Vocaciones, ¿escasez o negligencia?

Observaciones incompletas sobre los jóvenes que buscan y las instituciones que acogen.

Dentro del desafío que involucran las transformaciones sociales, el desencanto posmoderno, la crisis de las instituciones y de la representatividad, las repercusiones de la secularización, entre otras cuestiones, constatamos que el número de sacerdotes, religiosos, y religiosas ha disminuido en muchos países del mundo. Para atender a esta problemática se han desplegado una serie de estrategias de atracción de todo tipo que, que en ocasiones, provoca el sabor amargo de la frustración.

Es evidente que han cambiado los años de la “hiperinflación” de vocaciones en los cuales no había de qué preocuparse porque no escaseaban. Además, quien quiere servir en la Iglesia encuentra más opciones que trascienden lo religioso, pues los modos son cada vez más diversos. Los laicos en el mundo tienen mayores responsabilidades y celo apostólico que los mismos consagrados en el campo social, educativo, misionero, etc.

Es cierto también que el mundo secularizado ha golpeado los valores tradicionales de muchas familias, llevándolas a desafíos nuevos diluyendo así la opción religiosa. Las propuestas de religiosidades contemporáneas han desdibujado también los contornos de la vocación religiosa o sacerdotal, haciéndola extraña o estereotipada.

Del mismo modo sucede con las idealizaciones de santos inalcanzables que no son atractivas para muchos jóvenes de hoy, o que generan un sentimiento de “él sí, pero yo no puedo hacer eso”.

Los escándalos de varones y mujeres consagrados que vivieron de manera incoherente con el Evangelio provocan también molestia al descubrir cómo algo bueno termina siendo malo.

Éstas y otras causas llevan a plantear el tema de la escasez de vocaciones, uno de los puntos más claros de la crisis en la vida religiosa.

¿Será que ya no hay más gente que se pregunte por la vida religiosa o el sacerdocio? ¿Será que no sabemos acogerlas? ¿Será que Dios ya no manda más “operarios a la mies”? ¿No estaremos confundidos en la estrategia de atracción? Y si logramos atraer, ¿por qué no perseveran?

Propongo dos ideas centrales para reflexionar. Por un lado, están quienes buscan ser sacerdotes, religiosos o religiosas. Y, por otro, están las instituciones tales como seminarios, congregaciones, sociedades apostólicas, institutos de vida consagrada que acogen esas vocaciones. Son las dos caras de la moneda.

QUIENES BUSCAN

Aquellos que buscan qué hacer de su vida y que, de alguna manera, han tenido una experiencia positiva con algún sacerdote o religiosa cuyo estilo de vida desean imitar, se preguntan si es también una opción para ellos.

Respecto de los jóvenes que se plantean la vocación es claro que la pregunta existe. Aquellos que buscan qué hacer de su vida y que, de alguna manera, han tenido una experiencia positiva con algún sacerdote o religiosa cuyo estilo de vida desean imitar, se preguntan si es también una opción para ellos. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1,38), ha dicho más de uno. Quizá no con la determinación de llevarlo a cabo, pero sí como posibilidad. Este cuestionamiento está directamente conectado con lo profundo de las aspiraciones del ser humano encarnadas en Jesucristo: el amor, la paz, el altruismo, la solidaridad, la justicia, la oración, la entrega en el servicio. Deseos que emergen con mayor fuerza en un espíritu joven (no hablo de edad) y entusiasmado con la vida. A su vez, estas notas se unen con la dedicación a una vida espiritual intensa y fecunda, tal como se encarna en aquellas personas de Dios que alguna vez conocimos. Y claro, el testimonio atrae. A decir verdad, es lo único que sirve para atraer hacia Dios. Esto es lo que hizo Jesús dando testimonio de su Padre: “sólo hablo lo que el Padre me ha enseñado” (Jn 8,28).

A su vez, muchos de los que se plantean la vida sacerdotal o religiosa, encuentran una respuesta a sus carencias psicológicas y afectivas. Pero, es cierto también que, a otros tantos, les funciona en dirección opuesta porque piensan que nunca podrán llegar al ideal que se han imaginado de la vida sacerdotal o religiosa, “desoyendo” el llamado porque se sienten incapaces de responder. Tal vez, dicho ideal sea una defensa que impide un compromiso con una respuesta positiva, y terminan como el joven rico que “oyendo esta palabra” se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Lc 18,23). O quizá tienen que seguir buscando el modo de servir que mejor calza con aquello que el Espíritu inspira en su vida.

Para quienes desean reorientarse, ordenarse y “volver al camino” después de una vida “licenciosa”, esta opción podría ser una respuesta. Y lo desean con buena intención. En efecto, las instituciones de formación muestran estructuras más o menos sólidas que representan el ideal de aquello que nunca se podría lograr “afuera”. A esto se suma que las agresiones culturales a nuestra sensibilidad hacen de nosotros personas cada vez más débiles y alienadas. Por lo cual, la opción de una vida así viene a ser una especie de “refugio” ante las adversidades, cuestión que tiene parte de verdad.

