Vivir online

(cc) Ansik

Es un lugar común escuchar hablar sobre las innovaciones tecnológicas y la creciente capacidad de “estar conectados”.  Es indudable, a pesar de que estos avances no alcanzan a todos (como es habitual), que hoy vivimos en la época de las comunicaciones. Somos varios los que hemos sido tocados por sus efectos: celulares, correos electrónicos y redes sociales han dejado de ser objetos extraños, sobre todo para las nuevas generaciones. Es difícil que un adolescente o joven de alguna gran ciudad no haya tenido contacto con alguno de estos nuevos medios, o que incluso no los necesite para poder vivir con cierta tranquilidad.

El incansable desarrollo tecnológico ha traído grandes avances: los trámites se aceleran, la información pierde el control monopólico, se hace más fácil estar al tanto de los cercanos y, sobre todo, de los distantes, etc.  Sin embargo, el incremento en el mundo de las comunicaciones nos plantea serias preguntas. Estar “siempre” conectados supone afrontar nuevos desafíos y encarar interrogantes que no conocieron nuestros antepasados. Elaborar estas preguntas y, más aún, intentar dar una respuesta, nos puede habilitar a ser hombres y mujeres más conscientes del mundo en el que vivimos y, por eso, más libres para tomar aquello que “más conduzca” al fin para el que hemos sido creados.

Sin perjuicio de la enorme cantidad de vetas que este tema tiene, me parece interesante concentrarnos en un punto específico: ¿Existe algún vínculo entre el “salto comunicacional” y nuestros proyectos de vida?, ¿se puede apreciar alguna relación entre el ‘estar siempre conectados’ y lo que se nos presenta como incierto en el futuro? Sostengo que sí:  el mundo de imágenes en el que vivimos, producto de la innovación tecnológica y de la creciente capacidad para estar “online”, pueden tener importantes efectos para nuestra capacidad de proyectarnos y elegir nuestro futuro.

¿Cuál es el punto que habría que tener en consideración de forma más explícita?  Fundamentalmente las repercusiones que el “estar conectado” va trayendo para nuestra vida en general (es decir, ampliar el impacto del computador y otros medios a todas las dimensiones de nuestra vida). Quienes hemos tenido que trabajar largas horas frente a un computador, o quienes han crecido usando sus tiempos libres frente a la pantalla, saben de qué se trata. Actividades más “convencionales”, que reclaman nuestra concentración y silencio nos pueden resultar realmente aburridas y, más aún, insoportables.

Pero el asunto es más hondo. El mundo de imágenes en el que vivimos nos hace vivir en un constante presente.  Las imágenes y el estar conectados comienzan a hacernos dependientes de estar siempre al tanto de lo que está pasando, ahora. Esto hace que aquella facultad tan propiamente humana de proyectarse al futuro empiece a quedar relegada a un segundo plano. Nos cuesta hacer proyectos y atrevernos a comprometernos: es más seguro y cómodo quedarnos instalados en esa dinámica del “ahora”, notable consecuencia que el influjo de los medios de comunicación y el desarrollo tecnológico han acentuado con fuerza.

Martin Heidegger decía que ”ser es proyectar posibilidades de ser”. Es propio de nuestra condición humana el querer mirar hacia adelante. El natural susto que sentimos ante lo incierto encuentra, sin embargo, un soporífero alivio en internet, redes sociales y otros medios. Ellos calman la ansiedad e inseguridad propia del vivir, pero mal utilizados nos condenan a no hacernos responsables y protagonistas de nuestra historia y la de nuestros contemporáneos.

Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres apasionad@s y comprometid@s con el Reino, que de alguna manera ya está entre nosotros.  Esto nos mueve a querer mirar el mundo con los ojos de Dios, que ama y valora lo que el hombre crea para su bien.  Pero esto implica también no ser ingenuos y mirar con realidad aquello que nos obstaculiza para edificar el “bien mayor” al que somos invitados.  Puede ser interesante y liberador, en este sentido, ver cómo nos afecta (si es que lo hace) la situación descrita; no para dejar de utilizar los medios que tantos beneficios nos pueden otorgar, pero sí para que nosotros podamos elegir cómo hacerlo y apuntando hacia qué fines.

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