrer la senda de la privación por una causa mayor, reclaman no sólo un debido proceso; también abogan por el legítimo reconocimiento que, como pueblo originario, el Estado de Chile les debe. Pero ellos también son un lamentable testimonio del modo centralista y autorreferencial de las políticas públicas de nuestro país; políticas que en 21 años de democracia han visto avances paupérrimos ante la evidencia de la injusticia que la actual organización político-administrativa supone.

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