Si ingresan a la formación religiosa se dan cuenta de que no solo es cielo, sino también, tierra. Esto es obvio, pero desde afuera no se ve porque hay un velo de “angelización” que cubre lo negativo. Lo cierto es que la formación en la vida sacerdotal y religiosa convive con los conflictos, problemas y derroteros propios de toda realidad. No se es “mejor” o “peor” por estar “adentro”. He aquí una cuestión clave. La vida religiosa no nos hace mejores que los demás, no desinfla nuestro ego irrespetuoso, no nos salva de nuestra miseria. Esto es tarea de Dios. Sólo cuando el religioso o la religiosa se da cuenta de que optaron por esta vocación no para ser poderosos, famosos, queridos y superiores, sino, para dar respuesta más allá de las propias fragilidades, a algo que los mueve con fuerza para servir, entregarse y amar olvidándose de sí, con alegría ante las contingencias de la vida.

En cierto sentido, no es muy distinto lo que vive una pareja que se prepara para estar juntos toda la vida, a lo que experimenta un religioso que busca entregarse para siempre al servicio de Dios en los hermanos. Es el ser humano que opta, y Dios es quien acompaña, sostiene, alienta, fortalece, guía, enseña, trabaja por cada uno de nosotros.

QUIENES ACOGEN

Los responsables de recibir las inquietudes de miles de jóvenes que se plantean seriamente la vocación a la vida sacerdotal o religiosa, se encuentran con un desafío enorme. ¿Cómo ser instrumento de libertad y no de manipulación? ¿Cómo allanar el camino a Dios sin ser obstáculo en la vida del otro? ¿Cómo anteponer el bien de quien busca sobre la necesidad de vocaciones? ¿Cómo acompañar y no conducir? ¿Cómo decir NO a tiempo?

Asumir la vida de otra persona en búsqueda es una responsabilidad que requiere mucha delicadeza y confianza en el Dios de Jesús. Algunos le huyen, otros se desbordan, y hay quienes son más equilibrados. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, vemos en quien busca a una persona que se experimenta atraída por algo que es muy valioso para el acompañante. A decir verdad, es hermoso darse cuenta de que Dios llama a alguien, a la misma tarea que yo, bajo la misma inspiración. Es bello sentir que Dios sigue trabajando para que haya consagrados y consagradas a él con este estilo de vida. A los religiosos nos conmueve saber que no estamos solos en este camino tan apasionante y lleno de desafíos. Pero no resulta fácil acoger.

La gama de instituciones que reciben a quienes buscan es enorme. De las más rígidas a las más laxas. De las que no permiten un paso en falso, a las que ceden a cualquier cosa. De las que “psicologizan” a todos, hasta las que hacen daño negligente a la psicología de las personas. De las que admiten sólo a los mejores, a las que autorizan desesperadamente a quien “toque el timbre”. De las que “domestican en serie”, a las que hacen de sus comunidades “un circo”.

La gama de instituciones que reciben a quienes buscan es enorme. De las más rígidas a las más laxas. De las que no permiten un paso en falso, a las que ceden a cualquier cosa. De las que “psicologizan” a todos, hasta las que hacen daño negligente a la psicología de las personas. De las que admiten sólo a los mejores, a las que autorizan desesperadamente a quien “toque el timbre”. De las que “domestican en serie”, a las que hacen de sus comunidades “un circo”. En medio de estos extremos caricaturizados, se encuentran las instituciones que buscan hacer bien su tarea, siguiendo la tradición propia de su carisma y encontrando valientemente respuestas a las contingencias actuales.

La complejidad de la acogida de las vocaciones es seria. Requiere paciencia, formación y mucho espíritu de discernimiento. Pero más allá de las actitudes personales que cada uno asuma como parte del testimonio, es necesaria una respuesta más o menos planificada, progresiva y actualizada. No se puede recibir a alguien bajo unas condiciones que luego cambien por completo. Es decir, el desconcierto de algunos religiosos ya formados se traslada, a tal punto, a la vida de los jóvenes, que hacen desistir hasta el más perseverante. Es comprensible, en este sentido, que muchos sacerdotes, religiosas o religiosos que se formaron bajo el “esquema de perfección”, y aún perseveran, intenten dar de aquello que recibieron, y lo nuevo, no alcance a responder a los modos en que aparecen los temas humanos de quienes quieren ser religiosos.

Sucede entonces que los parámetros, las normas y juicios con los que se rigen las instituciones ya no forman sino que deforman. Es el caso de quien solo impone reglas (quizá sin mala intención), porque no sabe cómo acercarse, con paciencia, al conflicto humano de quien busca y no está libre de equivocaciones. Cuesta entrever qué hacer, pero, al parecer, el esquema de “ley pareja no es rigurosa” ya no funciona. De a poco, se percibe con más y más fuerza, que cada persona necesita de su propio método, de su propio proceso que ella misma desconoce y que precisa descubrir junto a otro, como yendo tras de la vida, como ayudándole a nacer. Ésta pareciera ser la tarea de quien recibe una vocación. Una especie de mayéutica.

Podríamos pensar, con algún grado de acierto, que las instituciones con mayor testimonio de arrojo y valentía son las que más vocaciones reciben. Esto es relativo, si el testimonio está fundado sólo en la voluntad de sus miembros o en el color del hábito. En este sentido, muchas congregaciones se esfuerzan por mostrar lo sacrificado de nuestra vida, como un polo de atracción que se aprovecha de psicologías, a veces enflaquecidas, y que andan buscando soportes que no pueden encontrar en sí mismas. Esto configura un problema cuando la cuestión del acompañamiento de la persona no está previendo su autonomía y la convierte en codependiente.

¿ESCASEZ O NEGLIGENCIA?

Pareciera que la balanza se inclina más hacia la negligencia que hacia la escasez. Si confiamos en que Dios envía corazones generosos para las necesidades de la Iglesia que Él quiere, y experimentamos que no hay vocaciones sacerdotales ni religiosas, entonces necesitamos discernir qué nos dice Dios a la luz de los signos de los tiempos. No ser negligentes sería discernir por dónde nos está llevando el Espíritu de Dios con un corazón libre, preguntarse si lo que hacemos como religiosos es lo que necesita la Iglesia hoy, arriesgarse a transformar modelos mentales e institucionales caducos, y confiar en que Dios está guiándonos en la historia.

No se trata de no equivocarse, sino de que nuestro testimonio provoque, en quien busca, la pregunta fundamental: “¿será que Dios me está llamando para estar con Él?” O también en nosotros los religiosos: ¿la vida que llevamos es digna de ser imitada? Y, luego, discernir juntos (evitando la “gerontocracia”) de cara a Dios: quien busca y quien acoge, como dos peregrinos del Espíritu. Buscadores que se ayudan mutuamente y se retroalimentan en el camino hacia Dios, desafiando las trampas del mal espíritu, sanando las heridas de la historia, reconstruyendo la autenticidad negada para el servicio de los demás.

Quizás, el testimonio que conmueve a los jóvenes sea aquel que es real, que da cuenta de una vida interior honda, de una alegría contagiosa, de una dedicación auténtica, de una libertad cuestionante o de una cruz llevada con Cristo. Aquel testimonio que se revela en la vida de quienes están con Jesús y quieren permanecer con él aún desde la fragilidad. Aquel testimonio de los discípulos en Tiberíades que “estaban juntos” y deciden seguir a Pedro cuando dice “voy a pescar”, porque tienen ganas de compartir la vida y los trabajos en la misma barca: “también nosotros vamos contigo”, le dijeron. Sólo así podremos ser testigos de la bendición abundante del Resucitado que nos invita a compartir la mesa y la vida. (Ver: Jn 21, 3)

Quizás, el testimonio que conmueve a los jóvenes sea aquel que es real, que da cuenta de una vida interior honda, de una alegría contagiosa, de una dedicación auténtica, de una libertad cuestionante o de una cruz llevada con Cristo.

Los y las jóvenes dispuestos a entregar su vida no se la darán a cualquiera que les ofrezca un castillo de arena, un hábito para vestir, unas reglas que cumplir, unas experiencias de supermercado y una historia gloriosa. Se la darán a aquellos que les enseñen a seguir a Jesús con libertad, generosidad y arrojo, porque lo ven encarnado en su ser y en el del cuerpo al que pertenecen, porque buscan que Dios se haga presente en sus vidas, tal y como son, porque desean con todo el corazón servir a los demás sin heroísmos de hojarasca, porque saben sufrir con los que sufren, llorar con los que lloran, llevar sus cruces con amor, y alegrarse de esos momentos del Reino que suceden a diario en este mundo herido, pero profundamente amado por Dios.

Por eso, más allá de la estrategia, tendríamos que dejar que el Resucitado le pregunte a nuestras estructuras institucionales, a nuestras formas de tratarnos de siempre, a nuestro celo apostólico diario, al nervio de nuestros corazones, a nuestros votos y promesas, a nuestro sacerdocio, a nuestra promoción vocacional: “¿me amas más que a éstos?”(Jn 21, 15).

Argentino, Profesor de Letras, Licenciado en Filosofía. Estudiante de teología en la Pontificia Universidad Javeriana.

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